Lara Ferreiro, psicóloga, sobre los famosos que se refugian en la España vaciada: "Volver al pueblo no significa retroceder, sino recuperar un espacio donde los vínculos y el bienestar pueden fortalecerse"
Rozalén frenó en seco tras quince años y volvió a Letur. Detrás de esa decisión, y de las de Raúl Cimas, Jesús Calleja o Beatriz Montañez, hay una explicación que empieza en la amígdala.

Volver al pueblo como forma de reconectar con uno mismo. / Istock
A finales de 2025, Rozalén colgó un vídeo en sus redes y dijo lo que casi nadie dice en una industria que mide el éxito en fechas confirmadas: que paraba. Quince años seguidos de giras, discos, colaboraciones y proyectos encadenados sin apenas respirar, y una frase que resumía el estado en el que llegaba a esa decisión: "Quiero descansar, reflexionar, masticar y digerir todo lo vivido". El destino de ese parón no era una isla remota ni un retiro de lujo. Era Letur, un pueblo de la Sierra del Segura, al sur de la provincia de Albacete, con algo menos de mil habitantes, donde creció y donde su madre cantaba coplas que media comarca recuerda.

Volver al pueblo es, para muchos, la única forma de reconectar. / Istock
Lo que parece una decisión íntima y particular es en realidad un patrón que se repite con una insistencia llamativa. Raúl Cimas cambió Madrid por Albalate de Zorita, en Guadalajara. Jesús Calleja vive en Golpejar de la Sobarriba, una pedanía leonesa de las que no salen en los mapas de carretera. Beatriz Montañez dejó la televisión por una casa aislada en plena naturaleza donde llegó a vivir sin electricidad. Y la psicóloga Lara Ferreiro, autora del libro ¡Ni un capullo más!: El método definitivo para quererte y encontrar a tu pareja perfecta, tiene una explicación que no pasa por la nostalgia ni por el capricho: "El cerebro humano no evolucionó para gestionar el nivel de exposición social que experimentan actualmente los famosos". El pueblo, en su lectura, no es un premio ni un retiro. Es una necesidad fisiológica.

Adriana Fernández
La amígdala no distingue entre un aplauso y una amenaza
Conviene desmontar primero una idea muy asentada. "Vivimos en una sociedad donde el éxito suele asociarse al bienestar", señala Ferreiro. "Sin embargo, la psicología muestra que el reconocimiento social y la salud mental no siempre avanzan en la misma dirección". La razón hay que buscarla varios miles de años atrás. "Nuestro sistema nervioso se desarrolló en comunidades pequeñas, donde las relaciones eran cercanas y la aceptación del grupo era fundamental para la supervivencia", explica. De acuerdo con la psicóloga, el cerebro puede sostener hasta un centenar de relaciones sociales significativas. Ni una más. Todo lo que exceda esa cifra, el organismo lo procesa igualmente, pero a un coste.
Ahí está el problema de quien acumula millones de seguidores y una cara reconocible en cualquier gasolinera de la N-322. "Aunque la mayoría de esas interacciones no sean personales, el organismo las interpreta como una evaluación social continua", apunta Ferreiro. Y esa evaluación tiene un correlato físico muy concreto: "Sentirse observado activa la amígdala, una región cerebral implicada en la detección de amenazas y en el procesamiento emocional".
Es habitual reencontrarse con vecinos, amigos de la infancia o familiares que conocen a la persona desde antes de su éxito profesional. Esto reduce la necesidad de mantener una imagen o demostrar constantemente el propio valor
El daño no llega de golpe, llega por acumulación. "Cuando esta sensación se mantiene en el tiempo, el organismo entra en un estado de hipervigilancia, activando de forma continuada la respuesta al estrés y favoreciendo la liberación de hormonas como el cortisol y la adrenalina", detalla la psicóloga. Traducido a la vida diaria: "La exposición continuada al estrés puede alterar el sueño, aumentar la ansiedad, dificultar la concentración, afectar a la memoria y favorecer una sensación persistente de fatiga emocional". El cerebro, dice, "permanece funcionando como si tuviera que responder constantemente a una amenaza, incluso cuando esta no existe de forma real". El final del recorrido tiene nombre clínico. "Puede favorecer la aparición de un síndrome de burnout o agotamiento profesional, caracterizado por fatiga emocional, pérdida de motivación, sensación de desconexión con el trabajo y una disminución progresiva del bienestar psicológico". Cuando Rozalén habló de agotamiento emocional, no estaba usando una metáfora.

