La Riviera de Crimea, por Luis Pancorbo

El Mar Negro curaba en verano todo lo que San Petersburgo estropeaba con sus nieves en invierno.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

La Riviera genuina, que es la del sur de Francia, le iba como anillo al dedo a Vicente Blasco Ibáñez. En 1921, tras el éxito internacional de sus novelas, había construido su fabulosa Villa Fontana en Menton, y allí vivió, enmarcado por atardeceres bellos pero carísimos, hasta su muerte siete años después. Ya decía Anton Chéjov que en una novela lo que más abunda es "una cartera de piel rusa, porcelana china, una silla de montar inglesa, un revólver que no falla, una condecoración, ananás, trufas y ostras". Menton es la quintaesencia de la Riviera francesa, aunque la hay también notable en la parte italiana. Y pare usted de contar.

En el Mediterráneo español no se puede encontrar una Riviera de verdad por una razón obvia: no queda un tolerable fragmento de costa con al menos tres o cuatro pueblos seguidos sin deformar o arrasar. Por eso la palabra Riviera tiene más sentido en Crimea pese a las vicisitudes que ha sufrido en la historia, incluso tras su reincorporación a Rusia el pasado mes de marzo.

Chéjov, un médico que sufría de amores y de tisis, vio que Crimea iba bien para todos esos desperfectos. Se construyó una casa en Yalta, hoy museo, que es un prodigio de equilibrio entre la vegetación y el Mar Negro. Allí escribió El jardín de los cerezos, entre otras obras maestras, porque de vez en cuando se entretenía con bagatelas afiladas como Pescados y peces. Tratado fundamental, sobre un asunto sin fundamento. Ahí Chéjov elogia a un pez como el sollo "feo y poco sabroso, pero razonador, positivo, muy seguro de sus derechos". Un pez de los alrededores de Moscú. Mientras el sargo, éste ya de agua salada, era un auténtico traidor: "Se finge vegetariano. Después de engullir un pececillo se limpia enseguida los labios para que ‘los señores'' no se den cuenta".

Yalta, Gurzuf, Sebastopol, Eupatoria... Jardines y viñedos, cumbres y cañones borrascosos, y playas de guijarros que ya endulzaron, como los melones de la zona, los sueños de los griegos de Querconeso Táurico. Y los palacios de zares y príncipes, Livadia, Vorontsov, Masandra, que jalonan una Riviera de alta clase. Sin que falten extravagancias como El Nido del Águila, el castillo a pico sobre el mar del barón von Steingel, un magnate del petróleo. Aunque en 2013 Crimea también recibía seis millones de turistas, y eso originaba mogollón, chiringuitos, y un Paseo Marítimo de Yalta que recordaba al de Benidorm.

Vulgaridades aparte, Crimea fue el sitio justo para poner un palacio, teniendo posibles como los zares, o para ir a un balneario siendo uno un tuberculoso normal, pero decidido a aprovechar los magníficos efluvios del clima. El Mar Negro curaba en verano todo lo que San Petersburgo estropeaba con sus nieves en el invierno. Livadia, el palacio del último zar Nicolás II, es la condensación en Yalta de una extraña mezcla de aire tónico, poder y jardines perfectos sobre una mar bella y tranquila. La importancia terapéutica de Livadia se ratificó en febrero de 1945, cuando fue escogido por Stalin para invitar allí a Roosevelt y Churchill. Iban a repartirse la bola del mundo. Roosevelt propuso hacer de Alemania cinco rodajas: Prusia, Hannover, Sajonia, Hesse y la sección sur del Rin, y Baviera con Baden Würtemberg. Cinco cachos para que no volviera a repetirse la tragedia causada por los nazis. Al final fueron otros los repartos de influencias en los cinco continentes, pero los ganadores de la guerra se quedaron contentos. Churchill a sus 70 años apreció sin tregua los vinos espumosos de Crimea. A Roosevelt todo debió sentarle peor, muriendo a los dos meses de finalizar la Conferencia de Yalta. Stalin entre tanto paseaba su bigote de gran gato vencedor del mundo, y no se le suponían los horrores posteriores. Churchill se deshacía en elogios: "Consideramos que la vida de Stalin es de lo más precioso que hay para las esperanzas y los corazones de cada uno de nosotros...". Y Stalin proponía un brindis por Churchill, "el primer ministro más valiente del mundo".

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