Julián Cañas (58 años), madrileño y el último barquillero de la capital tras cinco generaciones: “Es un oficio que llevo en la sangre desde toda la vida"
La familia Cañas Sacristán, con más de cien años de historia, continúa elaborando barquillos en Madrid siguiendo la misma receta que su bisabuelo panadero diseñó.

Juñián Cañas, el último barquillero de Madrid / Alba / Epe
Más allá de la arquitectura, el entramado, el skyline, y los museos de historia modernos, las ciudades guardan su esencia, cultura, costumbres y gastronomía, en su tradición, propia, indiscutible y resultado de cientos de años de evolución en un nicho que no sobrepasa el linde con la ciudad adyacente, y hace de cada región, una historia intransferible.

Adriana Fernández
Desde las canciones populares hasta las anécdotas históricas que devuelven la vida al espacio más simple con un “aquí fue donde” seguido de un pasaje del Buscón, un cotilleo de Isabel II o marcas imborrables en algún edificio emblemático; más allá de todo esto, la tradición de cada ciudad recoge el vínculo invisible que une a los gatos a sus tejados, y la vida a sus historias.

Plaza de Sol, en la ciudad de Madrid / Istock
El último barquillero de Madrid
Castiza, chula y presumida, la ciudad de Madrid mantiene muchas de las costumbres que han moldeado su cultura, desde flores hasta mantones, todo en el marco de un baldosín, imágenes reconocibles que, sin embargo, a veces olvidan otras que también lo fueron y que, como es este caso, luchan por sobrevivir al tiempo.

Barquilleros en el Rastro de Madrid / Istock
"Los madrileños ya los han comido de pequeños", explica Julián Cañas, el último barquillero de la capital, ataviado con boina, chaleco y clavel siguiendo el uniforme chulapo, “dicen 'no, si yo soy de Madrid, ya los he comido mucho'. Entonces cada vez vendemos más al turismo. Ahora el turismo es lo que nos ayuda a seguir adelante", admite.

Barquillero en el Retiro / Istock / @jjfarquitectos
En conversación con el Periódico de España, Julián cuenta cómo cinco generaciones más tarde, hijo, nieto y bisnieto de barquilleros, continúa con un oficio que relevó con solo doce años, acompañando a su padre: "Venimos a los pregones y a las fiestas, y prácticamente solo estábamos mi padre, mis hermanos y yo. Ahora parece que eso ya ha cambiado algo", asegura al medio, junto a su barquillera, pintada con la escultura de la Fuente de Cibeles, y el nombre del patriarca ‘Félix’.

Barquillera Felix Cañas / Wikicommons/By Tamorlan - Own work, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8026842
Con una media de 300 barquillos al día, Cañas se encarga por completo de la producción del producto, hecho exclusivamente, a base de azúcar, harina y agua, independientemente de la tipología que, más adelante puede responder a parisien, galleta, regular o con chocolate.
¡Al rico barquillo!
"Imagínate que cinco generaciones han tenido un librito con la receta apuntada que se ha ido pasando de padres a hijos”, así es, explica, como a día de hoy continúan produciendo las obleas, siguiendo la misma fórmula que en su día su bisabuelo, panadero, describió en un intento por traer prosperidad a su familia y que hoy, más de cien años más tarde, responde a la misma práctica.

Barquillero en la calle Preciados / Istock / CHUYN
Ahora es poco lo que ha cambiado desde ese lado de la barquillera, y aunque el itinerario es el mismo -el Rastro, Preciados, la plaza de la Almudena, el entorno del Palacio de Oriente, la Paloma o San Isidro-, su contraparte exige otras cosas, ventas envasadas, otra moneda o, en los últimos años, ninguna, y una nueva selección de clientes que, en muchos casos, apenas se defienden con el idioma.
Sin embargo, el negocio continúa y, tras su jubilación será su hijo pequeño el que continúe, si el negocio lo permite, con esta tradición ya centenaria, convirtiéndose en el nuevo “último barquillero de Madrid”, siguiendo con el oficio de la familia Hijos de Félix Cañas Sacristán.

Chulapos de Madrid bailando un chotis / Istock / J.Paredes
Así, como ellos, son muchas las costumbres que tratan de mantenerse a flote, y aunque algunas parecen salvarse – un bocadillo de calamares sentado en la Plaza Mayor, el chocolate con churros de San Ginés o los domingos del Rastro-, otras como cantar y bailar un chotis, revivir el Motín de Aranjuez o celebrar la Pasión Viviente de Chinchón, esperan recuperarse.
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