La historia del gran viajero Edward Whymper

El ambicioso montañero fue el primero en ascender muchos de los picos más altos de los Alpes, de las Montañas Rocosas y de los Andes, pero si pasó a la historia del alpinismo fue por conquistar el Cervino hace ahora 150 años.

Meritxell Álvarez Mongay

Rey de los Alpes

Edward Whymper (1840-1911) fue el alpinista más famoso y controvertido de la edad de oro del montañismo, aunque hasta los 20 años el londinense no vio -y mucho menos escaló- otros picos que no fueran los que se alzaban en libros. De joven soñaba con ser explorador polar; pero, siendo el segundo de once hermanos en una familia de clase media victoriana,le tocó heredar el oficio del padre sin rechistar, por poco emocionante que le resultara el arte de grabar. Además, se le daba bien esto de dibujar.

El destino del artista cambia cuando un editor le encarga ilustraciones pintorescas de montaña y le envía a una región entonces casi tan apasionante como su anhelado Ártico: los Alpes. Fascinado, regresa allí todos los veranos yse convierte en un escalador obstinado. Emblemáticos cuatromiles se rinden por primera vez a sus pies, pero es el inconquistable Cervino el que obsesiona al aventajado neófito del alpinismo. Dicen que es inaccesible, que en su cima hay una ciudad en ruinas donde moran genios y espíritus... Quizá por eso el macizo se le resiste; quizá por eso cuatro miembros del equipo mueren en el descenso, tras coronar aquellos 4.478 trágicos metros. Una avalancha de críticas agrian el carácter ya de por sí huraño del montañero solitario.

La aventura de Whymper continuó al otro lado del Atlántico: viajó en una expedición científica a Groenlandia y siguió coleccionando primeras ascensiones en los Andes y en las Rocosas. Pero sus últimas montañas las subió de nuevo en los Alpes, antes de encerrarse enfermo en su habitación del Grand Hotel Couttet de Chamonix, eligiendo la dramática belleza de estos paisajes para morir.

Aunque no es la montaña más alta de los Alpes, los 4.478 metros del Cervino -Matterhorn para los suizos- no se conquistaron hasta hace ahora 150 años. Después de varios intentos fallidos, el 14 de julio de 1865 Edward Whymper alcanza la cima por el valle de Zermatt, adelantándose al grupo de alpinistas italianos que venían pisándole las botas, guiados por Jean-Antoine Carrel. Esta y otras hazañas alpinas las narra en "Scrambles Amongst the Alps in the Years 1860-1869", ilustrado con grabados del propio autor. El siguiente texto corresponde a fragmentos del libro "La conquista del Cervino" (editorial Desnivel).

Salimos de Zermatt el 13 de julio de 1865 a las cinco y media, en una mañana despejada y sin una sola nube. Éramos ocho en total: Croz, Peter El Viejo y sus dos hijos, lord F. Douglas, Hadow, Hudson y yo. Para asegurar un buen ritmo de marcha, un extranjero y un montañés caminaban juntos. El joven Taugwalder fue mi compañero y andaba bien, orgulloso de participar en la expedición y de demostrar sus facultades. Las botas de vino también quedaron entre las cosas que yo transportaba y, durante el día, después de cada trago, las rellenaba en secreto con agua, de manera que en la siguiente parada parecían más llenas que antes. Esto se consideraba un buen presagio y poco menos que un milagro.

El primer día no pretendíamos ascender mucho, y fuimos subiendo tranquilamente. Recogimos las cosas que quedaban en la capilla del Schwarzsee a las ocho y veinte de la mañana y seguimos a lo largo del escarpe que une el Hörnli con el Cervino. A las once y media llegamos a la base del pico, entonces abandonamos el escarpe y trepamos algunos salientes hacia la ladera oriental. Ya estábamos a buena altura en la montaña y nos asombró descubrir que algunos lugares que desde Riffel o incluso desde el glaciar Furggen parecían enteramente impracticables, eran tan fáciles que podíamos correr por ellos.

