La isla Jekyll por Luis Pancorbo

En 1910 se reunió en la Isla de Jekyll un grupo de magnates y potentados que concibió la Ley de la Reserva Federal.

Luis Pancorbo

Cerca de la costa de Georgia se extienden las Golden Isles ("Islas Doradas"), unos paraísos para golfistas, tenistas, pescadores de caballa rey y amantes de la historia, incluso del morbo que da revisar los cajones secretos del poder. En su defecto, hay allí hoteles donde se puede asistir también a una cena-party que se desarrolla en torno a la resolución de un crimen. Pero lo más excitante, con mucho, del archipiélago georgiano es la Isla Jekyll.

Originalmente, Jekyll, una isla de 23 kilómetros cuadrados, estuvo poblada por los indios gale. A principios del siglo XVI empezaron las exploraciones españolas desde Florida y lo que es hoy Jekyll fue bautizada como Isla de Ballenas. Las ballenas francas pasan por la cercana reserva marina del Arrecife Gray, aunque no dejan acercarse a menos de 500 yardas (unos 460 metros). Pioneros españoles en la zona fueron Juan Ponce de León, Hernando de Soto y Lucas Vázquez de Ayllón, a quien se atribuye en 1526 el primer asentamiento en Estados Unidos, San Miguel de Guadalupe, para algunos la Isla Sapelo de Georgia y para otros un lugar en Jamestown (Virginia). En todo caso, la Florida española iba desde México (Nueva España) hasta la bahía de Chesapeake (Santa María) englobando, aparte del actual Estado de Florida, Georgia, Arkansas, Alabama, Carolina del Norte y del Sur, Luisiana, Misisipí, Tennessee y Texas, un gran mordisco de América. Al igual que en California, los agustinos fueron también sembrando de misiones la costa atlántica. Todo lo cual hasta que en el año 1742 se perdió la batalla de la Marisma Sangrienta (Bloody Marsh) en la Isla San Simeón, y los ingleses se apoderaron del archipiélago y demás tierras en Georgia que se encontraban en manos de España.

Pues bien, las Islas Doradas, con su joya de la corona que es Jekyll, no tienen desperdicio por su gran belleza paisajística y por los ciervos que se asustan un poco en sus bosques. Otra cuestión es la prevención que algunos tienen a Jekyll Island en cuanto sede de una reunión secreta que cambiaría la suerte de los Estados Unidos. Si buena o mala suerte, eso depende.

A finales del siglo XIX y principios del XX, Jekyll Island fue el lugar de vacaciones de los mayores potentados norteamericanos. Fundaron el Jekyll Island Club, cuyo edificio sigue en pie, y allí alternaban gentes del calibre dinerario de los Rockefeller, los Morgan, los Vanderbilt, los Gould, sin minusvalorar a Marshall Field, Henry Hyde (sin el señor Jeckyll), el magnate de la prensa Joseph Pulitzer y otros. Ya en 1910 se reunió, siempre en Jekyll, un grupo llamado First Name Club -un cartel financiero y político- y concibió la Ley de la Reserva Federal, como si dijéramos la creación del Banco de Bancos, un instrumento poderoso al servicio de diez personajes (si en vez de diez negritos fueron siete, o seis, como era un encuentro secreto, no se sabe). Lo cierto es que aquellos magnates que veraneaban en Jekyll Island tuvieron desde entonces la sartén por el mango de la bonanza y de la crisis, y del secreto mejor guardado: cómo hacer fluir a su favor esos papeles verdes llamados dólares.

G. Edward Griffin ha escrito sobre todo eso en The creature of Jekyll Island, un libro con verdades, aunque rema, si no hacia la conspiranoia y los templarios redivivos, hacia las sombras de ese gobierno mundial, o al menos norteamericano, no elegido por el pueblo. Una auténtica contradicción con la Carta de Derechos de los Estados Unidos. Ya en 1942 se disolvió el Club de Jekyll y cinco años más tarde la propiedad de la isla pasó al Estado de Georgia. Luego Jekyll se fue abriendo al turismo y mucha gente va a evocar bajo el ron y las palmeras lo que se coció en una isla del tesoro sin Stevenson.