La bellota del quejigo, por Luis Pancorbo

En la tumba del gran marabú Abdeslam clava sus raíces, como si fueran garras, un quejigo moro centenario.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

La tumba de Moulay Abdeslam ben Mchich Alami se enclava en lo alto del monte Alem y es una de las grandes metas de peregrinación de Marruecos. Tres visitas allí equivalen a un viaje a La Meca, dicen los fervientes del lugar. Los días despejados desde la cumbre, a unos 1.400 metros de altitud, se divisan dos mares, el Mediterráneo y el Atlántico, y los arriscadospaisajes de la Yebala entre Chefchauen, Tetuán y Larache. Los seguidores de Abdeslam, un gran marabú que murió en 1228, valoran que él mismo fuese un qubt, un polo de trascendencia sufí. Y otrosí el mejor de sus discípulos, Abu-l-Hassan al Shâdli, impulsor de una tariqa, una vía o escuela sufí que se ha propagado a lo largo de los siglos en el mundo musulmán.

Shâdli murió en Egipto en el año 1258, y que esté enterrado en el monte Alem junto a su maestro es también cuestión de creencia más que de probabilidad. Lo cierto es que su doctrina no ha sido olvidada, como tampoco la de Abdeslam, maestro y mártir pues fue asesinado cuando iba a la fuente a hacer sus abluciones. Abu al-Taouâjin, gobernador del sultán almohade, se había proclamado profeta, y le estorbaba alguien como Abdeslam, entregado a la meditación trascendental en lo alto del monte Alem, y despojándose de cualquier apego a lo material.

En la tumba de Abdeslam clava sus raíces, como si fuesen garras, unquejigo moro centenario, un Quercus canariensis que da sombra y categoría a un mero cubo encalado, con una pequeña repisa para colocar velas encendidas, sin que falte delante una gran hucha verde para las limosnas. Todo eso está al aire libre y fresco de la montaña, pero lo mejor es el suelo que han puesto en torno, unas planchas de corcho, de casi un metro de largas. Eso hace grato descalzarse, como es preceptivo en este paraje singular. Y lo es aunque en Marruecos se hayan contado 575 sitios sagrados, de los cuales 178 son bosques sagrados, y casi siempre aparejados a cultos marabúticos o de santones locales.

Quejigares y alcornocales dominan la vegetación en el valle del monte Alem, donde algunos visitan incluso los siete santuarios de los siete ancestros de Abdeslam. Todo eso origina gran afluencia de peregrinos no solo en los días de fiesta. La aldea Soukkane, llena de tiendas y de fondas, ha nacido al socaire del mausoleo. Éste queda pocos cientos de metros más arriba, fuera de los tráficos mundanos y los coches. Mujeres mendigas, al estilo de la tribu ambulante de los hedaua, reclaman una limosna. En el pequeño santuario, un nutrido grupo de romeros practican dirk -el dirque que decían los clásicos-, el continuado canto de recuerdo a Alá. Se sientan a la intemperie, a la derecha donde reposa Abdeslam y quizá el propio Shâdli. "Ahógame en la esencia del mar de la Unidad/hasta que no vea, ni oiga, ni encuentre, ni sienta más que por ella". Y ella ahí sería la Unidad o Unicidad. Alí, un joven aún más alto cuando se sube la capucha de su chilaba, me guía por los alrededores de la tumba. Me enseña el refugio de piedras donde oraba Abdeslam y veía el mundo de abajo. Alí es chorfa, de la familia Alami, descendiente de Abdeslam, quien a su vez procedía de la familia del Profeta. Al terminar, Alí me regala una bellota del quejigo de Abdeslam. Aunque haya perdido la caperuza, dice que no así su baraka, al menos en su intención. Si la baraka es suerte divina, ahí entraríamos otra vez en la magia simpática de Frazer. Ya de regreso, por la solitaria carretera hacia Chefchauen, cruza un par de macacos.