Antes de las doce habíamos encontrado un buen sitio para la tienda, a una altura de 3.350 metros. Croz y el joven Peter se adelantaron para ver qué había más arriba, con el fin de ahorrar tiempo a la mañana siguiente. [...] Pasamos las restantes horas del día tumbados al sol, haciendo dibujos y recogiendo muestras, y, cuando el sol se puso, ofreciendo en su despedida una promesa gloriosa para el día siguiente, volvimos a la tienda para prepararnos para la noche. Hudson hizo té, yo café, y luego nos retiramos cada uno a su saco de dormir. [...]

Antes del amanecer del día 14 nos reunimos fuera de la tienda y nos pusimos en marcha inmediatamente, en cuanto hubo suficiente luz para moverse. El joven Peter vino con nosotros como guía y su hermano regresó a Zermatt. Seguimos la ruta que había sido adoptada el día anterior y en pocos minutos doblamos el largo saliente que impedía la vista de la cara oriental desde la plataforma de nuestra tienda. Ante nosotros apareció toda esa gran ladera, elevándose unos 900 metros en forma de una enorme escalinata natural. Algunas partes eran más fáciles y otras menos, pero no tuvimos que detenernos ni una sola vez ante un impedimento serio, porque, cuando encontrábamos un obstáculo delante, siempre podíamos superarlo por la derecha o por la izquierda. Durante la mayor parte del camino no hubo necesidad de usar la cuerda y a veces guiaba Hudson y otras yo.A las seis y veinte habíamos alcanzado una altura de 3.900 metros y nos detuvimos media hora. Luego continuamos el ascenso sin pausas hasta las diez menos cinco, cuando paramos cincuenta minutos a 4.267 metros de altura. [...]

Tenemos que volver ahora a los siete italianos que habían salido de Breuil el 11 de julio. Habían pasado cuatro días desde su partida y nos atormentaba la posibilidad de que pudieran alcanzar la cima antes que nosotros. Durante todo el camino habíamos estado hablando de ellos e incluso varias veces había surgido la falsa alarma a la voz de Hombres en la cima!". Cuanto más subíamos, mayor se hacía nuestro nerviosismo. ¿Y si éramos vencidos en el último momento? La pendiente se suavizó, pudimos desencordarnos por fin, y Croz y yo nos adelantamos corriendo alocadamente hasta sofocarnos. A las dos menos veinte de la tarde el mundo estaba a nuestros pies y el Cervino era conquistado. ¡Hurra! No se veía ni una sola pisada. [...] Los demás habían llegado, así que volvimos al extremo septentrional de la cresta. Croz sacó el palo de la tienda y lo plantó en el punto más alto. [...]

El día era uno de esos de calma y claridad superlativas que suelen preceder al mal tiempo. La atmósfera estaba en completa tranquilidad y sin una sola nube ni vapores. Las montañas, a cincuenta o incluso cien millas, parecían cercanas y se recortaban nítidamente. Todos sus detalles de aristas, riscos, nieves y glaciares aparecían perfectamente definidos. Gratos pensamientos de antiguos días felices acudían a la memoria mientras reconocíamos viejas formas familiares. Ni uno solo de los picos de los Alpes quedaba oculto. [...] Había bosques oscuros y siniestros, y praderas brillantes y vivaces, bulliciosas cataratas y lagos tranquilos, tierras fértiles y páramos desolados, llanuras soleadas y mesetas heladas. Había formas muy abruptas y perfiles delicados, audaces precipicios perpendiculares y suaves pendientes onduladas, montañas rocosas y montañas nevadas, sombrías y solemnes o brillantes bajo la nieve blanca, con muros, torretas, pináculos, pirámides, conos y espiras. Había todas las combinaciones que el mundo puede ofrecer y todo el contraste que un corazón puede desear. Permanecimos más de una hora en la cumbre... Una hora pletórica de gloriosa vida. Transcurrió rápidamente y comenzamos a preparar el descenso.