La aventura de los grandes viajeros españoles por Oriente por Mariano López

No recuerdo haber visto en ninguna plaza una estatua a la memoria del primer español, que se sepa, que llegó a Bagdad, del primero que conoció Persépolis, del único que llegó a la Samarcanda de Tamerlán.

Mariano López

En plena agonía del imperio romano, a finales del siglo IV, la dama española Etheria o Egeria, posible pariente del emperador Teodosio, peregrina desde algún lugar de Galicia hasta Jerusalén. No es la única aristócrata hispana que se apunta a la moda, recién iniciada, de visitar los Santos Lugares, pero sí sería la primera, que sepamos, en narrar su viaje. Culta, curiosa y atrevida, Egeria arrastró su equipaje y sus libros por las vías civiles y militares que llevaban hasta Jerusalén y, una vez que alcanzó la Ciudad Santa, aún tuvo ganas y fuerzas para explorar durante meses el Sinaí, el norte de Egipto y Palestina. Su relato comienza en el Monte de Dios, la montaña de Moisés, en el Sinaí, y concluye con la visita a Edesa, en Mesopotamia, de regreso a casa. Fue copiado por algún monje en el siglo XI y hallado en el XIX en una biblioteca italiana. Es una joya. El primer libro de viajes hispano. La obra de una mujer excepcional -la "dama peregrina" la llama su gran conocedor, Carlos Pascual-, que inicia con su gesta una reducida pero excelsa saga: la de los grandes viajeros españoles que nos han dejado testimonio escrito de su viaje por Oriente. A todos ellos, a quienes narraron su aventura por las tierras de Tamerlán, su encuentro con el sha Abbás de Persia o la vida en los mercados de Goa, les rinde homenaje ahora una bella exposición en el Museo Arqueológico Nacional que ha conseguido reunir desde el manuscrito del Viaje a Samarcanda, de Ruy González de Clavijo, a relieves asirios de Nínive o el modelo de un galeón exacto al que cursó, en el XVI, la carrera de las Indias.

A la dama Egeria la siguen, en el tiempo y en la relación de viajeros españoles por Oriente, el rabino Benjamín de Tudela y el jurista valenciano Ibn Yubayr. El navarro, un hombre inteligente e ilustrado, versado en la Torá y el derecho rabínico, salió de Tudela a finales de 1165 o principios de 1166 y, años después, llegó a Bagdad. Yubayr, alto funcionario del gobernador de Granada, dejó su empleo y marchó para La Meca. Hace falta la ayuda de un gran mapa para seguir cualquiera de estos viajes. Un mapa que ellos no tenían, salvo que llamemos mapa a aquellas imaginativas representaciones del Mare Nostrum y sus alrededores que además indicaban el exacto emplazamiento del paraíso y sugerían la existencia de monstruos y gigantes en los límites del mundo. Hacían falta valor y curiosidad para salir en el siglo XII de Tudela o de Granada y poner rumbo a La Meca o a Bagdad. Cuántas sorpresas, cuántos peligros les depararía el camino. Para combatir tamaña sucesión de amenazas, casi todos los grandes viajeros medievales llevan en su zurrón una fuerte provisión espiritual. Son viajeros que no buscan bienes materiales. Son peregrinos. Saben que la vida es un tránsito y que todo es vano excepto la riqueza espiritual que ofrece la Ciudad Santa, el paraíso que aguarda al que ve las murallas del jardín místico del edén. Con excepciones tan señaladas como la del embajador Ruy González de Clavijo o el aventurero Tafur, la mayoría de los viajeros españoles por Oriente son peregrinos o clérigos hasta bien entrado el tiempo en que los galeones se apropian de los mares del mundo. La sotana no reduce su curiosidad ni su arrojo. El cura Pedro Páez, cuya biografía nos descubrió Javier Reverte, fue el primer europeo en conocer las fuentes del Nilo Azul (y el primer español que probó el café). Su retrato al óleo, en la exposición del Museo Arqueológico Nacional, le pinta con chilaba, turbante y barba. Puro viajero.

Gracias a la exposición, he reducido -algo- mi ignorancia sobre la vida de estos clérigos, militares, diplomáticos, escritores, héroes muchos y aventureros todos. Me pregunto si ahora se estudia su biografía o se cita su nombre en los colegios. No recuerdo haber visto en ninguna plaza una estatua a la memoria del primer español, que se sepa, que llegó a Bagdad, del primero que conoció Persépolis, del único que llegó a la Samarcanda de Tamerlán. Tampoco han tenido mejor fortuna la mayoría de quienes se adentraron en África o por las selvas de América. Al parecer, no somos dados a guardar el elogio y la memoria de quienes buscaron explorar el mundo. Pero ahí están: en los libros, ahora en un museo de arqueología. Héroes olvidados, inclinados, como escribió uno de ellos, al "misterio virtuoso" del viaje y del motor que todo lo mueve: la sencilla, simple e incansable curiosidad.