La Torre del Remei por Carlos Carnicero

Como todo lo que tiene vislumbres de sensibilidad, la Torre del Remei esconde una historia que es casi leyenda. La compleja construcción de este palacio modernista duró cinco años y se cuidaron los más delicados detalles.

Carlos Carnicero

Ahora, los auténticos señores del castillo que se conoce por Torre del Remei son Bebo, Boira y Luna, tres perros vagabundos con suficiente pedigrí ancestral como para simular ser aristócratas.

La Torre del Remei es un hotel exquisito en el corazón de la Cerdanya, y uno de los refugios donde puede encontrarse a sí mismo si se cumplen algunos requisitos. La primera condición para acceder a este paraíso de quietud, además de conocer lo que Josep María Boix y su mujer, Loles Vidal Font, pueden hacer para que la cotidianidad de unos pocos días sea extraordinaria en todos los detalles lúdicos de la vida, es disponer de los medios de fortuna para pagar la factura, que es ajustada para lo que se te ofrece, pero inalcanzable para muchos bolsillos.

Si se me permite un consejo, quien se lo pueda consentir no derrochará su dinero. Sabido es desde la época de los fenicios que el valor de las cosas no siempre coincide con su precio, y en este caso la relación es favorable para el que paga. Como todo lo que tiene vislumbres de sensibilidad, La Torre del Remei esconde una historia que es casi leyenda.

La construcción del castell data de 1905, cuando Agustí Manut i Taberner, un banquero catalán, mandó erigir la mansión para regalársela a su única hija, Blanca Manut y Uyà. El diseño de este palacio modernista, con reminiscencias neoclásicas francesas, lo hizo el arquitecto catalán Freixa, natural de la vecina población de Llivia, que tuvo un gran reconocimiento en su época y en toda la comarca, en donde llevó a cabo obras notables como el casino Ceretá de Puigcerdá y el castell Torre de Riu.

La compleja construcción del edificio duró cinco años y se cuidaron los más delicados detalles. Mi primera visita a la Torre del Remei se produjo al poco tiempo de su inauguración, fue en el año 1995; desde entonces, y después de haber vuelto en numerosas ocasiones, tengo pendiente la asignatura de contar la historia que se esconde detrás de este magnífico establecimiento hotelero, con sólo veinte habitaciones y una cocina refinada, tranquila y enraizada con la tradición culinaria del valle, en un comedor que invita al recogimiento.

Pero vayamos por partes: el recorrido de esta residencia, desde su fundación, en pleno auge del modernismo catalán, no ha sido fácil ni, sobre todo, tranquilo. El caso es que la Guerra Civil trucó la marcha de esta casa y de la familia que la habitaba, como ocurrió con tantas otras cosas. Sus propietarios, el matrimonio Manut Uyá, su hija Blanca y la diez personas de servicio -to das mujeres- que trabajaban en el castell fueron conducidas a la estación de ferrocarril de Puigcerdá por las fuerzas republicanas de Antonio Martín, El Cojo de Málaga, para que se pudieran trasladar a Barcelona.

Todas las fuentes coinciden en que fueron tratadas con toda deferencia, tal vez como compensación a que el palacio de Manut era visitado por Cambó y otros muchos republicanos de la época; era refugio de intelectuales y lugar de encuentro incluso del obispo de La Seo de Urgell cuando se desplazaba a Puigcerdá.

La figura de Antonio Martín, El Cojo de Málaga, es polémica en la historia de la catástrofe civil de la Cerdanya, pero lo que nadie discute es que durante la mayor parte de la guerra fue señor feudal del valle, que estableció su cuartel general en La Torre del Remei, lugar que reverenció, y que durante la conflagración terminó siendo hospital de guerra, sin que estas dedicaciones deterioraran sus interiores.

Los muebles, los cuadros y la decoración fueron respetados hasta el punto de que, terminada la guerra, testigos de la época aseguran que era habitable por sus dueños cuando recuperaron la propiedad.

Todo parecía condenado al ostracismo y al abandono cuando la sequoyas centenarias del jardín empezaron a tomar posesión de la casa por la extensión de sus raíces, que no estaban dispuestas a tener el mismo comportamiento que las milicias anarquistas de El Cojo de Málaga. Para entonces, José María y su mujer, Loles, llevaban tiempo revolucionando la cocina de la Cerdanya desde el Hotel Boix, en Martinet, y fueron a parar una tarde, en la primavera de 1981, a los alrededores del castell merced a una invitación del alcalde de Barcelona, entonces José María Porcioles, que ocupaba una finca vecina a la torre abandonada.

Allí vino un flechazo entre el castillo y el cocinero que tardó, como los noviazgos largos, en terminar por constituirse en matrimonio. Todo porque a la heredera de la casa no le apeteció venderla hasta que el tiempo arañó el patrimonio lo suficiente como para pensar en desprenderse de herencia tan improductiva.

Ahora cuesta pensar en el camino recorrido por José María Boix desde que a los 14 años empezó a pelar perdices en el Hostal de La Perdiu, en Barcelona. Allí paraba habitualmente Ladislao Kubala para degustar las perdices, que eran la especialidad de la casa y el plato que daba nombre al establecimiento.

El dueño compraba la caza a principios de la temporada y las piezas se medio braseaban para guardarlas en tinajas de tierra, sumergidas en aceite, para que aguantaran en el tiempo.

Pero la tradición del dueño de La Torre del Remei viene de antes, cuando su familia regentaba la fonda de Martinet, y donde el olor de los fogones impregnó su infancia. El recorrido posterior ya no es tan extraordinario hasta que después de pasar por el Colón de Barcelona, como alumno del gran chef Ignasi Doménech, intuyó que los pucheros, la tradición, la exquisitez y la sofisticación podían formar las piezas de un puzzle irrepetible.

Luego vinieron ensayos generales en el Hotel Boix, donde la cocina de la Cerdanya hizo un recorrido de ida y vuelta desde la tradición hasta la prosopopeya para quedarse en un sitio en el que caben los raviolis de trufa y foie gras y el trinxat, el más modesto de los platos ancestrales del valle, que se sustenta en el sofrito de unas patatas hervidas con col, con el regusto de unos pedazos de tocino fritos.

La bodega es memorable, pero la atmósfera que se respira en todos los rincones de la finca supera los detalles, que están cuidados hasta la dedicación más absoluta de un matrimonio que entiende el servicio a la humanidad desde la satisfacción plena de sus huéspedes.

En el reino de José María Boix , los señores feudales son las setas de primavera y la caza, cuando es época. La butifarra con ceps, cuando corresponde, lidia bien con los vinos del priorato, y los postres, que hay que encargarlos con el servicio, terminan a uno con la confusión de saber si la tabla de quesos permitirá llegar a dar cuentas de ellos.

Hace mucho que necesitaba un refugio de un fin de semana largo que me permitiera meditar sobre el paso del tiempo, el bullicio de la noticia, la algarabía de la política y la paz del espíritu.

No digo que La Torre del Remei me halla resuelto todos los problemas, pero me he reencontrado con algunos pedazos de mí mismo que se habían quedado por el camino y que tenía serias dudas de que se pudieran encuadernar. Ahora tengo un poco más de paz después de dar algunos tumbos. Para mí, que la edad no me permite ser tan exigente, ya es mucho.