La selva de Stendhal, por Luis Pancorbo

Los árboles, las flores o los ibis escarlatas de la selva dan para más de un sofoco o para un ‘síndrome de Stendhal'' en plan natural.

Luis Pancorbo

No se acaba de ver todo lo que hay en la basílica Santa Croce, de Florencia: Giotto y Cimabue, la tumba de Miguel Ángel, o la de Maquiavelo, que también tiene sus seguidores... Es como una selva de mármol y de pinturas con colores azules que atrapan los sueños, no sólo los cielos. No extraña que en el año 1817 Stendhal sucumbiera en Santa Croce a su propio síndrome, la ambición de sentir más y mejor la belleza. Al menos el vahído que le dio fue de los que marcan época: "La vida se me había desvanecido, caminaba con temor a caer".

Sin embargo, hubo que esperar a 1979 para que la psiquiatra Graziella Magherini diese carta de naturaleza a lo que bautizó como "síndrome de Stendhal", apoyándose en decenas de casos similares al del escritor ocurridos en la ciudad de Florencia.

La Magherini no quiso llamar simplemente ansiedad (hay doce tipos de ansiedad) a un síndrome como el de Stendhal, que si por un lado parece etéreo y sublime como el propio arte, por otro lado lastima el cuerpo como un soroche que no deja nada en su ser: sensación de ahogo, mareo, aumento del ritmo cardíaco, sudoración, náuseas, fuerte dolor en el pecho, sequedad de boca, indecisión, preocupación... Y hasta tartamudeo, llanto... por no decir irrefrenables ganas de recuperarse enseguida y de ir a por mayores dosis de viajar y ver, que es la forma en que casi todo se cura. La doctora Magherini, que conoce bien a Freud, sostiene que algunos sujetos se derrumban cuando por fin se ponen delante de la obra de arte con la que durante tanto tiempo han soñado.

Por ejemplo, ante el famoso David de Miguel Ángel no hay protecciones que valgan, sueños o láminas, vídeos o postales. El mármol desnudo, más sugerente que la carne, y la copiosa red simbólica y cultural tejida por siglos en torno a esa escultura no atenúa el impacto que produce en la persona que la idealizó. Y así "se colapsa el significante que debería sostener la significación... y se convierte en una presencia real" (Magherini, 1990). Él, o ella, sufre entonces el síndrome de Stendhal, y lo más frecuente es que este proceso afecte a viajeros varones solitarios y solteros, cultos y supersensibles, con una edad comprendida entre 26 y 40 años.

El síndrome de Stendhal también se podría sentir en Egipto (a la octava tumba), o en el país maya (a la undécima pirámide). O en la selva. Vas por un río y hay un árbol lleno de flores rojas, y luego de otra copa salen volando unos corocoros, ibis escarlatas, y es como si te pusieran un sombrero fantástico. Pronto ves una charapa que se dora el caparazón al sol cerca del palo donde lo hace una serpiente morete. Más allá, caen hojas en un remanso, como si nevara de color verde. Y si pones pie a tierra, los matapalos y otros árboles, con sus lianas, que en realidad son raíces y viceversa, dan desde luego para más de un sofoco o para un síndrome de Stendhal en plan natural.

Pero vale la pena probarlo y atracarse de naturaleza en su aspecto más lujurioso, con toda su libido (hambre de sexo para Freud, no muy distinta del hambre de comida). El asunto radica en llegar a la sublimación, una de las principales fuentes de la actividad artística para Freud, aparte de ser "el dominio de los impulsos sexuales", los que se dan desde bien temprano.

La sublimación constituye mano de santo hasta para curarse el síndrome de Stendhal, y un buen programa para esta primavera: un cuadro, un árbol, muchos, pero siendo gozados uno a uno y dando tiempo al tiempo.