La inversión del lujo en la crisis, por Carlos Carnicero

El lujo es un concepto que se maneja erróneamente porque sólo se relaciona con el dinero que cuesta conseguirlo.

Carlos Carnicero

San Martín de los Andes está a 1.700 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires y unidas a través de carreteras amenazadas por mucho tránsito de camiones. Los argentinos, ante la ausencia de infraestructuras ferroviarias, tienen que viajar en avión -a precios prohibitivos para casi todos- o en microbuses acondicionados para largos recorridos; incluso con asientos que se convierten en camas que resultan agotadoramente cómodas en trayectos que en muchos casos superan las 30 horas.

Decidí regresar de San Martín de los Andes en uno de estos micros, después de haber pasado unos días en un camping agreste emplazado en la reserva natural del lago Nontué -uno de los parajes más bellos y solitarios de la Patagonia Argentina- en compañía de inmejorables amigos. La colchoneta sobre el duro suelo se me hizo un colchón de plumas y las duchas colectivas pero calientes me recordaron que el envoltorio no hace mucho más confortable la vida si la elección de la compañía y el momento del espíritu es el adecuado.

Los maestros de todas las ceremonias han sido Ricardo Aparicio y su mujer Silvina. Ricardo es dueño y alma del restaurante Granda de Buenos Aires: un entrañable bistró donde la sencillez y calidad de la comida francesa hace que no sea fácil hacerse un hueco en sus escasas y cómodamente distanciadas mesas. Para los que quieran disfrutar de los consejos y la comida de Ricardo les facilitaré el teléfono de Granda: 48 26 23 17, en el corazón del Barrio Norte, en Buenos Aires. El caso es que Ricardo se encargó del menú del 31 de diciembre, a orillas del lago, con una temperatura que en pleno verano argentino obligaba a dormir con un saco consistente. La cena no pudo ser más austera, entre otras cosas porque el sistema de conservación de alimentos hace imposible un abastecimiento estable desde la población más cercana a más de una hora por carretera de tierra batida y piedras desparramadas.

El pollo a la brasa y la remolacha asada formaban la esencia de una celebración cuya exaltación era el cielo completamente emparrillado de estrellas imposibles. El vino de Malbec completaba el círculo de una conversación entrañable que terminó por teorizar la esencia del lujo y de la amistad en tiempos de crisis.

Mientras el microbús, ya de regreso, se deslizaba por La Pampa, a través de una Argentina a la que su capital, Buenos Aires, lleva 200 años dando completamente la espalda, pensé que el lujo resulta un concepto que se maneja equivocadamente porque sólo se relaciona con el dinero que cuesta conseguirlo.

Para alguien que ha sobrepasado la cincuentena y que tiene un estatuto que sociológicamente se define como clase media, viajar en microbús a lo largo de un país que no se termina nunca, dormir en una tienda en donde se tienen que lavar los dientes en la orilla de un lago increíble y cenar pollo a la brasa una nochevieja tranquila en compañía inmejorable es el mejor de los lujos, porque significa que la edad y las posibilidades económicas no representan un impedimento intransitable para recuperar las cosas sencillas de la vida, que van siendo devoradas por la necesidad casi religiosa de consumo que impone esta economía de mercado que ahora se tambalea.

Cuando llegué a Buenos Aires llamé rápidamente a mi psicoanalista y le dije: "Avísame si un día acudo a la consulta con un piercing en la oreja y una camiseta de Harley Davidson, porque significaría una sobredosis de un redescubrimiento entrañable: la recuperación de las formas sencillas de vivir". Mientras eso no ocurra, pienso seguir modificando muchos vicios adquiridos y calificar el lujo sólo por la paz que proporcione a mi espíritu.