La moto del Che, por Luis Pancorbo

El primer Che viajero ya ve el mundo con los ojos de los pobres, de los rotos, de esos a quienes han roto otros.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Antes, mucho antes de que Ernesto Guevara de la Serna se convirtiera en el Che vivió un momento de esplendor viajero, sin compromisos más que con el camino, y con su propia libertad. Le faltaba un año para licenciarse en Medicina en Córdoba, y en diciembre de 1951 con su amigo el ya doctor Alberto Granado se lanza a recorrer Argentina, Chile, Perú, Colombia y Venezuela, hasta llegar, tras 13.000 kilómetros, a Caracas el 26 de julio de 1952. Luego el Che seguiría hasta Miami en avión. Protagonista de buena parte de su ruta fue una Norton de 1939, una moto pequeña pero dura mientras no reventó. El Che la llamó Poderosa II y fue como su pequeño Rocinante por marjales y páramos, hasta se atrevió a subir con ella algunos cerros de los Andes.

Notas de viaje. Diario en motocicleta (2004), el insólito libro del Che sobre esa aventura, dio pie a una película, un biopic hagiográfico del brasileño Walter Salles. A uno el joven Che le evoca El Buscón de Quevedo. El nuevo pícaro cuenta cómo se las apaña para comer sin plata, y cómo se aloja en hospitales haciéndose pasar por un colega médico. Tiene 24 años y lo que quiere es vivir y conocer cuanto pueda de Sudamérica. Pero no es un viajero indocumentado y banal. Encuentra en el elemento mestizo una unidad desde México hasta Magallanes. Y una desigualdad, madre de la miseria, que luego le serviría para razonar su pacto con la revolución. Y para dar la vida por ella en vez de sentarse en un sillón a fumarse el puro del poder. La imagen que más queda suya es la foto de Alberto Korda, esa donde el Che sale con una boina en la que apenas cabe, no su melena, sino el fuego que prometen sus pensamientos, la vieja y temida llama de la justicia ahora.

Pocos iconos modernos han superado al del Che. Aún lo imitan sin rozarlo en muchas latitudes. Guevara dejó de querer ser un médico de extracción social burguesa, de pelo corto, buenos modales y mejores cuentas corrientes. Pronto dio la sorpresa de su asombrosa metanoia, su cambio radical de rumbo, que no arrepentimiento, pues está claro que el primer Che viajero ya ve el mundo con los ojos de los pobres, de los rotos, o de esos a quienes han roto otros. Aquel Che viajero reconoce al lector que no va a escribir "hazañas impresionantes". Su diario muestra su buen humor hasta para reírse de sí mismo: "Estos argentinos se creen que son los dueños de todo...". Eso es tras un incidente en los Andes de Juliaca (Perú), donde le invitan a tomar y eso significa hasta la última gota. El Che rehúsa porque en su tierra no beben a palo seco. Pero allí no se andan con bromas y un milico le pega un tiro a su gorra. El objetivo del Che no es enzarzarse en trifulcas tabernarias sino "vagar sin rumbo por nuestra Mayúscula América".

En el prólogo del Diario su hija Aleida Guevara March dice que el joven Ernesto parte "con deseos de aventuras y sueños de hazañas personales". Eso lo modula el tiempo: "Al ir descubriendo la realidad de nuestro continente va madurando como ser humano y se va desarrollando como ente social". Aleida admira cómo era su padre de joven y cómo apuntaba su compromiso. Pero los hijos y los caminos son impredecibles. El abogado Ernesto Guevara March, otro de los cinco hijos del Che, explota la leyenda paterna en la Cuba actual. Con su moto Harley Davidson encabeza un tour "tras las huellas del Che" por Bahía de Cochinos, Santa Clara... La aventura sobre dos ruedas no sale por menos de 5.000 euros. Los tiempos, y las motos, han cambiado.