Las cejas de Buda por Luis Pancorbo

Terzani no quiso ser recordado como el que creyó en las revoluciones rojas de Asia sino en la liberación individual.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Desde su casa en Orsigna, Tiziano Terzani veía montes abrazados por las nieblas y bosques propios de osos. Orsigna es una aldea de la provincia de Pistoia, recia y resabiada tierra toscana, no en vano decía Miguel Ángel que los pistoiesi eran "enemigos del cielo". Los Apeninos aislan a Orsigna como si fuese una especie de Shangri-la de Italia. Allí, donde aún se hace el pan en horno de leña, fue donde Terzani, periodista y escritor de renombre, viajero hasta la médula, se retiró para esperar su final. Y para escribir entretanto La fine é il mio inizio, unas vitales memorias que han inspirado la película del cineasta alemán Jo Baier, interpretada por un magistral Bruno Ganz.

Ganz presta su corpachón y su propia barba alba al Terzani que murió de cáncer a los 66 años en un chamizo que le servía de particular gompa tibetano en su jardín de Orsigna. Hacía yoga, leía los cuartetos de Eliot, daba de comer a los cuervos con su mano, y no añoraba su vida de corresponsal en Asia durante treinta años. Conoció a fondo China y Japón, vivió la llegada de los vietcong a Saigón, las barbaridades de los jemeres rojos en Camboya... También fue a ver la caída de la URSS... Había estado en el lugar justo cuando la Historia se cocía, sin dejar de vislumbrar los flecos de tantas historias en principio menores. En la India hay hombres que saltan sobre la pira y al llegar al otro lado son ya otra persona y se llaman Anam, "el que no tiene nombre". Dejan todo. Al final de su vida Tiziano Terzani no quiso ser recordado como quien creyó en las revoluciones rojas de Asia sino en la liberación individual. Quiso ser Anam. Y disolverse.

Fue el único de los tres grandes periodistas toscanos del pasado siglo (junto a Indro Montanelli y Oriana Fallaci) al que no conocí personalmente. Pero en las páginas de Terzani encuentro una misma línea toscana de buen hacer, de fuerte carácter y de ironía imborrable. Maledetti toscani, cómo no. Terzani desentrañaba como pocos la política de Deng Xiaoping, y sobre todo la de los grillos. Terzani adoraba esas cajas hechas de calabaza (no las caras de marfil) donde se guardan los grillos de pelea. Pero lo principal para los chinos es oírlos cantar en los meses de invierno. Los grillos enjaulados traen el recuerdo del verano y la ilusión de que remitirá el frío. En la película El fin es mi principio, Folco, el hijo de Terzani, caza un grillo para regalárselo a su padre. Tiziano le está haciendo a su hijo un regalo mucho mayor, revelarle, poco antes de morir, cuánto ha aprendido en su rodar por el mundo. Y lo más sustancial -cree- es no temer el nuevo viaje.

Terzani, tras pasarse una vida presumiendo de florentinitá, que es un síndrome de altivez por tener un plus de escepticismo sobre todas las cosas, y por ser de Florencia, donde todo ha sucedido, y de forma gloriosa, hace quinientos años, reaccionó al diagnóstico de su cáncer abandonando periodismo, loores y estrés, toda clase de pompas de jabón. Hasta su muerte en 2004, Terzani vio su enfermedad como una oportunidad para afrontar la aventura de morir y de reiniciar. Pero nunca había sido un místico, más bien un materialista. En Camboya se salvó de que le mataran los jemeres rojos por hablar chino. Sabía incluso que Nehru, el presidente de la India, había regalado al rey Sihanuk las cejas de Buda. Para alojarlas, el monarca camboyano mandó edificar una estupa junto a la estación de Phnom Penh, pero su nieta, una princesa bailarina y maga, le dijo que los problemas de Camboya venían por estar Buda en ese sitio tan caótico: "Mientras el Buda esté caliente, el país arderá".

Terzani recorrió media Asia en busca de terapias alternativas para su mal hasta hartarse de sanadores y religiosos de pega. Un taxista en Singapur llevaba una bola blanca colgada de una cadena: "Una perla de coco -dijo-.Una de cada 10.000 nueces de coco lleva una perla de coco en su interior". Terzani, Anam, siguió viajando y buscando hasta decantarse por el unirse al todo. Y ahí fue donde se quedó, y en las cenizas que su hijo aventó en los montes de Orsigna.