La fuente de la música, por Mariano López

Mariano López

Por alguna razón misteriosa, buena parte de la mejor música del mundo emerge en Malí, en algún lugar cerca de la frontera con Senegal. El blues, por ejemplo, nació aquí. Fue en este rincón de África, a los pies de los baobabs, donde por primera vez alguien acompañó una queja grave, eterna, con el sonido de un par de cuerdas hechas con pelo de animal a las que dio un ritmo cansino, al dictado de su propio corazón. La música que surgió arrastraba el lamento de sus antepasados. Los sangomas, los brujos de los xhosa en Suráfrica, creen que esa conexión existe, que la música sirve para comunicarse con espíritus que tienen algo que decirnos y que aparecen cuando el sonido es armónico. En Malí también existe esa fe. De hecho, los territorios del antiguo imperio de Malí son el único lugar del mundo donde existen oficios o castas encargados de transmitir con la música y la palabra la conciencia del pasado. Son los jelis, los trovadores, y los griots, los poetas. Llevan siete siglos narrando historias. Cuando poseen el don de la fantasía, inventan nuevos relatos sobre la cierta historia de los tiempos; si carecen de imaginación, dejan que hable sólo la memoria. Ali Ibrahim Farka Touré, el más grande músico de blues africano, no era jeli ni griot, pero algún espíritu sabio se encargó de empujarle hacia la música. Nació cerca de Tombuctú, en una aldea regida por la voz con la que el muecín espanta al diablo. Tenía nueve hermanos mayores, que murieron sin sobrepasar la infancia. Ali sí pudo crecer. Era rudo. Le apodaron "farka", asno, por su tozudez. Comenzó a tocar en 1960, cuando tenía 21 años. Entonces no sabía que la música que nacía de sus manos se llamaba blues. Le descubrieron, según se dijo, en París, y luego fueron a visitarle el bluesman Taj Mahal, el slide guitar Ry Cooder y el cineasta Martin Scorsese, quien promovió en Malí una serie de documentales que rastreaban la historia del blues hasta llegar a Farka Touré. En la cima de su reconocimiento internacional, se retiró a un pueblo maliense a las puertas del Sáhara, Niafunké, donde le eligieron alcalde. Con el dinero de su bolsillo pagó la carretera, la instalación del agua y el generador que llevó la luz. Murió allí, en Niafunké, hace un par de años, de cáncer de huesos. Uno de sus discípulos, Bassekou Kouyate, ha compuesto un Lamento por Ali Farka, dentro del álbum Segu Blue, que acaba de ganar el premio de la BBC Radio 3 a la mejor canción del año en Músicas del Mundo. Lucy Duran, de la BBC, ha dicho de este disco que es mágico porque lleva dentro el espíritu de Ali Farka Touré. Este año, por una extraña razón también misteriosa, mis sueños viajeros apuntan hacia algún lugar de Malí, donde la música brota como lava caliente de un volcán.