La gran migración por Mariano López

En agosto, dos millones y medio de herbívoros llegan al río Mara, la mayor migración animal del planeta.

Mariano López

Si pudiera, pasaría todos los agostos en África, en el Masai Mara. Recuerdo casi con precisión el paisaje desde la terraza del tranquilo hotel donde estuve alojado. No había montañas ni otros accidentes, de modo que la vista alcanzaba kilómetros y kilómetros de una ondulada sabana en alguno de cuyos repliegues se intuía el río. A pesar de que ya estábamos a mediados de agosto, la hierba aún se veía verde y fresca. Olía a humedad, al menos al amanecer. Pero el espectáculo no estaba sólo en el manto verde de la sabana, ni en la profundidad del valle, ni siquiera en las majestuosas acacias, que extendían sus copas a lo ancho y parecían competir por ver cuál daba más sombra con su imponente tejado vegetal. Allí, ante mis ojos, se agrupaban miles y miles de ñus, gacelas, topis y cebras, un ejército de antílopes acampado junto al río que alimenta sus pastos, su particular paraíso. Se calcula que este mes de agosto el Masai Mara está habitado por más de un millón y medio de ñus, cuatrocientas mil gacelas y no menos de trescientas mil cebras. Es la mayor migración animal del planeta, un prodigioso suceso que reúne dos millones y medio de herbívoros y miles de depredadores junto al Mara. Al río también se acercan otros animales, ajenos a la pelea. Desde mi ventana, recuerdo que llegué a contemplar detrás de los oscuros lomos de los ñus un grupo de jirafas y, no mucho más lejos, dos panzudos elefantes. Recuerdo también al guía. He tenido mucha suerte con los guías, algunos de ellos buenos amigos, como Vicente Soto, que me descubrió Sabi Sabi, en Sudáfrica; o Johnstone, en Zambia, a quien le debo veinte minutos de tensión en un jeep, de noche, ambos rodeados por más de veinte leones, asustados e inmóviles bajo una enorme acacia en la que se ocultaba un leopardo.

Pero mi mejor guía por África fue el que me acompañó en Kenia y en el Serengeti, y también en Sinya, frente al Kilimanjaro, Julio Teigell. Julio trabajaba en una oficina bancaria en España, un trabajo fijo que dejó por un sueño, porque quería ser guía profesional de safaris en África. Lo fue. Primero en Kenia, luego en Tanzania. Creó su propia agencia de safaris. Dominaba el suajili, chapurreaba el masai. Los masais de Sinya, el Amboseli tanzano, le adoraban, he sido testigo, le consultaban para todo. Había ayudado a construir buena parte de la escuela y del dispensario médico de la comunidad. Creo que aún le recuerdan y le aprecian. Julio ahora está enfermo. Cumple este mes 58 años y pelea contra una extraña enfermedad que le obliga a mantenerse lejos de África. A veces, nos juntamos en Madrid, en alguna cafetería, entre los edificios que siempre impiden ver el horizonte, para recordar la llanura sin fin del Serengeti, las rocas donde se ocultan los leopardos, el día que visitó nuestras tiendas un soberbio elefante. Julio sabe, también, mucho sobre los pájaros: distingue a los tejedores de los cucos, las carracas de los estorninos, el aguilucho del azor. Me enseñó a aplaudir para animar el vuelo de las queleas.

Si Julio pudiera, ahora estaría en África. Celebraría cada amanecer y cada puesta de sol. Se sentaría a la puerta de su tienda de campaña, en Sinya o Tarangire, en el Mara o junto al Ngorongoro, y disfrutaría del mayor espectáculo del mundo, que, especialmente en agosto, florece en África: la vida. Recuerdo los ñus, los topis y las cebras, y a Julio con su gorra, explicándonos, a sus amigos, que la felicidad existe, al menos en agosto. A él le aguarda en alguna colina junto al río Mara. En África.