La literatura como soporte de los viajes, por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

Acabo de descubrir que Alvaro Abós es un excelente guía y anfitrión de la ciudad de Buenos Aires y estimo su magisterio sin haber cruzado con él una sola palabra. Tengo referencias cercanas de este escritor y periodista argentino que ha dejado huella en Cataluña -cuando fue un desplazado más de la ignominia de la dictadura argentina- y que regresó a Buenos Aires a recuperar el espacio que corresponde a su talento para escudriñar la mirada de la ciudad del Río de la Plata. Son sus libros los que me han desenmascarado los enigmas escondidos de esta ciudad y lo hacen a través del recorrido por la literatura que ha eclosionado entre sus calles; las letras son quienes tejen los dictados de la memoria de las ciudades. Lo demás es apariencia. Los ciudadanos establecen el atrezzo y los escritores, cuando tienen talento, determinan lo que debe prevalecer cuando cambian los trazados de las calles y las piquetas de la modernidad desguazan los inmuebles. Devoré su Guía Literaria de Buenos Aires cabalgando sobre el Atlántico, de regreso a Europa, con el desconcierto que siempre promueven los cambios de equinoccio: embarcas en Ezeiza, temblando de frío, y desciendes del avión en Madrid sumido en el verano tórrido de la meseta. Lo rumié después en los segundos pisos de los autobuses de Londres -desde donde la ciudad respira toda su amplitud- y caminando por los canales de Ámsterdam, donde las bicicletas llegan a ser el punzón de la esperanza de que todavía no está todo perdido.
Luego, en Cadaqués terminé la lectura sosegada de esa introducción al alma profunda de las ciudades que es la Guía Literaria de Buenos Aires. El plácido verano de 2007 me ha servido para indagar una nueva forma de enfocar los viajes: conocer lo que se ha escrito desde los lugares que se quiere visitar es, sobre todo, un sendero lleno de pistas para descubrir lo que sucedió después de que ya fuera anunciado por quienes evocaron la ciudad desde la observación de las calles existentes para adivinar las avenidas futuras. No me refiero a las guías para viajeros, que tan útiles son para recorrer las apariencias y determinar los servicios. He decidido realizar una indagación previa a cualquier viaje para conocer en la profundidad que sea posible los escenarios desde donde los escritores de respeto de cada sitio se sirvieron de sus ciudades para crear. Me impresionó otra vez Federico García Lorca, a cuya larga estancia en Buenos Aires en 1934 se refiere Abós con detalle: otro viaje del poeta que pensaba ser breve; al final casi tienen que sacar a Federico de Buenos Aires desprendiéndolo del cariño y la admiración de los argentinos con agua caliente, porque se fijó a la ciudad y los porteños lo amarraron como antes había sucedido en La Habana y Nueva York.
En el fondo, esta crónica es una protesta contra mí mismo porque responde a un acto a contra corriente de lo que debiera haber sido. Después de tantos meses en la ciudad del Río de la Plata he desentrañado muchas de sus esencias escondidas en pleno vuelo de regreso a unas vacaciones de lujo: Londres, Ámsterdam y Cadaqués. Escribo estas líneas cuando la tramontaneta se ha dormido en una siesta de inestimable duración: el viento se ha diluído y el mar en calma transmite una sensación domesticada tan seductora que a uno le entran ganas de dejarlo todo para enrolarse en una fragata si todavía zarparan después de reclutar tripulación. Son tiempos distintos. Nos permiten desplazarnos por el mundo como si cambiáramos de barrio en una ciudad y la estela es tan fugaz que necesita amarrar los recuerdos en la memoria con anclajes muy sutiles porque todo discurre demasiado deprisa. Viajar no puede ser sólo recorrer lugares a toda prisa porque para eso ya está Internet y los documentales de National Geographic. Es tan fácil conocer enclaves que se desnaturaliza la visión profunda de los lugares, porque no nos detenemos para escrutar las huellas que el talento ha establecido: lo bueno de cada sitio tiene que ver con quién utilizó sus vivencias como soporte de sus sueños. Y la literatura es, sobre todo, ensoñación.
Estoy loco por volver a Buenos Aires, respirar otra vez el aire frío que corresponde a la estación, examinar la mirada oculta de la ciudad espolvoreada en los libros que fueron capaces de escribir sus moradores de todas las épocas y tomar impulso para una nueva concepción de mis viajes en la que la guía profunda no será ya nunca más los programas de los teatros, el ranking de los restaurantes y ni siquiera la guía de las exposiciones de sus museos. No conozco a Álvaro Abós pero ya me ha hecho modificar un criterio que creía asentado. Ahora estoy en disposición de pretender constituirme en viajero y dejar para siempre de ser un turista respetable.