Letur, el pueblo-refugio de Rozalén. / Istock
La persona y el personaje: dos vidas que dejan de caber en un mismo cuerpo
Hay un segundo desgaste, más silencioso, que tiene que ver con quién eres cuando nadie mira. "Cuando la imagen pública adquiere un protagonismo constante, esa identidad puede comenzar a dividirse entre la persona real y el personaje que los demás esperan encontrar", advierte Ferreiro. El equilibrio psicológico, sostiene, "depende, en gran medida, de que exista coherencia entre quiénes somos y la imagen que proyectamos". Cuando esa coherencia se rompe, aparecen "sentimientos de vacío, frustración, falta de autenticidad e incluso una profunda desconexión con uno mismo".
El caso de Beatriz Montañez es quizá el más extremo del panorama español: una presentadora en el centro exacto de la conversación televisiva que desapareció del mapa mediático para instalarse en una casa aislada, sin comodidades, en mitad del monte. Jesús Calleja, que se gana la vida precisamente exponiéndose, mantiene su base en un pueblo leonés de vecinos que lo conocieron antes de que hubiera cámaras. Y Rozalén eligió el lugar donde su apellido significa una familia concreta y no una marca.
El silencio, el contacto con la naturaleza y un ritmo de vida más pausado reducen la carga cognitiva y facilitan la concentración, el descanso y la regulación emocional
"La persona deja de ser percibida únicamente como un individuo y comienza a convertirse en un símbolo o en un personaje sobre el que los demás proyectan expectativas", describe la psicóloga. Sostener esa doble vida durante años "puede convertirse en una importante fuente de agotamiento emocional y favorecer la sensación de haber perdido el contacto con quien realmente se es". El pueblo funciona como antídoto por una razón muy poco poética: allí ya saben quién eres. "Es habitual reencontrarse con vecinos, amigos de la infancia o familiares que conocen a la persona desde antes de su éxito profesional. Esto reduce la necesidad de mantener una imagen o demostrar constantemente el propio valor", explica Ferreiro. "Poder pasear, conversar en la plaza o compartir un café con personas que les tratan con naturalidad disminuye el estado de alerta y favorece una identidad más auténtica, menos dependiente del reconocimiento externo".
Letur, o lo que ocurre cuando el cerebro deja de estar en guardia
Bajemos al terreno. "En las grandes ciudades, el tráfico, el ruido, las prisas y la sobreexposición a estímulos mantienen al cerebro en un estado de atención constante", describe Ferreiro. El resultado es la fatiga atencional: "Dificultando la concentración, aumentando la irritabilidad y generando una sensación constante de saturación mental". A eso se suma el desgaste invisible de decidir. Según la psicóloga, un adulto toma entre 30.000 y 35.000 decisiones al día, y la mayoría de ellas ni siquiera llegan a la conciencia.

