La Felicidad Interna Bruta (Gross National Happiness) por Carlos Carnicero

La felicidad es un estado de ánimo que conjuga satisfacción y alegría por alcanzar las metas propuestas.

Carlos Carnicero
Es muy difícil tabular el precio de la felicidad; no hay consenso básico en qué consiste ese estadio de la vida. Desde la antigüedad, la definición ha sufrido muchas discrepancias, pero esencialmente se reduce a un estado de ánimo en el que se conjugan satisfacción y alegría por considerar que se han alcanzado las metas propuestas y que a su vez sirven como punto de partida para otros objetivos. Considerando que los viajes se organizan en busca de felicidad, debiéramos reflexionar sobre el coste de alcanzar ese estadio.Primera reflexión: la forma de encajar los acontecimientos es determinante para un viaje feliz. Estar con la persona o las personas adecuadas, que sintonicen el placer de los espacios, los tiempos y las emociones, es un requisito fundamental por encima del lujo y del coste económico de los desplazamientos. Se puede ser feliz en medio de un bosque de la Patagonia argentina, acampando al borde de un lago, aunque el aseo personal no se realice en condiciones urbanas. Y, por el contrario, un plácido viaje a Marraquech, en un hotel idílico, puede ser una tragedia por la intransigencia de una compañía inadecuada. Pensaba todo esto a raíz del último viaje a París, en las navidades pasadas. La nieve empantanó la ciudad y la hacía incómoda para deambular por ella. Habíamos ido en busca de la felicidad de Víctor Castaño, uno de mis más entrañables amigos, que está realizando una investigación sobre informática para doctorarse en la London Metropolitan University. Era su cumpleaños, y por iniciativa de una amiga común organizamos un viaje sorpresa en el Eurostar, el tren de alta velocidad que une Londres con París. Como la mayoría de los que íbamos eran estudiantes, era un viaje básicamente económico, y eso hizo las delicias de disfrutar frugalidad y austeridad.Fuimos a tomar un gin tonic a un bistró vecino de Notre Dame y nos quedamos muertos al comprobar la forma en que lo servía un camarero veterano y amable, pero parco. El caso es que el barman, con una bandeja en una mano, depositaba el vaso con la dosis de ginebra en la mesa: después cogía la botella de tónica y se la colocaba estratégicamente en la entrepierna, formando palanca con los muslos, los testículos y su mano con el abridor y de esa forma producía el descorche. Repitió una vez el acomodo de la tónica en tan delicadas partes y todos, por respeto, aguantamos la risa que nos promovía esa tecnología aplicada a un gin and tonic.El caso es que al día siguiente derrapamos por las escaleras del Sacre Coeur, paseamos por el barrio latino saturado de turistas huyendo del frío y del barrizal. Almorzamos soberbia y contenidamente en la Brasserie Lipp, un santuario de la palabra desde tiempos remotos en Saint Germain-des-Prés. Caminamos luego por el Boulevard conscientes de las dificultades de aprovechar la ciudad con climatología tan hostil como para dejarnos maravillosamente aislados en la capital de Francia, por la cancelación de todos los trenes a Londres.Y entonces se nos iluminó la vida. Decidimos que no podíamos volver a nuestras casas, en Londres, sin llevar testimonio gráfico de la nueva forma de abrir las botellas de tónica utilizando partes tan sensibles de la anatomía. Ante la imposibilidad de averiguar cómo estarían esos músculos y órganos con gimnasia tan antigua, decidimos filmar clandestinamente la operación, para estudiarla en el futuro con detenimiento. Todo tuvo una precisión de rodaje cinematográfico. Se tuvieron en cuenta los tiros de cámara de los teléfonos móviles para disimular la filmación sin ofender al camarero. La operación fue un éxito, y para la historia de todos nosotros quedará esa película con dos ángulos distintos, lo que en lenguaje de producción se llama filmar con dos cámaras para poder editar el resultado.París siempre ofrecerá mil ángulos. He dormido en el Ritz, en el Crillon y en Le Meurice, tres de los grandes hoteles del mundo. Y también en hoteles de pocas estrellas en los barrios árabes de la ciudad. Me han dado el beso más rico de mi vida a la sombra del obelisco de la Place Vendôme. La verdad es que hay muchos París, pero la Felicidad Interior Bruta de mis viajes a la capital de Francia tiene una media muy notable, porque cada ángulo de la vida tiene sus propios parámetros de felicidad: es muy sencillo, hay que tener sensibilidad para percibirlos.