La librera de Saint-Louis, por Luis Pancorbo

Catherine Domain, propietaria de la librería de viajes Ulysse, es una viajera de antes, de ahora y de mañana.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

La isla de Saint-Louis es el París inalcanzable si uno no se llama Rothschild o Georges Moustaki. Sus casas de los muelles, mirando al Sena o a la contigua isla de la Cité, donde se alza Notre Dame, vienen reflejando potencia y arte de vivir desde el siglo XVII. El matiz es que Saint-Louis tiene cierta vida de barrio, y los ludovisiens, los genuinos isleños, se saludan cuando se ven en París, es decir, cuando cruzan alguno de los seis puentes que tiene su oasis.

El viajero viene a pie desde el Marais -no hay Metro en la isla- y pondera si tomarse en Berthillon un sorbete de pera o de foie-grass, con grosella negra o con regaliz. Si por él fuera lo pediría de loto, aunque esa sustancia se encontraría más bien en los 20.000 volúmenes en venta de Ulysse. Es la librería de viajes más antigua del mundo, como dice su propietaria, Catherine Domain, una mujer que tiene en sus ojos el color de las Marquesas. Catherine me cuenta que desde 1971 Ulysse ha servido de inspiración para abrir librerías de viajes en medio mundo, como la Altaïr de Albert Padrol en Barcelona. Lo inigualable de Catherine es ser una viajera de antes, de ahora y de mañana. Suele haber estado en los países de los que tratan sus libros, y puede que vuelva a ellos. Y en verano abre su librería en Hendaya.

La ventaja de la isla de Saint-Louis es vivir en uno de los mejores lugares del mundo y al mismo tiempo poder evadirse enseguida de un sitio así. Catherine lidera el Club Ulysse de islas pequeñas del mundo, aquellas que no se tarda ni veinticuatro horas en recorrerlas. Saint-Louis tiene medio kilómetro de larga, y no está mal. Yo propondría una isla del Arlanzón, aunque se la haya llevado la corriente. En mi memoria queda como una isla más misteriosa que aquella en la que Julio Verne puso al ingeniero Ciro Smith, a Nemo y demás náufragos.

La librería Ulysse tiene como padrino a Hugo Pratt y como madrina a Ella Maillart. Hugo fue amigo y vecino de Catherine, hablaban de las Somalias y comían espagueti. Respecto a Ella Maillart, fue la heroína de la librera. Catherine recuerda que a la anciana exploradora era difícil seguirla, y no por las Montañas Celestiales, sino por Chandolin, el pueblo más alto de Suiza (además de Juf), donde vivió y murió.

En 1991, al mudarse de local, Catherine hizo una reinauguración de Ulysse por todo lo alto. Además de Pratt y Maillart, acudieron tres grandes Catalinas de Francia: Catherine Lalumière, ministra de Consumo, del partido radical-socialista; Catherine Lamour, escritora y vecina de la isla, y la actriz Catherine Lachance. Luz, amor y suerte, ¿qué más se podía pedir para una antigua librería de viajes? La foto de ese trío de ases cuelga entre torres de libros, no lejos de la imagen del querido abuelo de Catherine, librero como ella, pero en Bergerac, de donde era la gran nariz de Cyrano.

Tampoco es nimio que en la actual isla de Saint-Louis el metro cuadrado valga 40.000 euros. ¿Y el espíritu? Baudelaire y Gautier, miembros del Club de los Haschischins, frecuentaron el palacete Lauzun, joya isleña, donde más que matar fumaban cáñamo. Hoy en la misma acera de Ulysse la carnicería de Jean-Paul Gardil vende escalope de ternera (42 euros el kilo), casi sicalípticas pulardas de Bresse, o pollos bourbonnais. Nada de ancas de batracio. Pero Catherine no perdona que una vez el carnicero le reclamara dos céntimos que le faltaban. Volvió a la tienda a dárselos, para que todo el mundo se enterara de una avaricia que dejaba pálida a la del Harpagón de Molière.