La interpretación engañosa, por Jesús Torbado

Los "centros de interpretación" sustituyen una realidad física o virtual por otra accesible que satisfaga la curiosidad del espectador.

Jesús Torbado

En las semanas prenavideñas, durante los días oficiosos de la Navidad y en fechas posteriores debió de inaugurarse en España otro montón de establecimientos turísticos de un género muy de moda. Son los que pomposamente se llaman "centros de interpretación", simulacros de la realidad para tentación y alimento general del visitante. De las ceremonias de apertura quizá sólo informaron los periódicos, radios y televisoras locales, pues el negocio es poco novedoso.

Mas las fechas estaban bien elegidas. Verdaderos centros de interpretación son los belenes, pesebres o nacimientos que en aquellos días poblaron España, a despecho de las furias iconoclastas y laicistas de muchos políticos comunistas y sociatas, que siguen empeñados en rebautizar la Navidad como "fiesta del solsticio de invierno" y de ella sólo aceptan vacaciones, pagas extra y jamones de Guijuelo que les envían sus feligreses. Dos de los centros de interpretación más fastuosos que existen en el mundo se relacionan también con la Navidad: son el prodigioso montaje del Santa Claus de Rovaniemi (Finlandia) y el supermercado desplegado en Demre, sur de Turquía, cerca del teatro romano y de las tumbas colgantes de Mira, alrededor de la iglesuca de la que fue obispo el generoso Nicolás, reconvertido primeramente en tesoro de dividendos para los italianos de Bari, que robaron sus restos mortales, y luego en Papá Noel de nevada barba.

Quiere decirse que lo de las "interpretaciones" no es cosa de ayer. Se trata de sustituir una realidad física, utópica o virtual por otra accesible, incluso tangible, que satisfaga la curiosidad del espectador. Sobre todo del espectador más cómodo e ignorante. Por eso tienen tanto éxito entre niños y viejos, conducidos hasta ellos en obedientes rebaños.

Es cierto que algunos "centros de interpretación" están montados con maestría, con donaire pedagógico y que resultan útiles y necesarios. Pongamos la llamada Neocueva de Altamira: puesto que no se permite -y con razón- pasearse por la original, la construcción de la copia, con sus aledaños, es una hazaña. Mas incluso en esta necesaria realización es imposible sentir de veras la belleza y la magia de la caverna auténtica. El viajero de paso y acomodaticio se da por satisfecho con este tipo de simulaciones que enorgullecen tanto a los políticos locales y ni se para a pensar en qué consiste aquello que se representa o resume.

El daño es más grave si se tiene en cuenta que estos someros artificios están casi siempre al borde del tesoro real y uno ha visto por ejemplo la "interpretación" de un templo románico al ladito mismo del verdadero templo al cual, naturalmente, nadie prestaba la mínima atención. Pues ese lugar verdadero no tenía pantallitas de vídeo, ni botoncitos para señalar rincones, ni fotos de lujo, ni mozas sonrientes que repartan folletos y expliquen lo obvio.

Más dolorosa resulta la exhibición interpretativa de los espacios naturales. Al borde del glorioso bosque asturiano de Muniellos y en el corazón del fastuoso paraje leonés de Puebla de Lillo, existen dos instalaciones muy meritorias en este sentido, hermosas, convenientemente cuidadas y sin duda muy útiles para la curiosidad general y para la enseñanza del que precise ser adoctrinado. El peligro de las dos, como de cientos de otras de su estirpe, es que el viajero crea, tras veinte minutos de recorrido organizado, que esa es la realidad, la auténtica realidad. Que los animalitos de cartón piedra posan cual divos, que los árboles fotografiados se yerguen como han querido y explicado los artistas del invento.

Todo el mundo en su maravillosa complejidad, los paisajes, las construcciones humanas, los caprichos de la naturaleza, incluso los mitos y sueños acaban reducidos a su representación, a película congelada, a preciosa y pedagógica mentira, aun los más lujosos y tentadores. Quizás no sobran tales "centros de interpretación" -aunque sí son ya excesivos-, pero contribuyen a borrar las fronteras de lo que es verdad sincera. Pues el turista es siempre tan crédulo, tan ciego y tan cómodo.