La Arboleda Bohemia por Luis Pancorbo

Ninguno de los presidentes republicanos de Estados Unidos (y algún demócrata) se ha perdido los ritos veraniegos en sitio tan peculiar.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

S e necesita invitación, pero hasta julio no son las celebraciones de la Arboleda Bohemia (Bohemian Grove), un bosque sagrado sin Diana a la vista en Monte Río, en el condado californiano de Sonoma, 120 kilómetros al norte de San Francisco. Ninguno de los presidentes republicanos de los Estados Unidos (y algún demócrata) se ha perdido los ritos veraniegos en ese sitio tan peculiar. Acuden magnates del tipo de los que Tom Wolfe llama amos del universo. Como muestra, un botón: los padres científicos del Proyecto Manhattan tuvieron tiempo de visitar las fabulosas secuoyas de la Arboleda Bohemia. Hay una foto al menos de Glenn T. Seaborg, descubridor del plutonio, disertando en una mesa al aire libre entre Nixon y Reagan en 1957.

La finca tiene mil hectáreas y es propiedad del Bohemian Club, el que pone en la entrada un búho con la leyenda: "Las arañas tejedoras no vienen aquí". Suena misterioso, insinuando que hay que dejar en la puerta los afanes crematísticos, pero se trata de una cita de Sueño de una noche de verano, de Shakespeare. Es una de las rarezas de un club fundado en 1872 con el apellido de bohemio no para tomar absenta y hacer sonatas al claro de luna sino como homenaje a Juan Nepomuceno, el santo nacido en la Bohemia checa que prefirió morir martirizado antes que revelar el secreto de la confesión. Variados conspiranoicos atribuyen al club un carácter satánico, y que allí se hacen sacrificios humanos a Moloch, cuando sus miembros tienen como patrón a un santo católico del siglo XIV. Otra cosa es que el club se reserve el derecho de admisión de millonarios (al estilo de David Rockefeller), de militares de muchas estrellas, de políticos de muchas conchas, de industriales insaciables y de jueces a los que no les tiembla la cartera a la hora de hacer justicia, o sea, personal alegre y dispuesto a divertirse en la Arboleda Bohemia como si fuese un elegante campamento de verano. Ahí ha ido gente tan desenfadada como George W. Bush, ya entrenado en Skull and Bones (Calavera y Huesos) de la Universidad de Yale, una asociación como para que tiemble el misterio de ser verdad una parte de lo que se dice de ella. La Arboleda Bohemia es más ecléctica, habiendo asistido a sus actos el socialdemócrata Helmut Schmidt, que fue canciller de Alemania. Y los esquemas se reblandecen aún más al saber que Francis Ford Coppola dio allí una charla titulada: Dos Repúblicas: Roma y América. Jack London y Mark Twain fueron nombrados socios honorarios del Bohemian Club original, el fundado por un grupo de periodistas en el Hotel Astor de San Francisco en 1872. Twain desde luego no podía pertenecer a una sociedad que adorase a un búho sin que se partiera de risa. Y London, ni con unas cuantas copas sacaría conclusiones metafísicas o extraterrestres de la arboleda a la que se mudó el club en 1878 y donde su amigo el poeta George Sterling representaba The Triumph of Bohemia (1907), un combate alegórico entre el espíritu -bohemio- y el dios Mammon (no otro que el vil dólar).

Los detractores de la Arboleda Bohemia no se cansan de decir que sus socios -los grovers- son gente capaz de abrazarse al tronco de una secuoya, el árbol más alto del mundo, para sacar de él energía y comunión, después de lo cual orinan en libertad bajo su copa, como si estuviesen aún en el instituto. La ventaja de una secuoya es que no tiene ramas en sus primeros veinte metros de tronco. Últimamente los grovers asisten a una obra de teatro, de aire druida, cuyo clímax es la cremación del personaje llamado Care (Desvelo o Preocupación). Un actor que lleva una máscara y una tea exclama: "Es un sueño, pero no del todo...Por el poder de vuestra hermandad, Dull Care [Torpe Desvelo] morirá". Parece que los socios, esos banqueros y mandatarios tan poco bohemios en el fondo, se regodean todos los años en la escena donde se mata y quema a Care. Y qué será Care: un secreto y expiatorio macho cabrío, una consigna o una pasada de verano en un teatro presidido por una estatua de un búho de doce metros de altura que pretende rivalizar con las secuoyas, y que hasta hace poco hablaba con la voz de Walter Cronkite, el famoso presentador de televisión.