La Habana, deprisa pero despacio por Carlos Carnicero

El amor, el sexo, la amistad, están tamizados también por el ritmo sensual de una vivencia sin prisas en una vida acelerada.

Carlos Carnicero

"Carlos, no es que el tiempo pase ahora más deprisa; antes se acompasaba más lento y permitía saborear los momentos buenos y también los malos; ahora parece que van rápidos porque apenas los sentimos". Acabábamos de hablar de los sueños rotos; de la imposibilidad de tener ensoñaciones con la grandeza de la vida, porque todos los pensamientos se circunscriben a la mera supervivencia; el anhelo más sólido es poder llenar el carro de la comida en el mercado; averiguar cómo será el fin de cada mes, sin tener ninguna perspectiva para un recorrido más largo: el tiempo antes se desparramaba en los deseos, ahora simplemente fluye a caballo de las necesidades.

Joaquín Betancourt es una de las figuras más respetadas de la música cubana; sobre todo un excelente amigo. En su vitrina está depositado un preciado premio Grammy por la producción de un disco de rumba cubana. Su talento se reparte entre el violín, la composición, los arreglos musicales y la producción. Pero, sobre todo, Joaquín es una buena persona que adoba su existencia con una religiosidad laica que le permite una mirada profunda, penetrante y acogedora...

Fuera hacía bochorno; ese tiempo de La Habana en el que la humedad y el calor viejo hacen transpirar las ideas del alma. En la calle, la vida transcurría lenta, como si todavía fuera antes; el calor es un estabilizador de la vida que promueve cadencias constantes, monótonas. El tiempo, entonces, permite la contemplación de lo que no se tiene: es la forma más eficaz de observar el mundo porque la abundancia promueve una sensación de saciedad indigesta.

La búsqueda profunda de la supervivencia cotidiana retarda el discurrir de la vida y permite como una pequeña compensación de una existencia sacrificada contemplar la vida desde una perspectiva más lenta. El amor, el sexo, la amistad, están tamizados también por el ritmo sensual de una vivencia sin prisas en una vida que se muestra acelerada: en la contradicción, sin duda, está el milagro.

La palabra se hace profunda cuando hay reposo. Entonces, el lenguaje deja de ser práctico y preciso porque no sirve para objetivos concretos sino para la abstracción de anhelos imprecisos que discurren cabalgando las notas de una melodía; observando el chisporrotear del fuego mientras consume un lechón hasta hacerlo comestible, envuelto en hojas de plátano, para que tamicen el tiempo del asado. Los invitados no tienen prisa porque saben que el punto de la carne no se puede improvisar y que la lenta cocción del fuego forma parte de un sistema de vida en donde no se puede llegar tarde a ningún sitio sencillamente porque no existen los horarios.

Por la noche, el malecón de la capital cubana está rebosado de quienes buscan el fresco de la madrugada apretados a quienes creen que aman. Los extranjeros discurren sobrecogidos, asombrados, fascinados por lo que no pueden entender. La contradicción representa el estadio permanente de un país que atrapa tanto, que duele en el alma a quien empieza a comprenderlo.

Lealtad, compromiso, planificación, futuro, resultan conceptos inacabados, mutantes sobre el tiempo, que pasa rápido discurriendo despacio. La sonrisa y la palabra ligera se han adueñado del espacio en donde es difícil distinguir la verdad de la mentira; o quizá es que todo forma parte de un sueño que se está rodando con un guión permanentemente inacabado. En ese supuesto, las cámaras estarían escondidas en las azoteas, mirando todas hacia la calle, para no perder ni uno solo de los detalles de la vida cotidiana.

Todo esto es así, y Joaquín Betancourt es uno de los pocos que son conscientes, porque por un trabajo de santería, alguien, quizá el propio comandante en jefe, consiguió que el tiempo vaya tan despacio que parece que se aceleró de una forma irresistible en una dialéctica entre lo que discurre y lo que se dispara que es imposible de precisar. Entonces, la única alternativa es sentarse y esperar.