La Mesa del Cabo por Mariano López

"Debo hacer algo especial aquí", pensó Dios. Y creó una puerta perfecta para el continente más maravilloso.

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

De las Siete Maravillas de la Naturaleza, elegidas el 11 del 11 del 11 por los millones de internautas que han respondido a la convocatoria de new7wonders.com hay una cuya elección puede resultar, para quienes no conozcan el lugar, caprichosa y sorprendente: la Montaña de la Mesa en Ciudad del Cabo. Es la única montaña incluida en la reducida lista final, donde no han entrado, por falta de votos, ninguna de las cumbres más altas del planeta. Tampoco prosperaron picos como el Kilimanjaro o el Aconcagua, convertidos por su silueta o por sus referencias literarias en símbolo de un continente. Y ni siquiera alcanzaron la primera selección de nominados las elevaciones que algunas religiones consideran lugares de revelación de lo sagrado, como el monte Kailash, en el Himalaya, donde reside el dios Shiva. Por el contrario, la montaña del Cabo no apunta al cielo ni viste con nieve su aplanada cumbre, carece de la majestuosidad del Annapurna y de la elegancia del Capitán o del Cervino, y su historial de leyendas y tradiciones no permite incluirla entre las montañas cósmicas, vínculo entre el Cielo y la Tierra, esperanza de la Humanidad porque salvaron sus picos del Diluvio. La Mesa es bajita -apenas tiene mil metros de altura-, rectangular y roma. A cambio, las historias más antiguas dicen que nació para proteger a los habitantes del extremo sur de África y, en efecto, parece construida, como los templos griegos, con proporciones y armonías ajustadas a la medida del hombre.

El primer occidental que vio la Montaña de la Mesa fue el portugués Bartolomé Díaz, el primer navegante que bordeó toda la costa africana por el Atlántico sur. Díaz avistó la Mesa en el año 1488 y bautizó el cabo frente a la montaña como Cabo de las Tormentas, aunque a su rey, João II, le pareció más prudente denominarlo Cabo de Buena Esperanza. Muchas de las leyendas que se vinculan a la Mesa nacen del fragor del Cabo, de la violenta agitación del océano frente a la bahía. El gran poeta portugués Luis de Camoens, pariente del descubridor de la ruta a la India, Vasco de Gama, situó en la Mesa al espíritu de Adamastor, un titán hermano de Atlas a quien el dios Zeus condenó a sostener la última montaña en los límites del mundo. Adamastor, el titán oceánico, era, en los versos de Camoens, el espíritu responsable de la ruina de los marinos en las aguas del Cabo, la furia que, entre otros sucesos célebres, impidió al capitán Hendrik van der Decken entrar en la bahía y convirtió su barco en el Holandés errante, una nave fantasma que el rey Jorge V de Inglaterra aseguró haber visto -mástil por mástil, vela por vela- cuando era un cadete de la Royal Navy. Pero ésta y otras leyendas son cuentos del mar, no de la montaña. Para los khoikhoi, los hombres de los hombres, habitantes del Cabo desde el siglo VI, el mundo fue creado después de numerosas batallas que enfrentaron al dios supremo, Qamata, con la malvada serpiente del mar, Nganyamba. Qamata venció gracias a la ayuda de la diosa de un solo ojo, Djobela, señora de la tierra, quien creó cuatro gigantes protectores en los cuatro puntos cardinales del mundo. El gigante del sur, Umlindi Weminigizimu, se convirtió en la Montaña de la Mesa.

En el mes de diciembre, cuando llega al Cabo el verano austral, la Mesa atrapa las lenguas de aire frío que vienen del mar, las pega a su cálida espalda, las condensa y las empuja por su ladera como nubes escapadas de la propia cumbre. Es el espectáculo anual conocido como El mantel de la Mesa, que también ancla sus orígenes en una leyenda favorable para los humanos: el capitán Van Hunks, marinero retirado, solía subir a la cumbre de la Mesa para fumar varias pipas; un día se encontró con otro fumador que le retó a ver quién era capaz de fumar más pipas seguidas; ganó Van Hunks y luego descubrió que su oponente, derrotado, era el mismísimo diablo.

Desmond Tutu, el arzobispo de Ciudad del Cabo, creador de la expresión "Rainbow nation", el país del arco iris, tiene su propia versión del mito original de la Mesa. Lo recoge Carrie Hampton, en el libro Table Mountain to Cape Point. El arzobispo sostiene que cuando Dios terminó de crear la Tierra y todos los seres vivos, se sentó para admirar su obra y entonces se fijó en el extremo sur de África, donde se unen los dos grandes océanos. "Debo hacer algo especial aquí", pensó Dios. Y tomó tierra y mar y plantas y animales y creó una puerta perfecta para el continente más maravilloso de la Tierra. Así nació, según el arzobispo Desmond Tutu, la Montaña de la Mesa, que no tiene forma de escalera sino de puerta, y así se explica por qué todo el mundo que conoce Ciudad del Cabo no la olvida nunca.

Ahora, algún espíritu viajero ha inspirado la votación popular de new7wonders por Internet y la Montaña de la Mesa ha sido elegida entre las siete primeras maravillas naturales del planeta. Para muchos, una elección sorprendente; para otros, era de esperar. Esta montaña lleva muchos siglos dibujando con su tablero de roca y su mantel de nubes el lugar que el famoso pirata y avezado marino sir Francis Drake consideró el cabo más extraordinario de la Tierra.