La tranquilidad del pueblo tiene algo que te ayuda cognitivamente. / Istock / Lagui
El campo opera en dirección contraria. "Los entornos naturales captan la atención de una forma espontánea y relajada", señala. "El silencio, el contacto con la naturaleza y un ritmo de vida más pausado reducen la carga cognitiva y facilitan la concentración, el descanso y la regulación emocional". Y hay medición física detrás: "Una reducción de la frecuencia cardíaca, una respiración más tranquila, menor tensión muscular y un descenso de los niveles de cortisol". Ferreiro lo enmarca en la biofilia: "Durante más del 99% de la historia de la humanidad, nuestro cerebro evolucionó en entornos naturales y no en ciudades densamente pobladas". De ahí que el silencio no sea un lujo decorativo, sino un mecanismo: "Permite que el cerebro reduzca la cantidad de información que procesa y dedique más recursos a la reflexión, la integración emocional y la creatividad", activando la llamada red neuronal por defecto, implicada en la introspección y en la generación de ideas nuevas.
Letur cumple ese pliego de condiciones casi punto por punto. Es Conjunto Histórico-Artístico y conserva uno de los cascos de origen andalusí mejor mantenidos de Castilla-La Mancha: calles estrechas y escalonadas, casas encaladas y un trazado que sube y baja sin lógica aparente hasta los restos del castillo islámico. El agua está por todas partes, y no es un decorado: hay cascadas y manantiales dentro del propio casco urbano, huertas de tradición andalusí descolgándose hacia el arroyo y un Arco de las Moreras que fue acueducto y puerta de muralla al mismo tiempo. La visita suele arrancar en la Plaza Mayor, con la iglesia de Santa María y el Museo Etnológico a un paso, y el mejor golpe de vista se obtiene desde el mirador de la Molatica. A las afueras esperan las pinturas rupestres de la Fuente de la Sabina, Arte Rupestre Levantino. Y de noche, la comarca de la Sierra del Segura forma parte del destino Starlight, con un mirador astronómico donde el cielo hace el resto.

Letur es el pueblo donde Rozalén vuelve a ser María de los Ángeles. / Istock
La DANA del 29 de octubre de 2024 golpeó el pueblo con una violencia que dejó seis vecinos muertos y destrozos graves en el casco urbano. Letur lleva desde entonces reconstruyéndose. Antes de aquello, Rozalén ya había puesto en marcha el festival Leturalma con un objetivo explícito: "Quiero también llamar la atención sobre la progresiva despoblación de lugares como este". Ese es el otro lado del asunto. Según la psicóloga, cerca del 16% de la población española vive en municipios de menos de 5.000 habitantes; el país que los famosos eligen para desaparecer es, a la vez, el que se está quedando sin gente. Albalate de Zorita, en la Alcarria baja, y Golpejar de la Sobarriba, en el alfoz leonés, son otros dos nombres de esa España interior que han ganado vecinos ilustres sin dejar de perder censo. Los tres se visitan en una mañana. Ninguno pide más de lo que ofrece.
Suffolk, Wisconsin, Irlanda: el mismo gesto en otras latitudes
Fuera de nuestras fronteras el mecanismo se repite, aunque la etiqueta de España vaciada no sirva para explicarlo. Ed Sheeran, uno de los artistas más escuchados del planeta, hizo su vida en una finca rural de Suffolk, en el este de Inglaterra. Justin Vernon se encerró en una cabaña de los bosques de Wisconsin y de aquel invierno salió For Emma, Forever Ago, el disco que fundó Bon Iver: la prueba más citada de que el aislamiento y el silencio hacen algo con la cabeza que las agendas llenas no consiguen. Daniel Day-Lewis, tres veces ganador del Oscar, pasó buena parte de su carrera instalado en un entorno rural de Irlanda, apareciendo y desapareciendo del cine con una libertad que muy pocos actores de su nivel se han permitido. Elsa Pataky, más cerca de casa aunque en las antípodas, se instaló con su familia en un entorno natural de Australia. Distintos países, distinto paisaje, idéntica ecuación.
Nada de esto va de renunciar. "El éxito proporciona reconocimiento externo, pero no siempre garantiza el bienestar interno", resume Ferreiro. Lo que aparece cuando alguien deja Madrid por un pueblo de novecientos vecinos no es una retirada, sino un reajuste: menos ruido, menos evaluación, menos personaje. Y bastante más margen para decidir cómo se organiza el día, que es, según la psicóloga, "uno de los factores que más contribuyen al bienestar psicológico y a la reducción del estrés".
"Volver al pueblo no significa retroceder, sino recuperar un espacio donde la identidad, los vínculos y el bienestar psicológico pueden fortalecerse de forma más natural", zanja Lara Ferreiro. Rozalén lo dijo con menos tecnicismos y la misma idea: necesitaba estar en casa, con la gente a la que no había dedicado tiempo suficiente. Letur llevaba cuarenta años esperándola.
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