La guerra de Don Pío por Javier Reverte

Javier Reverte

No sé de qué miembro de su familia será la idea de editar unos viejos papeles en los que el escritor Pío Baroja dejó plasmadas sus vivencias durante la Guerra Civil española. Pero la ocurrencia no ha podido ser más nefasta. Y sobre todo lo es para quienes respetamos la figura literaria de don Pío. Porque en este libro aparecen algunas de las páginas de peor escritura en castellano que he leído en los últimos años -quizá eran notas sin corregir las rescatadas ahora- y, lo que es peor, contiene algunas ideas que le hacen a uno estremecerse y casi santiguarse. El libro se llama La Guerra Civil en la frontera. Un consejo al lector: si aman a don Pío, no lo lean.

La casa del escritor en Vera de Bidasoa (Navarra) está situada justo al lado de la frontera francesa y cuando don Pío intuyó que las cosas podían ponérsele algo crudas, a causa del salvajismo que exhibían los requetés y falangistas de la zona, sólo tuvo que pasar a pie la raya y quedarse en Francia. El suyo fue un exilio preventivo, no obligado. A Pío Baroja le sucedió como a sus amigos Azorín y Ortega y Gasset, y como a su no tan amigo Unamuno: que no lo tenían claro. No simpatizaban con el fascismo, desde luego, pero les espantaban el comunismo y la anarquía. Era gentes liberales, pero también de orden, y aunque tímidamente parecieron inclinarse antes del conflicto hacia la República, más tarde la repudiaron. Unamuno no tuvo tiempo de conocer la posguerra porque murió antes. Pero Baroja, Ortega Gasset y Azorín sí que la conocieron. Y en mayor o menor medida, con mayor o menor entusiasmo, hicieron gestos de acatamiento al franquismo. Nadie les obligaba a ser víctimas voluntarias del exilio y tenían todo el derecho de ser unos supervivientes. Sin embargo, tampoco podemos llamarles precisamente héroes. Pío Baroja regresó a España a la conclusión de la guerra y, junto con Azorín y Ortega y Gasset, vivió tan campante en Madrid mientras cientos de intelectuales las pasaban canutas en Francia, Inglaterra, Argentina y México.

Todo esto viene a cuento de un aniversario que comienza el mes que viene: el año en que se cumplirán los setenta del inicio de la Guerra Civil española. Es un acontecimiento histórico que sigue vivo en el tiempo porque quedan muchos seres humanos que lo sufrieron en propia carne. Pero, al mismo tiempo, nos parece muy lejano en nuestra concepción de la vida vista desde el presente: los odios de aquella guerra y la sangre derramada nos parecen más propios de la época medieval que del siglo XXI. Quizás sea un espejismo, pero ojalá que se mantenga muchos siglos más esa ilusión.

No recuerdo ningún libro de Ortega o de Azorín sobre el conflicto y los años posteriores, un testimonio preciso que nos dé cuenta de su manera de ver el mundo alrededor. Pero ahora aparece La Guerra de don Pío y me quedo atónito. Juzgue el lector, si quiere leerlos, los capítulos I, II y III de la segunda parte del librito. Parecen el texto de un trabajo escolar, tanto por su ingenuidad argumental como por la sintaxis, que llega a ser deplorable en ocasiones. Pero lo peor no está ahí.

Lo peor se encuentra en algunos de los juicios del escritor, de contenido político y social. Por ejemplo, cuando habla del sistema mejor de gobierno: "Creo que don Sebastián Miñano y sus amigos -escribe Baroja- tenían razón cuando a la muerte de Fernando VII recomendaban como sistema de gobierno el despotismo ilustrado. Es decir, un despotismo pragmático, que no tuviera nada que ver con las ideas religiosas, filosóficas ni literarias, un despotismo de acción". Ante semejante juicio, cabe preguntarse: ¿Y qué otra cosa quiso ser el franquismo sino un despotismo que se consideraba a sí mismo ilustrado y que no alentaba otras ideas que las propias de la caverna ibera? Un poco más adelante afirma el escritor: "El derecho del joven, el derecho del niño, el derecho del viejo y el de la mujer, son puras estupideces. Es como hablar del derecho al aire libre al que está encerrado, y del derecho a la salud al que está enfermo, y del derecho a la juventud al viejo". Pablo Neruda dijo una vez: "Cuando me muera, me publicarán hasta los calcetines". Eso mismo están haciendo con Pío Baroja. Lo que pasa es que los calcetines están sin lavar.