La mano de Borges en Sicilia por Luis Pancorbo

En la Fundación Sciascia, en Racalmuto, se ve la mano de Borges en una vitrina, un calco del escultor Brook.

Luis Pancorbo

?Racalmuto se arracima con sus casas grises en torno a su plaza de piedra como si quisiera defenderse del exterior, ese campo siciliano donde "nieva fuego". Aún se ve a algún viejo campesino que vuelve al pueblo con la guadaña al hombro. En una loma de las afueras un potrillo tiene ganas de brincar ante la mirada canela de su madre. A veces hay grandes manchas blancuzcas en la tierra, el yeso que preludia al azufre en esa parte de Sicilia. En el centro de Racalmuto, donde nació el escritor Leonardo Sciascia en el año 1921, se ubica la unión de pensionistas salineros y azufreros. Un respeto para quienes sobrevivieron a un trabajo rayano en la desesperación.

La Fondazione Leonardo Sciascia, en una antigua central eléctrica, es el centro cultural del pueblo y uno de los más importantes de la isla. Hay vigilancia por vídeo y otras medidas de seguridad. La mafia no ha atentado, pero "nunca se sabe". Luego está la sabrosa vida cotidiana de un pueblo como éste del interior de la provincia de Agrigento: vino espeso, pasta con salsa de anchoas, higos chumbos de postre. En el centro, un Sciascia de bronce sonríe con su socarrona timidez, con su eterno pitillo en la mano, un cigarrillo que ha sido robado ni se sabe las veces (como antes las gafas de Woody Allen en Oviedo).

La visita a la Fundación empieza por una muestra fotográfica, La Sicilia, il suo cuore, y se ve a Sciascia con escritores sicilianos (por ejemplo, con Gesualdo Buffalino en su casa de campo de Le Noce), y en sus viajes, incluidos los que hizo a Barcelona y Sevilla. Hay una biblioteca con más de 5.000 títulos (2.000 pertenecieron al escritor), pero lo más destacado es la colección de retratos de escritores. Sciascia fue reuniendo hasta 200 obras, especialmente grabados, arte que él amaba sobre otros por la capacidad de captar la luz incidiendo el metal, por sus juegos de blancos y negros. Como su prosa, se podría decir. Un dibujo a tinta china de Voltaire, hecho por Renato Guttuso, lleva esta dedicatoria: "A Leonardo, a Voltaire (e alla Dea Ragione)". Que la diosa Razón ilumine Sicilia y el mundo, cómo no.

Uno ha ido a Racalmuto por las rimas de la vida, cerrando concordancias, y una de ellas era rendir homenaje a Leonardo Sciascia, a quien entrevisté en 1982 en su oficina de Montecitorio (el Parlamento italiano). Recuerdo que Sciascia estaba trabajando en la redacción de L''affaire Moro, otra de sus obras de gran valor ético. También recuerdo los ataques de tos que tenía por fumar sin tregua. Pero su fragilidad física era lo contrario que su nervio cívico, siendo Sciascia de la estirpe de los iluministas franceses, maestro en el pamphlet y en su versión giallo, ese tipo de relato policíaco-político que tanto admiraba Vázquez Montalbán, de quien hay una fotografía expuesta en la Fundación. Tampoco falta un aguafuerte de Cervantes, obra de Bartolomé Maura y Montaner. Y un retrato fascinante de Stendhal, por Josep Maria Subirachs. Junto al rostro del escritor dentro de un medallón, Subirachs pone un desnudo de mujer cuyo sexo es un pasadizo con arcos que se van perdiendo en la distancia: no perdáis la esperanza... los que entráis.

De repente, entre tantos tesoros se ve la mano de Borges en una vitrina, un calco del escultor argentino Federico Brook (nacido en Palermo, Buenos Aires, como el autor de El Aleph). Esa mano de un leve bronce dorado sujeta entre los dedos algo, y ese algo ha sido un misterio -¿era un trébol de cuatro hojas?- hasta que Linda Graci, la bibliotecaria de la Fundación, lo ha podido resolver. Uno de esos raros días que besa la fortuna, a Linda Graci se le cayó un libro al suelo, Le giornate romane di Leonardo Sciascia, de Bruno Caruso, y al cogerlo estaba abierto por el capítulo La mano di Borges. "Sentí un escalofrío que todavía recuerdo", dice Linda. Ahí Caruso explica todo: la mano de Borges lleva una pequeña nube, como la de un fumetto o tebeo, junto a la cual está grabado el título que el propio Borges había dado al calco de Brook: "Borges etc.". Es decir, esa mano era un trozo de Borges, pero su cuerpo -y todo lo demás- seguía imaginariamente después del corte.