La piel del jaguar, por Luis Pancorbo

Cuando la crisis muerde, hay que acordarse de los que no tienen bolsillos porque quieren ir como sus madres les trajeron al mundo.

Luis Pancorbo

Hay una especie de regodeo, siempre en recidiva, con algunas gotas de racismo y mucho de superioridad occidental, bancaria y apostólica, en que lo mejor para dormir a pierna suelta es lo que tiene cuatro patas, y para beber lo que se coge de un frigorífico. No cabe duda de que en Occidente, vaya la crisis como vaya, estamos absolutamente en contra de las bebidas calientes (salvo que sean sopa y café, claro está) y de las esterillas y otras colchonetas que, por otra parte, resultan tan buenas para las espaldas doloridas.

El caso es que la superioridad blanca no tiene límite y es de esperar que los viajeros no se abandonen en esa línea de no retorno de los prejuicios. A veces los alimentan personas tan influyentes como Michael Buerk, un conocido presentador de la BBC, que dijo, y se quedó tan pancho, que en Papúa la gente mata a los forasteros. Es como presentar un viaje a Papúa como si fuera una película del salvaje oeste.

Si uno va allí, los tipos te disparan flechas y es posible que te arranquen la cabellera. Tiene mucha razón en criticar eso una organización como Survival International, que está a favor de los indígenas sin medias tintas desde hace 40 años justos. Feliz cumpleaños.

Pues bien, la realidad es totalmente al revés: no menos de 100.000 papúes, en Irian Jaya, la parte indonesia de la gran isla de Nueva Guinea, han sido víctimas mortales en los últimos años. Estorbaban en una preciosa isla que está llena de oro y cobre, y de aves del paraíso.

Otrosí pasa con los kulina, una tribu del Amazonas que ha sido acusada de haber comido recientemente a un blanco, cuya identidad fluctúa, en función de las habladurías, entre la de un estudiante discapacitado y la de un ganadero. Todo lo cual porque alguien dijo que otro dijo que vio a uno que dijo que...

Los kulina, que sepan los antropólogos, no son caníbales, o al menos no lo han sido desde que han sido contactados. Un lingüista de la enorme reputación de Daniel Everett, que conoce muy bien el grupo arawan -al que pertenecen los kulina-, también ha negado ese marchamo de antropofagia que ahora les quieren pegar. Pero eso no sucede a tontas ni a locas. Si se acusa a un primitivo de canibalismo, está claro lo que subyace: siendo esos indios tan salvajes, se les puede quitar impunemente sus tierras (precisamente ricas en madera, más madera para palillos y otras cosas necesarias para no comer con los dedos como los indios).

Christina Lamb ha denunciado en el Sunday Times el caso de los enawene nawe, una tribu del Amazonas acongojada por las presas que se pretenden construir a lo largo del río Juruela. De llevarse a cabo, y ya los tractores andan por ahí campando a sus anchas, anegarán sus ritos, su visión del mundo, su pesca y su felicidad. Es otra vez la vieja batalla de David y Goliat, sólo que esta vez dan sopas con honda, miseria para los indios y beneficios para los blancos, porque habrá crisis, pero sólo para algunos. Otros son más iguales que los demás, como ya demostraron los cerdos de la granja de Orwell.

El viajero consciente desea que no todo sea tan igual en el mundo hasta el punto de que no valga la pena salir de casa. Cuando la crisis muerde las carteras hay que acordarse de los que no tienen bolsillos porque aún les gusta, o pueden ir, y les dejan, como sus dioses y sus madres les trajeron al mundo. Otros vestirán en cambio la piel del jaguar.