Lara Ferreiro, psicóloga, sobre por qué recordamos como mejores los viajes en los que algo salió mal: "El cerebro prioriza los recuerdos que rompen la rutina"
El itinerario que sale clavado se evapora en unos meses. La noche tirado en una estación equivocada, en cambio, aguanta décadas intacta.

Sale todo mal... pero el recuerdo es imborrable. / Unsplash
Son las siete y diez y el tren salía a las siete. Lo has visto marcharse desde el otro lado del torno, con la maleta a medio cerrar y el billete inservible en la mano, y durante veinte minutos has tenido la certeza absoluta de que el viaje estaba arruinado. Ocho años después es lo único que cuentas de aquella semana. No el hotel, que estaba bien. No la catedral, que era la que salía en las fotos. El tren perdido y lo que vino detrás: el autobús de las once, el pueblo en el que hubo que hacer noche, la cena en un bar sin carta donde el dueño sacó lo que había.

Si ha salido todo mal en tu viaje, tranquilo... lo recordarás más y mejor. / Tuomas Harkonen | Unsplash
Esa desproporción tiene explicación, y no es literaria. "Muchos de nuestros mejores recuerdos de viaje no están asociados a los momentos en los que todo salió según lo previsto, sino a aquellos en los que surgió algún imprevisto", señala la psicóloga Lara Ferreiro, autora de ¡Ni un capullo más!: El método definitivo para quererte y encontrar a tu pareja perfecta, que lleva años trabajando la relación entre emoción y memoria en consulta. Lo que en su día fue un desastre logístico vuelve transformado: "Lo que en ese momento genera estrés, frustración o incluso miedo, con el paso del tiempo suele transformarse en una de las anécdotas más memorables del viaje". El viaje perfecto se olvida. El viaje accidentado se queda. Y no ocurre como premio de consolación, sino porque el cerebro está construido exactamente para eso.

Sara Fernández García
El plan que sale bien no deja rastro
Conviene empezar por el lado incómodo del asunto: la eficacia turística y la memoria trabajan en direcciones contrarias. Un itinerario cerrado al minuto, con los traslados resueltos y las entradas compradas en marzo, produce un viaje cómodo y un recuerdo pobre. "Cuando un viaje transcurre exactamente como estaba planificado, gran parte de las experiencias se procesan de forma automática y apenas requieren un esfuerzo cognitivo", explica Ferreiro.
Nuestro cerebro no almacena todos los recuerdos con la misma intensidad, sino que prioriza aquellos que rompen la rutina o provocan una mayor activación emocional
Ese automatismo es el problema. El cerebro no está gastando recursos en registrar lo que ya esperaba encontrar; lo está dando por bueno y siguiendo adelante. Se ve bien en cualquier reserva hecha con meses de antelación: llegas al mirador que llevabas viendo en pantalla desde febrero, compruebas que efectivamente es así, haces la foto y bajas. La expectativa se cumple y se cancela. No hay fricción, no hay sorpresa, no hay nada que obligue a mirar dos veces.
La psicóloga lo formula en una frase que sirve como bisagra de todo el fenómeno: "Nuestro cerebro no almacena todos los recuerdos con la misma intensidad, sino que prioriza aquellos que rompen la rutina o provocan una mayor activación emocional". Aplicado al viaje, eso significa que la novedad geográfica no basta. Estar en otro país no garantiza nada si dentro de ese país todo se comporta como estaba previsto. Lo que fija el recuerdo es la ruptura, y la ruptura casi nunca aparece en el itinerario.

El viaje que sale mal es la anécdota que contarás después. / Social Cut | unsplash
Adrenalina a los cinco segundos: lo que ocurre por dentro cuando el plan revienta
Imagina la tormenta que borra el plan del día. El barco no sale, el sendero está cerrado, hay que rehacerlo todo desde un soportal con el móvil al doce por ciento de batería. Por dentro, mientras tanto, está pasando algo bastante concreto. "Un imprevisto rompe las expectativas, obliga a prestar más atención al entorno y activa mecanismos cerebrales relacionados con la supervivencia y la resolución de problemas", apunta Ferreiro.
La cadena química arranca de inmediato. "Los acontecimientos inesperados desencadenan una mayor liberación de adrenalina y noradrenalina, neurotransmisores que aumentan la atención y favorecen que el hipocampo consolide los recuerdos con mayor intensidad", detalla la psicóloga. Traducido a lo que uno nota en el cuerpo: el pulso que sube, la sensación de que de repente ves toda la estación a la vez, los carteles que antes eran ruido y ahora se leen solos. Esa hiperatención no es una impresión subjetiva, es el sistema poniéndose a grabar en calidad alta. Y es rapidísima: "La liberación de adrenalina puede aumentar en cuestión de segundos ante un acontecimiento inesperado, incrementando el estado de alerta y favoreciendo que el cerebro priorice el almacenamiento de esa información frente a otros recuerdos del mismo día".
Cuanto mayor es la sorpresa o la carga emocional del episodio, mayor suele ser la probabilidad de que permanezca en la memoria durante años
Ahí está la clave de por qué la tarde del desastre se come al resto de la jornada. Del día del temporal recuerdas el soportal, no el desayuno. Interviene además una segunda estructura, la amígdala, que funciona como filtro de relevancia emocional: "La amígdala, estructura cerebral encargada de procesar la relevancia emocional de las experiencias, señala al cerebro que ese momento merece ser recordado", indica Ferreiro. Cuando las dos regiones se activan a la vez, el archivo se sella. "Cuanto mayor es la activación conjunta entre la amígdala y el hipocampo durante una experiencia, mayor es la probabilidad de recordarla meses o incluso años después", sostiene, y añade que numerosos estudios de neuroimagen han demostrado esa relación entre activación y permanencia. Con cifras: de acuerdo con la psicóloga, "los acontecimientos inesperados tienen entre un 20% y un 40% más probabilidades de ser recordados que las experiencias rutinarias, precisamente porque rompen las expectativas y captan más recursos atencionales". El resumen lo da ella misma: "Cuanto mayor es la sorpresa o la carga emocional del episodio, mayor suele ser la probabilidad de que permanezca en la memoria durante años".

