"Kairuán", por Luis Pancorbo

Lo mejor en Kairuán, la cuerata ciudad más sagrada del Islam, es prederse por la medina. Con suerte y alguna propina se encuetra la cofradía de "Sidi Amor Abada", un santónn muy venerado en la villa que forjó los cañones con los que se tomó Sebastopol.

Luis Pancorbo

Kairuán es la cuarta ciudad más sagrada del islam después de La Meca, Medina y Jerusalén, lo que induce al viaje, pero al aire de cada cual que siempre es mejor. En 1914 Paul Klee se quedó deslumbrado por esta ciudad tunecina que le hizo escribir en su Diario : "Yo y el color somos uno... Soy pintor". Ahí está para corroborarlo su insinuante acuarela Ante las puertas de Kairuán. La medina kairuanesa, tamizada por los ojos de Klee, se convirtió para siempre en una sucesión de cuadrados mágicos, las cúpulas se deshicieron de toda gravedad, y las luces descarnadas ganaron la partida a las formas. A fin de cuentas, la ciudad de los blancos laberintos le inspiraría tanto a Klee como a Picasso el paisaje de Horta de Sant Joan para crear otra rama de lo inexistente.
En fin, las décadas pasan y traen sus cambios y afanes, pero al infiel, o sea, al no musulmán, le permiten visitar Kairuán a diferencia de lo que sucede en La Meca y Medina. Jerusalén es otro cantar. El problema en Kairuán sería ir ligeros de ropa, aunque eso se soluciona alquilando -ellas y ellos- una bata blanca con la cual se impone hacerse otra foto. Con ese disfraz se llega por ejemplo hasta el patio de la Gran Mezquita desde donde se atisba el imponente bosque pétreo del interior del templo, casi mil columnas que proceden del Coliseo de El Djem, y de otras ruinas romanas de Susa y Cartago. Otra vez más los mármoles de los vencidos se hacen peanas de las fes de los ganadores.
Lo mejor en Kairuán es perderse un poco por la medina. Con suerte y alguna propina se encuentra la sede de la cofradía de Sidi Amor Abada, un santón muy venerado en la villa y que en realidad fue un herrero tan forzudo como Astérix. Su mausoleo se enclava dentro de un complejo, construido en 1872, que tiene cinco cúpulas. Lo más interesante es el pequeño museo donde ponen desde anclas (para sujetar a Kairuán dentro del país invadido por los franceses), a enormes sables y una pipa gigantesca. En 1855 Sidi Amor forjó dos cañones tan milagrosos que hasta que no llegaron a Sebastopol, en Crimea, no se pudo tomar esa ciudad, lo cual se da, como no podía ser menos, como una hazaña del islam popular.
Pero la santidad de Kairuán no viene de ese misterioso herrero, sino de haber sido edificada en el 670 por Akbar Ibn Nafi. Apenas había transcurrido medio siglo de la Hégira y llegaron a Kairuán discípulos de Mahoma, gentes que habían compartido años y confidencias con el Profeta. La ciudad naciente se convirtió enseguida en un importante punto de peregrinación musulmana. Todavía se dice que siete viajes a Kairuán son como uno a La Meca, tal vez porque el que no se consuela es porque no quiere. Lo cierto es que en la actual Kairuán te quieren vender hasta el aire que respiras aparte de camellos de borra, bongos, narguilés, chaquetas de cuero cuando la temperatura es de 40 grados, alfombras o mergúms y kilims que tienen menos nudos y pesan mucho menos.
Otra cuestión son esplendores como los de la zaouia o sede de la hermandad de Abu Zama el Belaoui, también llamado Sidi Sahab (sahab es "compañero de Mahoma") y El Barbero, porque llevaba siempre consigo tres pelos de la barba del Profeta. Es un lujo ir por sus patios contemplando artesonados de cedro, paredes de estuco y azulejos. No dejan entrar hasta la tumba de El Barbero, aunque un sacristán del morabito te echa agua de azahar en la cabeza. A todo esto vienen muchas mujeres beduinas con esos sones de algazara que sacan haciendo vibrar su lengua con la boca entreabierta. Acompañan a sus pálidos hijitos de seis o siete años todos tocados con un fez rojo (chechia en Túnez) y resignados a que les corten con unas santas tijeras el prepucio, tema que sigue siendo muy fronterizo para todas las religiones.
Luego, en un lugar de la medina llamado Bir Baruta, y que no tiene pérdida, porque casi te meten de bruces allí, hay un enésimo portento. Un viejo camello medio ciego no hace más que dar vueltas en una angosta habitación para sacar agua de un pozo. Quien bebe esa agua, conectada subterráneamente con La Meca, no sólo obtendrá grandes porciones salutíferas, y baraka o suerte divina a chorros, sino que regresará a Kairuán. El dueño del camello, que a lo mejor conoce la Fontana de Trevi, ha puesto un paño blanco con algunas monedas como cebo junto a los vasos de agua.