Kinsasha, por Javier Reverte

La capital congoleñadestila calor humano, hospitalidad y, sobre todo,un gran sentido del humor.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hacía casi veinte años que no visitaba Kin la belle, como bautizaron sus habitantes a Kinshasa, actual capital de la República Democrática del Congo, tras su independencia en 1960. Antes, desde que la fundó el explorador Stanley en 1881, había sido llamada Leopoldville, en honor de Leopoldo II de Bélgica, un monarca de ingrata memoria, que explotó la riqueza en oro y marfil de los territorios que forman el actual país y martirizó y masacró a sus habitantes hasta niveles hoy inimaginables. Yo había estado en la ciudad alrededor de 1980, cubriendo como periodista una visita oficial de los Reyes de España, y había vuelto en 1997, en un periodo de entreguerras, para navegar el enorme río Congo, una aventura que casi me cuesta la vida y que ya conté en un libro. Ahora volvía invitado por el embajador español Javier Hergueta -un hombre culto y muy rodado en la diplomacia- para ofrecer una charla sobre mis experiencias congoleñas a la comunidad hispana que reside en la ciudad.

La verdad es que Kinshasa nunca fue belle y hoy tampoco lo es. Creció sobre una pequeña aldea de pescadores y actualmente cuenta con un número indeterminado de almas, que supera de largo los 10 millones. Como muchas grandes ciudades de África, creció de forma anárquica y cuenta, lo mismo que muchas otras, con un centro de negocios formado por grandes edificios y una vigilancia policial extrema, algunos barrios de lujo perfectamente amurallados para la oligarquía local y las embajadas, e interminables barriadas de calles enfangadas, casas miserables, mendigos, ladronzuelos, niños abandonados, enfermos sin techo, mercados inmensos en donde se compra y se vende de todo, un tráfico caótico y, a la noche, los atronadores ritmos de la famosa y alegre rumba congoleña en los locales del barrio de Matonge. No hay mucha diferencia entre Kinshasa y Abidjan, Dar es Salaam o Lusaka. Son urbes adonde ha llegado una masiva emigración de la pobreza de los campos y donde las gentes que huían del hambre no han encontrado otra cosa que, de nuevo, el hambre.

Un turista que llega por vez primera a Kinshasa y no se asoma más allá de las avenidas 30 de Junio y 24 de Noviembre, que abandona solo ocasionalmente el lujoso bar de su hotel -en donde la cerveza fría cuesta el triple que en España- o que reduce sus caminatas al lujoso barrio residencia del Gombe, con su bonito paseo arbolado a la orilla del río, encontrará Kinshasa una ciudad algo desbaratada, no muy hermosa, pero al menos habitable. No es la mejor manera de conocer la ciudad, sin embargo. Y quizás la idea más precisa de la urbe nos la pueda dar un paseo por el Mercado Central. Antes resultaba muy peligroso ir allí y un blanco se jugaba casi la vida si lo recorría solo. Hoy se juega tan solo la cartera y el reloj, si no anda despabilado. Pero en el lugar, como contrapunto, encontrará la vida real de una ciudad que abruma, que enloquece y que, en cierto modo, puede llegar a enamorar. Porque Kinshasa, como muchas otras ciudades subsaharianas, destila calor humano, hospitalidad y, sobre todo, un gran sentido del humor. Los congoleños son famosos por su manera risueña y humorística de enfrentarse a la vida y el anecdotario de Kinshasa daría para llenar un libro. El Congo y Kinshasa han cambiado, me decían quienes viven allí y lo conocen desde hace años. Y quizás sea cierto desde un punto de vista político, con una situación más estable y sin riesgos de guerra. Pero la miseria, el caos y el calor humano sobreviven.