La isla de Ovidio, por Luis Pancorbo

Insula Ovidiu rebosa de árboles y flores. Toda la isla es un jardín. Dice una leyenda que ahí pudo haber muerto Ovidio.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Hay amores que matan; por ejemplo, los patrióticos, y Publio Ovidio Nasone es un ejemplo de cómo un hombre no puede soportar el vivir fuera de sus fronteras, y de su lengua, que es su verdadera nación. Nunca se ha sabido la causa del castigo impuesto por Augusto a Ovidio, mandarle al fin del mundo, el antiguo Mar Negro, el Ponto Euxino. Tal vez la clave residiera en lo que apuntó el propio Ovidio: fue por carmen et error, un poema y un error. Un carmen de su Ars Amatoria debió de sentar mal al emperador, y aún peor alguna insinuación referida a la reputación de su hermana.

Ovidio escribió en el exilio obras magistrales: Tristezas (Tristia) y Pónticas (Epistulae Ex Ponto), y quizás Ibis (una invectiva general contra los malos). Rumió su nostalgia verso a verso en sus nueve años de destierro en Constanta (Rumanía) hasta su muerte en el año 17. Nunca se encontró su tumba, pero por querer dar con ella no quedó. El fervoroso y tuerto Gregory Potemkin, para agradar a su amante Catalina La Grande, inventó un Lacul Ovidiului en el río Nistro, aunque eso significaba "el lago de las ovejas", nada que ver con Ovidio. La estatua del poeta latino, en la Plaza de la Independencia de Constanta, es el único faro que guía a los buscadores de su recuerdo material. La poesía vuela por su lado mientras las palomas no tienen respeto por el aire triste del vate y condecoran su nariz. Lo apodaban Nasone (Narizotas) para más inri.

Su bronce, de 1887, es obra de Ettore Ferrari. A sus pies hay un epitafio en latín que el viajero se pone a traducir: "Bajo esta piedra yace Ovidio, el cantor de los amores tiernos, perdido por su talento. Oh, quien por aquí pasas, si nunca has amado, reza por él, para que el sueño le sea ligero".

A una legua de Constanta hay un sitio más idóneo para rememorar como Insula Ovidiu, una isla de unos doscientos metros de longitud y cincuenta de anchura. No llega a ser una tabla de surf, pero lo parece tal como apenas surge en medio del lago Siutghiol. Se llega en el Vaporul Ovidius, que zarpa del muelle Tic Tac, junto al Casino de Mamaia, la gran localidad turística de la zona. Pronto quedan atrás las olas suaves del Mar Negro y el barullo playero. La navegación lleva tres cuartos de hora por el lado menos conocido de Mamaia, y de Constanta, que es un lago de una tranquilidad un tanto sospechosa. Siutghiol, una lámina más pardusca que azul, no parece tener vida, ni peces ni pájaros. No extraña que Ovidio se sintiera rematadamente triste en estos parajes.

Al fin viene la sorpresa. Insula Ovidiu rebosa de árboles y flores. Toda la isla es un jardín, con un restaurante y unos bungalós para quien quiera escapar del mundanal ruido, y eso que en medio del lago el mundo ya se ha esfumado. Otra cosa es la superchería añadida al sitio. Dice una leyenda que ahí mismo pudo haber muerto Ovidio. No hay placa, tumba o monumento que se atreva a certificarlo. La sepultura de Ovidio se queda otra vez en carmen et error, el misterio de su exilio.

Constanta al menos posee algunas certezas. Se le puso ese nombre por Constantia, hermana del emperador Constantino. En tiempos griegos se llamaba Tomis, lugar de descuartizamiento, por el mito evocado por Ovidio en Tristia III: Medea despedazó allí a su hermano Apsirto para que su padre dejara de perseguirla en su gran escapada con Jasón y los argonautas. Tal vez sucediera así en ese tiempo congelado del mito, donde no solo cabe la materia sino la anti-materia.

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