La ballena, por Javier Reverte

Herman Melville escuchó la historia del cachalote del "Essex" y de aquel relato surgió "Moby Dick".

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Una ballena y un barco fueron los protagonistas de mis últimas Navidades como espectador de cine. Y metidos ya en marzo, una ballena y un barco han sido ahora los protagonistas del último libro -y fascinante- que he leído. Filme y narración se llaman igual, En el corazón del mar, y ambos tratan de una historia acontecida en 1820, cuando un cachalote de casi veintiséis metros de longitud atacó un barco ballenero de parecida eslora, en mitad del Océano Pacífico, y logró hundirlo a cabezazos. El barco se llamaba Essex y llevaba veintiún hombres a bordo, de los que tan solo sobrevivieron cinco. ¡Dios, qué aventura! Pero, además, una aventura verdadera. Vi primero la película de Ron Howard y luego leí el libro, cuando lo natural es hacerlo al revés. No obstante, a veces lo segundo llama a lo primero y este fue el caso.

El autor del libro se llama Nathaniel Philbrick, que ha vivido y vive tan obsesionado con el cetáceo asesino que ha trasladado hace años su residencia desde Pennsylvania a la isla de Nantucket, en la costa Oeste de Estados Unidos, de donde partió el Essex. Nantucket, junto con la vecina localidad costera de New Bedford, fue el puerto más importante de la caza de ballenas de finales del XVIII y casi todo el siglo XIX. Y allí, en Nantucket, cosa después de veinte años de la tragedia del Essex, se embarcó como marino en un buque ballenero un joven neoyorquino llamado Herman Melville, que escuchó hablar de la historia del cachalote, que leyó los testimonios de algunos supervivientes y que llegó a entrevistarse con el capitán del barco, George Pollard, uno de quienes salvaron la vida. De aquel relato surgiría en 1842 una de las más imponentes novelas de todos los tiempos, la más grande obra narrativa de los Estados Unidos: Moby Dick.

El barco partió de Nantucket en agosto de 1819, alcanzó las islas africanas de las Azores y de Cabo Verde para avituallarse, bordeó la costa oriental suramericana y, finalizando el año, dobló el Cabo de Hornos y entró en el Pacífico, poniendo proa al norte. En octubre, ancló en las islas Galápagos, en donde la tripulación capturó un buen número de tortugas -que los barcos balleneros mantenían vivas y consumían como carne fresca durante la travesía- y se adentró en el océano rumbo al oeste, en aguas muy poco conocidas por entonces. Y el 20 de noviembre, a más de mil quinientas millas marítimas de las islas, el barco divisó un banco de cetáceos y las tres barcas balleneras se echaron al agua para la caza. Y mientras el Essex esperaba a la deriva, de pronto surgió del mar un enorme cachalote que atacó al buque, por dos veces, a cabezazos, logrando romperle el casco de madera. Luego, la ballena desapareció y la nave comenzó a hundirse.

Los veintiún tripulantes se salvaron y embarcaron en las frágiles balleneras con los alimentos que pudieron rescatar. Y comenzaron un viaje hacia las costas americanas que, a los dos botes que lograron no hundirse, les llevó casi tres meses de navegación en un recorrido superior a las 4.500 millas, 500 millas más que las que hubo de recorrer otro famoso náufrago: el capitán Bligh, de la Bounty, en 1789.

De los cinco supervivientes, dos dejaron relatos escritos sobre la aventura: el primer oficial, Owen Chase, y el marinero Thomas Nikerson. Pero aún pervive el misterio: ¿por qué atacó el cachalote, un animal normalmente tímido y asustadizo? Eran los días en que la Naturaleza era más fuerte que los hombres. Resulta curioso que hoy, casi dos siglos después, suceda lo contrario.

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