La persistencia del ‘souvenir', por Luis Pancorbo

Las compras dicen, tanto o más que las fotos, cómo nos fue el viaje y cuál fue su ecuación económica o sentimental.

Luis Pancorbo
 | 
Foto: Ximena Maier

Es más que constatable la ardorosa inclinación de algunos y de algunas por eliminar los souvenirs de los viajes, dado que abultan, pierden el significado con los años, se empolvan en vano. Son excusas de quienes se agarran al minimalismo como a una última Thule de la ética urbana. Igual que hay iconoclastas, odiadores de imágenes, existen odiadores de recuerdos, especialmente si no son suyos, porque la hipocresía funciona mucho en este asunto. Estoy en desacuerdo con esa línea de tirar a la basura lo que se regateó arduamente en Marraquech o en Katmandú. Y aún más delictivo me parece hacer sitio a un vacío inane, que ni es zen ni nada, cargándose piezas que tuvieron algún sentido para sus poseedores. Se trata de esos objetos que fungen como aide-mémorie, ayudas contra el Alzheimer y contra el colesterol malo que tapona las venas del recuerdo. Cosas que, por mucho que haya costado encontrar un sitio para ellas, aunque sea en el desván, no merecen su ejecución sumaria cuando aparece alguien, con aire tiránico, empuñando una bolsa de basura y queriendo hacer borrón y cuenta nueva.

En la vida no hay borrón y cuenta nueva sino un tapiz que se va tejiendo, y a veces destejiendo. No debe de haber tanto arrepentimiento en la humanidad dado que se ha nacido, y con eso ya se tiene bastante incongruencia que afrontar. Otra cosa es aplicar el máximo respeto a los derechos y deberes de uno mismo y de los demás, y su juego en el filo de la navaja. Por lo tanto, dejemos en paz los deslices que hubo en nuestras compras de algo. Las compras nos dirán, tanto o más que las fotografías, cómo nos fue el viaje, cuál fue su ecuación económica o sentimental, o el fruto que sacamos del mismo. No es, pues, de recibo echar la culpa del universo a una matrioska que se volvió a comprar en Varsovia después de haberlo hecho, solo que hace mucho más tiempo, en Leningrado.

Comprendo que el tema de los souvenirs sólidos (habiéndolos también líquidos y aéreos) es una cuestión de espacio, pero más lo es de voluntad viajera. El viaje no termina cuando uno coge el avión de vuelta. El viaje no termina nunca. Queda grabado en las neuronas pertinentes, para bien o para mal, con sus gozos o con sus padecimientos, y es lógico que, dependiendo de los posibles y las actitudes, el viajero quiera quedarse con esa persistencia de la memoria de verdad, sin surrealismos dalinianos, y agarrarse a algo sobre lo que posar a veces los ojos y decir: esas babuchas las compré un día que fui feliz junto al Nilo. O esa piedra tan pulida y gris la cogí cuando sufrí aquella caída tan lamentable. Y no precisamente de un caballo.

Otra cosa son los coleccionistas, a los que uno cree entender porque el coleccionismo aleja de la muerte con un ingenuo y quieto dinamismo. El coleccionismo recorre una escala que va de lo infinito a lo más humilde, y por juntar se puede hacerlo con pinturas del Renacimiento o con arenas de las playas pisadas. Se dirá que los primitivos, mal llamados así, claro, porque los salvajes que quedan son mucho más sabios que los urbanitas, no coleccionan nada y son felices. La no acumulación es un asunto de supervivencia y de falta de frigoríficos. La acumulación es en cambio la madre del capitalismo, del que ha triunfado, y sin embargo deja tristes hasta a los ricos cuando éstos se sienten expoliados por sus propios compatriotas que les exigen pagar impuestos, o tener un gesto. ¿Cómo es eso? ¿Las élites no merecen un sobresueldo por tener que guiar al pueblo, o al rebaño? Los primitivos están lejos en el mapa y la mente, pero al menos coleccionan cuanto necesitan para poner en marcha el recuerdo: el hambre que pasaron ayer. Atesoran mejor que nosotros las palabras antiguas, las que encierran sus ritos y culturas, sus tradiciones. Las palabras dichas, o recordadas, son sus libros sin papel, y llenan con millares de ellas los cuévanos de su memoria. Otra cosa es lo que no coleccionan, es decir, lo que necesitan para vivir hoy, tres tristes trastos.