Kirk

No puedo imaginarme a un “Ulises” sin el rostro de Kirk Douglas. Y por lo mismo, es mi actor-viajero por excelencia.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Una de las maneras de ver venir a “la pelona” –así le llaman cariñosamente a la muerte en México– es abrir el celular, consultar la lista de tus teléfonos personales y darte cuenta de que, de pronto, en el último año, tienes que tachar ya unos cuantos números de quienes fueron tus amigos o tus parientes y que ya se han ido para siempre. Que si un primo de tu edad, que si una tía ya centenaria, que si un colega con el que te corriste unas juergas... Yo me resisto a hacerlo por el tembleque que me entra. Pero a la postre tengo que ponerme a la tarea para aligerar un poco la lista. ¿Yo soy quien aligera, he dicho? Bueno, quien aligera realmente de peso es la vida.

Hay maneras menos dolorosas de ver correr el tiempo hacia esa meta ineludible que nos anuncia la calvorota mexicana. Y no por ello dejan de provocarnos una honda perplejidad. A mí me pasa con los actores de Hollywood, los de mi infancia, los que admiré en cientos de películas. Con ellos fui romano, bárbaro, guerrero medieval, explorador y soldado confederado o de la Unión. Con ellos fui submarinista y participé en luchas terribles en las selvas. Con ellos recorrí las sabanas africanas enfrentándome a tribus salvajes. Con ellos me adentré en la jungla urbana para pelear con criminales y gánsteres. Con ellos cabalgué por las extensas praderas del Oeste infectadas de cuatreros y de indios. Con ellos, en fin, traté de besar a las mujeres más atrayentes del planeta, aunque el gusto se lo llevaban ellos y yo me quedaba con las ganas.

Si hago memoria y miro la lista, ya se han ido prácticamente todos. Me refiero a los Cooper, Gable, Flynn, Wayne, Fonda, Mitchum, Widmark, Lancaster, Bogart, Heston, Peck, Stewart, Holden, Hudson o Newman, y otros pocos que pueden habérseme escapado. Algunos estaban ayer, como quien dice, todavía aquí. Y de repente se han esfumado.

Queda claro, ya lo he sugerido, que me refiero solamente a ellos; porque, si pienso en ellas, puede que me eche a llorar. ¡Ay, Marilyn!, ¡ay, Ava!, ¡ay, Maureen!

Pero hay un superviviente, uno que sigue ahí vivito y coleando, un tipo llamado Kirk y de apellido Douglas. Cumplió hace unos pocos meses los 101 años y ya no hace cine. Pero tanto fue el que hizo, y tan bueno, que sin duda forma y formará mucho tiempo en las filas de nuestros inolvidables.

Por lo que me cuentan las mujeres, no era especialmente guapo. Pero tenía ese punto de pícaro, esa pinta de golferas que tanto les atrae a ellas. Probablemente hacía trampas con cartas marcadas o con dados trucados en el peso. Pero en el fondo no era mal tipo.

Hay papeles que han interpretado algunos actores y que ya no podrán ser sustituidos por otros nuevos. El Sam Spade de Humphrey Bogart, por ejemplo. A Douglas le corresponde con todos los honores el de Ulises, el protagonista homérico de La Odisea. Nadie como él para dar vida a aquel héroe truquista, mentiroso, “experto en ardides” e “ingenio multiforme” –Homero dixit– que se divertía engañando incluso a los dioses. Que se lo digan a Poseidón, que nunca le perdonó la que le jugó a su hijo Polifemo.

Yo no puedo imaginarme a un Ulises sin el rostro de Kirk Douglas. Y por lo mismo, es mi actor-viajero por excelencia. Su patria es Ítaca, claro; su bandera, la misma que la del pirata Erroll Flynn; su barco, el Pequod, de Gregory Peck, y su libro, La Odisea, desde luego.

Que no se nos muera pronto. Moriríamos un poco con él.