La rama de Diana por Luis Pancorbo

En la bella localidad de Nemi se ha encontrado el tiesto en el que pudo estar plantado el árbol de la rama de oro.

Luis Pancorbo

Diana, la luna, la cazadora, no era una criatura de ficción sino además una diosa a la que la gente iba a adorar en su santuario de Nemi, un lugar fascinante al sur de Roma. En pocos sitios como ahí se dan cita tantos acicates del pasado y del presente. Nemi es paisaje, gastronomía y la madre de muchos mitos, empezando por el de la rama dorada, eje de la gran investigación de Frazer. Pero si alguien fuese por lo pictórico, Nemi tampoco defrauda al natural con su cráter lleno de agua azulada, y sus riberas boscosas, pese a haber sido pintada por Turner en un cuadro memorable. Parece como si Turner hubiese inventado un nuevo color, el oro viejo del crepúsculo, para iluminar el bosque nemoroso en torno al lago de Nemi. Si no, siempre se puede echar mano de la poesía de Ovidio y respirar con fuerte dilatación de las aletas de la nariz y de las más secretas entretelas. Eneas viajaba con toda seguridad por el Hades con una rama de oro en la mano.

Ya ha llegado el mes de las flores, y en Nemi el de las fragoline di bosco, fresas diminutas que pueden ser un buen postre tras una pasta con salsa de jabalí. Conviene celebrar la luna de Diana como se debe, y felicitar a los amantes de La rama dorada (1870), de Frazer, un libro que en un momento es todos los libros, cuanto se podía imaginar y saber en torno a los mitos a lo ancho y largo del mundo a partir del mito de Nemi. Y es que ahí vivía el rex nemorensis, el sacerdote-rey, el que había que matar para que la sucesión al trono, la estructura de un pensamiento salvaje, pero con pátina dorada, continuara afianzándose y con ella el calendario, el reloj de la naturaleza y la vida de los hombres.

Se dirá que eso es una excursión por el pasado, y lo que importa es viajar por el presente. Yo creo que hay que viajar donde suceden las cosas de acuerdo con una lógica que no es la que te acompaña como un churro al desayunar en tu casa. Y además hay momentos y momentos. En Nemi, la hermosa localidad de los Castillos Romanos, se ha encontrado el tiesto -el alcorque más bien- en el que pudo estar plantado el árbol de la rama de oro. Eso sostiene Filippo Coarelli, arqueólogo de la Universidad de Perugia, entregado por décadas a la pasión más noble, encontrar piedras que hablen, un hombre que, pese a la penuria de medios, ha tenido su recompensa con nuevos hallazgos en el santuario de la diosa Diana.

Ya sabemos que este mundo soslaya, más que olvida, que en el principio de nuestras mentes europeas, en la matriz de nuestros mitos, se grabaron historias tan apasionantes como la de la rama dorada, a la que dedicó Frazer su vasta obra dando pábulo a legión de antropólogos, arqueólogos, poetas y lectores fascinados por Nemi. Y por el rex nemorensis, el rey del bosque nemoroso de ese pueblo lazial que se asoma a un lago volcánico cuya tersura hace pensar si no fue el mismo espejo en el que se miraba la insaciable Diana cazadora.

Pero la Luna es Selene, y Selene es Diana, y los antepasados de los romanos peregrinaban desde muy lejos para llevar exvotos a su templo. Y respetaban las costumbres en una tierra como la de Nemi, tan densa de dioses como de rumores de viento en la madreselva. Nadie podía cortar una rama de oro del árbol sagrado, pero si un esclavo se atrevía a hacerlo podía retar al mismo sacerdote rey del templo de Diana. Un paria, un excluido de la sociedad, y hasta de la humanidad, si lograba por su maña y fuerza romper una rama de oro podía arrebatar al rey-sacerdote la magia del poder y el dineral que fluía al santuario todos los años. El esclavo sólo necesitaba una cosa muy darwiniana: vencer al rey en limpia lid. Nemi fue así la cuna de la monarquía más democrática. Coarelli ha encontrado el receptáculo del árbol de oro (de la Edad del Bronce), y el recinto del santuario dedicado a Diana (con sus 4.000 metros cuadrados es el mayor en su tipo de todo el Lazio). Y emplazamientos de fuentes, terrazas, una cisterna y un ninfeo, además de grandes cantidades de cerámica de los siglos XIII y XII antes de Cristo. Y de allí nos llegan las buenas noticias.