La Dama y la palmera, por Mariano López

Mariano López

La ciudad de Elche merecería ser escuchada cuando reclama la presencia de su más famosa seña de identidad

Pocos ciudadanos del mundo poseen el expediente viajero que acumula Taleb Rifai. Nacido en Jordania, se licenció en Arquitectura en la Universidad de El Cairo, obtuvo un master en Chicago, otro en Filadelfia, ha sido ministro en tres gobiernos de su país, con tres carteras diferentes, entre ellas las de Turismo y Antigüedades -fue el responsable de crear el parque arqueológico de Petra-, y desde que ocupa su actual cargo, el de secretario general de la OMT, realiza no menos de 50 viajes internacionales al año. Así que cuando me mira de frente con sus chispeantes ojos verdes para hablarme de Elche, trato de prestarle toda mi atención: "Es una joya. Una ciudad moderna, con una gran historia, junto al mar, que ha sabido cuidar de todas sus tradiciones, entre ellas esos miles de palmeras que dan forma al paisaje único de esta ciudad".

Este mes de agosto, Elche celebra su famoso Misteri, la primera manifestación cultural que la Unesco declaró Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Es una representación extraordinaria -por su historia, su música, la participación popular-, pero no es la única que permite conocer, sentir y compartir el apego de los ilicitanos por sus tradiciones, el cariño con el que cuidan actos, palabras y símbolos que les han acompañado durante siglos. Días antes del Misteri se celebra la Nit de L''Albà, la Noche de la Alborada. Tuve la ocasión, el lujo, de vivir esa noche el pasado verano, y tengo que decir que incluso para mí, que voy con frecuencia a la costa de la Comunidad Valenciana y estoy acostumbrado a los castillos de fuegos artificiales, que me fascinan, la Nit de L''Albà resultó un espectáculo excepcional para todos los sentidos, incluido el sexto, el de la piel, que se llena, también, con la luz, el fuego y la música de esta noche en la que los ilicitanos rompen el cielo y lo visten de día.

A las once y cuarto de la noche, cada 13 de agosto, los ilicitanos comienzan a disparar fuegos artificiales desde las terrazas de sus casas, los parques públicos o cualquier lugar que les permita participar en la coetà, cientos de cohetes que suben al cielo desde todos los rincones de la ciudad y crean una sucesión de explosiones atronadora, tremenda, que parece agitar hasta la luz de las estrellas. Se calcula que se lanzan más de 97.000 cohetes, que llevan al cielo 17.000 kilos de pólvora. Cinco minutos antes de la medianoche finaliza la coetà y se apagan todas las luces del centro de la ciudad. Suena el Gloria, la música central del Misteri, y todo Elche se prepara, en silencio, para el momento más importante de la noche. A las doce en punto, desde la torre de la Basílica de Santa María, se lanza un racimo de varios miles de cohetes que se despliegan en el cielo y cubren de luz la ciudad con la forma de los brazos de una gigantesca y celestial palmera. Es un espectáculo maravilloso, formidable, una palmera de luz que cubre el centro del cielo y desciende, majestuosamente, sobre los tejados de la ciudad. Una tradición de siglos que continúa con una imagen de la Virgen realizada con bengalas y con el canto de Aromas ilicitanos, una habanera con la que los ilicitanos, a viva voz desde sus balcones y terrazas, coronan una noche excepcional.

Una ciudad que mantiene así de vivas sus tradiciones, que posee dos bienes inscritos en la lista del Patrimonio de la Humanidad declarado por la Unesco -el Misteri y el Palmeral- y un tercero, el Centro de Cultura Tradicional de Puçol, incluido en el Registro Mundial de Prácticas Ejemplares, merecería ser escuchada cuando reclama la presencia de su más famosa seña de identidad: la Dama de Elche, la joya más bella del arte ibérico que apareció en La Alcudia, a dos kilómetros de Elche, el 4 de agosto de 1897 y ahora se expone en el Museo Arqueológico de Madrid. La Dama ya estuvo en Elche, en el 2006, durante seis meses. Se instaló en la planta baja de la torre del homenaje del precioso Palacio de Altamira, sede del museo, en un espacio acondicionado, con las máximas medidas de seguridad. Ahora, ¿volverá la Dama a Elche, al menos el próximo noviembre, cuando se celebre la conferencia organizada por la OMT? Debería. Su regreso, al menos temporal, supone orgullo y riqueza para la ciudad, y sumar un atractivo excepcional a los que ya posee una ciudad casi desconocida para los viajeros españoles que ha sido capaz de cautivar al mismísimo secretario general de la OMT, Taleb Rifai, a quien le brillan los ojos cuando habla de Elche.