La liturgia de los peces en las islas a la deriva, por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

Ernest Hemingway estableció que eran "islas a la deriva" las que se asientan en el Caribe, al norte de Cuba, cerca del Canal Viejo de Bahamas. Son un conjunto de islotes que se registran en lo que se conoce como Jardines del Rey, uno de los lugares más bellos del mundo. Me consta que las islas no flotan, pero a primera hora, cuando el sol intenta elevarse en el cielo, desde la carretera que conduce de Caibarién a Cayo Santa María, los islotes parecen suspendidos en un punto indeterminado entre el mar y el cielo. Así los pinta el paisajista cubano Tomás Sánchez porque los vio desde siempre en las costas donde nació. Su acierto en estampar las islas como si pendieran de un hilo amarrado a las alturas le ha hecho famoso y millonario. Ahora vive en Miami y sus lienzos suben como la espuma.
El pedraplén es un invento cubano construido sobre la terquedad y la escasez de medios. Por el primitivo procedimiento de arrojar rocas sobre el mar se construyen carreteras que terminan por unir las islas menores con la isla grande, creando una autopista sobre el agua. Reconforta que el ecosistema pretenda preservarse. Medio centenar de puentes se suceden al norte de la costa, en Villa Clara. Permiten circular por las aguas a través de la vía que termina por detenerse frente a un mar que ya es imposible de sobrepasar. La circulación se ha establecido casi circular: desde Morón, en la provincia de Ciego de Ávila, hasta los Cayos Coco, Guillermo y Romano; y en la provincia de Villa Clara, hasta los Cayos de las Brujas, Ensenachos y Santa María. El agua ya no es obstáculo para los turistas: kilómetros de playas casi vírgenes accesibles con un automóvil.
El primer día sólo vino Henry. Así bautizó Maye a un pez payaso solitario que se acercó hasta nosotros; estuvimos a punto de desistir. Dos horas al sol, con el agua a la altura de los hombros, desmenuzando migas de pan con una paciencia infinita. Sólo esperando que los peces aparezcan para establecer un pacto mientras dure la estancia en el cayo: nosotros les alimentamos y ellos nos permiten contemplar cómo al cabo del tiempo, cuando se establece un clima de confianza, terminan por comer de nuestra propia mano, arrancando el pan entre los dedos. Una inmensa pecera construida sobre la libertad.
La mañana era muy calurosa; el sol no perdonaba desde un cielo sin nubes. El Caribe también en calma. La superficie era una lámina de reflejos azules y verdes turquesa sobre un fondo límpido, casi imposible. Cuando terminamos de desmigar el último pedazo de pan seco nos fuimos a la sombra. Sólo Henry había aparecido durante el primer día. Nadie en la playa: septiembre resulta un mes espléndido para visitar los cayos cubanos.
Agustín prepara cualquier trago con una pericia envidiable: margarita, daiquiri, gin tonic. Largas horas en la playa alrededor de una biografía de George Washington recuperando el aliento para regresar al mar: un ejercicio de responsabilidades que se agota cuando aparece el primer remordimiento. Nos ha tocado en suerte pertenecer a la parte de la humanidad que puede visitar un cayo y dar de comer a los peces. Reflexiones compartidas a la sombra de los cocoteros entre Maye, mi hijo Carlos y Naiara. Luego, otra vez el silencio.
Henry apareció a primera hora del día siguiente con toda su familia. Se acercó tímidamente, navegando en círculos que se iban haciendo más estrechos. Las migas de pan, a ras de superficie, les obligaban a sacar la boca del agua: agarraban su pieza y descendían hacia aguas que consideraban más seguras. No les costó tanto tomar confianza.
El resto de los días fueron interludios para cumplir nuestra obligación social con los amigos. Agarrábamos el pan sobrante del desayuno, como quien distrae recursos del estado para practicar mercado negro; sigilosamente, nerviosos, nos deslizábamos a primera hora de la mañana a la playa: invariablemente allí estaban Henry y los suyos.
El último día madrugamos. Allí estaban, impacientes. Los animales saben cuándo vamos a desaparecer los humanos. Nos ocurre cada vez que abandonamos La Habana: nuestros dos perros pastores, Kira y Kazán, saben qué va a ocurrir en cuanto ven merodeando las maletas. Los peces de los cayos no son menos perceptivos. Acudieron de todos los tamaños, con Henry a la cabeza. Había melancolía; ellos y nosotros sabíamos que era la despedida. Cuando salimos del agua, Maye me dijo: "¿Tú crees que alguien se ocupará de ellos?"