Como diría con mis amigas: si hay storytelling es un buen viaje. / Toa Heftiba
La memoria no archiva, reescribe
Hasta aquí, la parte del registro. Falta lo que ocurre después, que es donde el viaje torcido acaba de convertirse en buen recuerdo. Porque nada de lo que guardamos se queda quieto. "La memoria humana no funciona como una grabación objetiva", advierte Ferreiro. "Cada vez que recordamos una experiencia, el cerebro la reconstruye parcialmente, incorporando nuevas interpretaciones y emociones."
Este fenómeno suele resultar especialmente llamativo en personas perfeccionistas
Ese mecanismo tiene nombre técnico y consecuencias muy visibles en cualquier sobremesa. "Este proceso, conocido como reconsolidación de la memoria, explica por qué un acontecimiento que en su momento resultó estresante puede terminar recordándose como una aventura", desarrolla la psicóloga. Cada vez que cuentas lo del tren perdido lo cuentas un poco distinto, y la versión nueva sustituye a la anterior. El miedo va perdiendo peso, el desenlace va ganándolo, y al cabo de unos años la memoria autobiográfica -la que construye el relato de quién eres y por dónde has pasado- ha guardado la aventura y ha tirado la angustia.
El giro más interesante afecta a quienes peor lo pasan durante el imprevisto. "Este fenómeno suele resultar especialmente llamativo en personas perfeccionistas o con una tendencia más pesimista, ya que acostumbran a anticipar los problemas como algo exclusivamente negativo", observa Ferreiro. Son los que revisan el itinerario tres veces la noche antes, los que llegan a la estación con hora y media de margen, los que dan el viaje por perdido en cuanto algo se sale del guion. Y son, precisamente, quienes obtienen el contraste más brutal entre lo que temían y lo que quedó: "La experiencia demuestra que esos contratiempos no sólo pueden resolverse, sino que a menudo terminan convirtiéndose en los recuerdos más valiosos y enriquecedores".

Te perdiste por el sendero... pero ganaste en autoeficacia. / Datingscout | Unsplash
Lo que te traes de vuelta sin haberlo metido en la maleta
Queda el saldo, que no es solo memorístico. Resolver un marrón lejos de casa, en un idioma que manejas a medias y sin la red de seguridad de lo conocido, deja algo instalado. "Estos contratiempos favorecen la autoeficacia, un concepto que hace referencia a la confianza en la propia capacidad para afrontar situaciones difíciles", explica Ferreiro. La autoeficacia viene de la psicología clásica, del trabajo de Albert Bandura, y describe algo muy reconocible para cualquiera que haya tenido que buscarse la vida a doscientos kilómetros del plan original.
"Resolver un problema en un entorno desconocido proporciona una sensación de competencia que fortalece la autoestima", añade la psicóloga. Y el recuerdo termina de girar: "Con el tiempo, el recuerdo deja de centrarse en el estrés vivido y pasa a enfatizar la satisfacción de haber superado el desafío". Lo que vuelve contigo no es la anécdota, es la prueba de que fuiste capaz.
La aplicación práctica es sencilla y bastante antipática para quien planifica: deja huecos. No hace falta buscar el desastre ni renunciar a reservar el vuelo, pero sí conviene no blindar cada hora del día. Dos tardes sin nada apuntado, una jornada abierta a lo que aparezca, margen suficiente para que un desvío no obligue a cancelar lo siguiente. El itinerario cerrado al minuto protege del imprevisto, y al protegerte del imprevisto te está protegiendo también de la única parte del viaje que vas a recordar dentro de diez años.
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