La isla del fin del mundo, por Mariano López

Akrotiri es "la Pompeya del Egeo", un pueblo sepultado por la explosión que acabó con la Atlántida.

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

Dónde vas a pasar el día del fin del mundo". La propuesta se está extendiendo y no parece una mala idea: celebrar el próximo 21 de diciembre como si realmente ese día fuera a cumplirse el apocalipsis atribuido a las profecías mayas. No todos los años tiene uno la oportunidad de celebrar el fin del mundo, así que ahora es el momento de elegir un lugar adecuado para decir adiós a la cuenta larga de los baktunes mayas y conmemorar la llegada de una nueva era, un nuevo ciclo solar, otra edad en el Kali Yuga indio y sentir las emociones de la cruz galáctica, el presunto alineamiento planetario con el centro de la galaxia. El mundo cambiará ese fin de semana de diciembre -a cada instante cambia-. Solo hace falta creer que ese cambio traerá días mejores para celebrarlo, por qué no. ¿Dónde?

Santorini podría ser el lugar. Es, sin duda, una de las islas más bellas del mundo. Al menos, del lado que se asoma a la boca del cráter, con sus casas blancas y azules colgadas de la ceja de la caldera, a 600 escalones, un paseo en burro, del mar. Hace siglos, antes de que los marineros venecianos la bautizaran en honor a Santa Irene, la isla se llamó Kalisti, que significa "la más bella", y mucho antes Stronguili, que quiere decir "redonda", un nombre preciso que describía la forma de la isla antes de que estallara el volcán. Sucedió hace 3.500 años. La montaña humeante que se elevaba en el centro de la isla estalló. Más de la mitad de la isla desapareció: colapsó y acabó sumergida en el mar, a unos 400 metros de profundidad, en el cráter mayor del mundo, que se creó en ese instante. Lo peor fue la ola, el tsunami que provocó la erupción. Se calcula que llegó a tener 200 metros de altura. Cuando alcanzó a la vecina Creta, situada a unos cien kilómetros de distancia, la ola medía 70 metros, menos de la mitad, pero seguía siendo colosal. Arrasó Creta en menos de treinta minutos y siguió hacia Egipto. Muchos investigadores sostienen que Creta era, entonces, el centro de la Atlántida, la civilización ensalzada por Platón (y Santorini una isla satélite); algunos también creen que aquella ola fue la responsable de las catástrofes que abonaron el relato bíblico de las siete plagas de Egipto.

Hay un lugar en la isla que permite suponer cómo era la vida en Santorini antes de la erupción. Se llama Akrotiri, un nombre prestado por el pueblo más cercano. Es un recinto arqueológico que acaba de abrirse nuevamente al público, siete años después de que fuera cerrado por razones de seguridad: parte del techo que cubría el yacimiento se derrumbó y acabó con la vida de un turista. Akrotiri es una joya, a la que algunos llaman "la Pompeya del Egeo". Contiene y exhibe los restos de un poblado que floreció en el sur de la isla y que fue cuidadosamente abandonado por sus habitantes. Algún signo previo a la gran erupción -humo, pequeñas explosiones, calor...- alertó a los vecinos de Akrotiri, que tuvieron tiempo de dejar la isla antes de que estallara.

Los hallazgos de Akrotiri se deben al arqueólogo griego Spyridon Marinatos, quien demostró con esta excavación las conexiones entre Santorini y Creta, las huellas de una misma civilización, la minoica. En ambos lugares, quizá provincia y centro de la Atlántida, se adoraba a una diosa, se celebraba la vida y se festejaba al mar. Las pinturas que han aparecido son fantásticas. Muestran, con luminosos colores y un total realismo, delfines, gaviotas, lirios que brotan de la tierra, embarcaciones que regresan a puerto y un par de niños boxeando. Se sabe también que en Akrotiri se rendía culto al toro y no faltaban tampoco imágenes del león. Las excavaciones continúan.

Recorrí las ruinas de Akrotiri una mañana de este pasado verano, prácticamente a solas. Luego, regresé al norte de la isla, a Oia, famosa por las cúpulas azules de sus iglesias de paredes blancas. Esa tarde, no menos de 40 autocares buscaban un hueco para aparcar en el centro de Oia y una riada humana, cientos de turistas, caminaba desde los autocares hacia el extremo occidental del pueblo en busca de un asiento adecuado para contemplar el atardecer. Busqué un sitio entre la multitud y aplaudí, como todos, cuando el sol se sumergió en el mar henchido de gozo porque su vestido púrpura conseguía en Santorini, aquella tarde, un nuevo éxito de audiencia.

Santorini sería un buen lugar para celebrar el fin del mundo. No muy lejos, en otra isla, se encuentra la cueva donde San Juan escribió el Apocalipsis. Pero Santorini tiene más méritos: acabó con la Atlántida, causó las siete plagas de Egipto y es posible que aún pueda añadir alguna otra catástrofe a su historia. En el centro de la caldera, la tierra ha empezado a agitarse durante los últimos meses. Las islas Kameni, los picos de la parte más nueva del volcán, se han expandido unos catorce centímetros y el magma acumulado bajo Santorini ha crecido, en el último año, más de diez millones de metros cúbicos, una cantidad que los científicos juzgan anormal y que les sugiere que se está hinchando un gran globo bajo la caldera. ¿Se producirá una nueva erupción? ¿Veremos otro gran cataclismo en el Mediterráneo? De momento, este año nos basta con las profecías mayas del fin del mundo. Habrá que celebrarlas. Luego, podíamos inventarnos un fin del mundo mucho más cercano, en el Mediterráneo. Y pocos lugares tan bellos y tan propicios para celebrar la vida como Santorini, la isla a la que el sol felicita -y seguramente aplaude- cada atardecer.

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