La gran cordillera, por Javier Reverte

Admiro a quienes han ido trazando la orografía del macizo del Himalaya kilómetro a kilómetro.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

La expresión que titula este artículo no puede referirse nada más que a un lugar en la Tierra: el macizo del Himalaya. Nunca he estado allí y ni siquiera en la proximidad de sus faldas. Quizás porque las montañas no son lo mío. Me gusta acercarme a ellas, contemplar su magnificencia, imaginar que son realmente moradas de los dioses o, al menos, de seres míticos superiores en fuerzas a los frágiles humanos. Pero, de ahí a treparlas... media un abismo. Eso queda para los audaces como mi amigo Sebastián Álvaro. Yo soy un viajero de mares, ríos, desierto, llanuras y, en todo caso, de cuando en cuando, junglas y bosques. Porque las cuestas arriba -como las escaleras- no me han gustado ni siendo pequeño. Si alguna vez subo al Everest, tendrán que llevarme en angarillas o en helicóptero. Eso no quiere decir que no lea sobre la cordillera del Himalaya y que no admire a quienes han ido trazando su orografía kilómetro a kilómetro. Casi todos los textos que he leído sobre su exploración están escritos por escaladores o se refieren a la historia de la conquista de sus riscos más elevados, las que nutren las biografías de los Mallory, Irvine, Messner, Tenzing y Hillary. El monte Everest, naturalmente, es la reina de sus cumbres. El nombre, por lo visto, se le debe a un topógrafo galés, George Everest. Pero me gustan más el que le dieron los tibetanos, Chomolungma, que significa Madre del Universo, y los nepalís, Sagarmatha, La frente del cielo.

Ahora ha caído en mis manos un estupendo libro sobre la cordillera de cuyo título, como del autor, nunca había oído hablar, un libro que se aparta de la tradición literaria de la conquista de las cumbres... El autor se llamaba Francis Younghusband (apellido curioso, pues significa Joven Marido) y era un militar inglés destinado en Rawal Pindi, en el actual Pakistán, cuando en 1886, con algo menos de veinte años de edad y aprovechando un largo permiso, decidió irse a explorar la cordillera, recorriendo los cinco mil kilómetros que separan Pekín de Cachemira. Lo hizo en 1886-87 y repitió en 1889, esta vez llegando al pie del Himalaya tras cruzar el Turquestán. En ninguna de las dos ocasiones, como he dicho, trató de ser el primero en ascender sus cumbres sino, como cuenta en el relato, encontrar pasos entre los valles, abrir vías comerciales y militares, recorrer las rutas de Marco Polo, gozar del placer que supone todo viaje en solitario, disfrutar con lo desconocido y, sobre todo, encontrar "el verdadero espíritu del Himalaya". Por ambas exploraciones le fue concedida la prestigiosa medalla de oro de la Royal Geographical Society.

Cuarenta años más tarde iba a escribir su libro Por el Himalaya, en el que relataría las peripecias de ambos viajes. Dice al principio del texto: "Yo había vivido de un modo bastante peligroso como para satisfacer a Nietzsche". El libro ha sido traducido ahora en España por La Línea del Horizonte, una nueva editorial de textos electrónicos y en papel. Y es, como he dicho, un texto singular dentro de la literatura del Himalaya. Porque, además de militar y explorador, Younghusband tenía mucho de místico. Escribió sobre la cordillera que tanto amaba: "Una vez más, el Himalaya permanece envuelto en su misteriosa neblina. Las montañas se han alejado, las he atravesado y vuelto a atravesar. Me he hallado al pie de sus más altas cumbres. He atravesado sus mayores glaciales. He visitado sus pueblos más remotos". Y añade poco después: "Hay un poder que convierte el mal en bien: ese es el verdadero secreto del Himalaya. En su rostro está impresa la señal de triunfo". Pura mística de la exploración.