La ciudad de las luces del norte por Mariano López

Esa cortina de luces púrpura, verdes y azuladas que cuelgan sobre la capital de las luces del norte, la ciudad noruega de alta, son la marca del final de la tierra y el comienzo del plasma sideral: las luces de los límites del mundo. ¿Quién se resiste a viajar a su encuentro?

Mariano López

Alta es la ciudad perfecta para ver la aurora boreal. La capital noruega de las luces del norte es una ciudad pequeña, extendida junto a un bello fiordo y situada, exactamente, en el paralelo 70, la latitud perfecta para observar el anillo de luces de la aurora. El fenómeno aún deja boquiabiertos a sus habitantes, aunque estén de largo acostumbrados a los inviernos sin sol, los veranos sin noche y otros sucesos extraños pero comunes en este lugar extremo. ¿Cómo no sentirse arrobado ante el espectáculo de un cielo encendido por una cortina de luces que cubre el firmamento con su baile? Para los urbanitas cada vez más ajenos al espectáculo celeste, la aurora es la revelación animada de que existen otros mundos, millones de estrellas y galaxias. Esa cortina de luces verdes, púrpura, azuladas que cuelgan sobre Alta son la marca del final de la tierra y el comienzo del plasma sideral. Las luces de los límites del mundo. Los samis de Escandinavia, los esquimales de Alaska, los inuit de Canadá y Groenlandia y varios pueblos siberianos han considerado a la aurora un juego o una guerra producida por espíritus del más allá. Para los samis, la aurora es runtis jammij: la batalla que prosiguen en el cielo quienes han muerto en la tierra por culpa de la violencia y del acero. Dicen que el golpe de las espadas, el choque de la hoja del cuchillo aún se escucha en alguna noche de invierno. ¿Cómo explicar las ocasiones en que la aurora tiñe sus formas de rojo? Para los indios iroqueses, la aurora es una puerta, el punto de entrada a la tierra de las almas. Los espíritus entretienen la eternidad en el dintel y parecen divertirse jugando a una especie de fútbol con esqueletos. El color rojo de la más rara de las auroras invitaba, en la antigüedad, a suponer el rastro de la sangre, la mancha de todas las almas aún atrapadas por la violencia. Para los inuit, las luces eran los espíritus de las madres que murieron en el parto; para los primeros cristianos de Laponia, representaban la lucha de San Miguel contra Belcebú; para el físico, matemático y filósofo René Descartes, eran vapores que ascendían hasta el final de la atmósfera y se quebraban por el impacto de los más puros rayos del sol. La explicación más sugerente, para algunos, tiene raíces vikingas y revela que la aurora está formada por la cabellera de las valkirias, mujeres tan dotadas para el placer como para el horror y que, según la mitología vikinga, aguardaban al perfecto guerrero para agasajarle por toda la eternidad en el paraíso. Fui a Alta una Semana Santa como la que se avecina en busca de las luces del norte. Noruega es un país donde todo funciona perfectamente, como es fama, por lo que acerté al descartar toda preocupación por los posibles efectos -terribles en mi imaginación- de la nieve y el frío. Los coches funcionan y las calefacciones, los equipos, las motos de nieve, los trineos y las saunas; todo funciona, hasta las leyes físicas que protegen la costumbre de tomar baños calientes en cubos de madera sobre la nieve para disfrutar del agua y del vapor que parece escapar de la tina a toda velocidad hacia el territorio de las luces del norte. También funciona la aurora. Una noche bajó hasta Alta para regalarnos su rara luz que cubre las estrellas y las envuelve con su baile. El cielo se prendió de verde y dibujó un bosque de columnas, rematadas, arriba y abajo, por bordes rojos o quizá granates. Permanecí absorto más de dos horas. Ningún vecino de Alta se detuvo. Así es la ciudad de las luces del norte, donde estas cosas extrañas y cautivadoras pasan todas o casi todas las noches de su largo invierno. ¿Quién se resiste a viajar a su encuentro?