La ballena blanca, por Mariano López

Una ballena blanca nada en aguas de Australia. Los aborígenes la han bautizado "Migaloo", que significa "colega blanco".

Mariano López

Ha aparecido una ballena blanca en aguas de Australia. Fue vista a 90 millas náuticas de un arrecife, al norte de Cairns. Nadaba en compañía de otras tres ballenas jorobadas, grises y comunes, de las que destacaba por su extraño color blanco, una singular alteración del material genético de su especie. Fue fotografi ada e identifi cada como el mismo animal avistado el pasado año en algún lugar del Pacífico y quizá hace dos temporadas en la misma ruta frente a Cairns. Hasta tiene un nombre. Se llama Migaloo, que en la lengua de los aborígenes signifi ca "colega blanco". Una fundación dedicada a la protección de las ballenas en Hawai pidió a un grupo de aborígenes que bautizara a la ballena blanca y les interrogó sobre el signifi cado que ellos daban a los individuos albinos. Los aborígenes sugirieron el nombre, Migaloo, y confi rmaron que en su cultura los animales albinos son apreciados como encarnaciones de un mundo espiritual. Migaloo es un espíritu que navega. Pero no es Moby Dick.

Herman Melville se enroló en el ballenero Charles y Henry, en el que navegó durante seis meses en una época en la que las largas navegaciones, los naufragios, los marineros heroicos y la caza de ballenas eran lugares comunes en la literatura y en la pintura, donde representaban la osadía y el desamparo del hombre frente a las fuerzas de la naturaleza. A pesar de su experiencia náutica, está probado que casi todo lo que sabía Melville de las ballenas lo aprendió en los libros, en la biblioteca de Nueva York. Bram Stoker, el autor de Drácula, nunca viajó a Transilvania y jamás vio un lobo, ni un vampiro. Andrew Delblanco, en su magnífi ca y reciente biografía del genio, Melville, sostiene que el creador de Moby Dick extrajo el vengador Ahab, la terrible ballena blanca, el Pequod y toda su tripulación del Frankenstein de Mary Shelley, los héroes trágicos de Virgilio y Shakespeare, la naturaleza apocalíptica de Goethe y los mares de la Odisea. El vagabundo Ismael, el arponero caníbal Queequeg o el disciplinado Starbuck parecen marineros griegos, veteranos de la campaña de Troya, que continúan la navegación porque les atrae la mayor de las aventuras: el viaje al Hades, el juego con la muerte, ir, volver y contarlo, la máxima manera -y quizás la única- de sentirse realmente v i v o s . Melville fue un genio que sabía de monstruos, pero no mucho de ballenas. No fue un gran viajero, pero a muchos nos ha llevado en el Pequod por los mares más lejanos del planeta.

Bruce Chatwin sí fue un viajero y de él podía decirse que siguió de cerca la espuma de las ballenas. Uno de sus libros maestros -Los trazos de la canción- está dedicado a los aborígenes australianos y las líneas invisibles de paz y tranquilidad por las que parecen guiarse en sus viajes las ballenas. Chatwin cuenta en este libro cómo una mañana se despertó casi ciego. "Ha estado mirando cuadros demasiado cerca. ¿Por qué no los cambia por horizontes más amplios?", le dijo un especialista. Chatwin siguió el consejo y se fue a Sudán, donde quedó fascinado con los nómadas. Para él, como para los aborígenes, la aparición de Migaloo debe ser interpretada como un símbolo, tal vez una canción y con seguridad una llamada. Desde alguna otra dimensión más sabia, alguien está diciéndonos que estamos mirando los cuadros demasiado cerca. Hay que viajar, soñar. Ya.