Juan Ignacio López-Moreno, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología: "Podemos esperar que en 10 o 15 años no haya glaciares activos en la cordillera"
En doce años, los grandes glaciares del Pirineo han perdido 15 metros de espesor medio, más de lo que les queda hoy. La cordillera podría quedarse sin hielo activo en poco más de una década.

Los glaciares de España podrían desaparecer en 10 o 15 años. / Istock / Hans Geel
En 1850 el Pirineo sumaba 52 glaciares. Hoy quedan 14, repartidos en apenas 143 hectáreas: menos de la mitad de la superficie helada que había en 2011 y casi seis veces menos que en 1984, cuando el hielo todavía cubría 814 hectáreas. La curva no se ha aplanado en ningún momento de los últimos 175 años, y los últimos datos disponibles -correspondientes a 2025- confirman que la pendiente sigue siendo la misma.

Montaña cubierta de nieve en los Pirineos. / Istock
Ignacio López-Moreno, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC), resumía la situación en declaraciones recogidas por el periodista Josan Ruiz Terrés en su Substack El viaje infinito, en el artículo "Acompañar a los glaciares" (11 de julio de 2025): en 10 o 15 años no haya glaciares activos en la cordillera. Los grandes glaciares pirenaicos han perdido en la última docena de años más espesor del que conservan en la actualidad, un ritmo de fusión que, de mantenerse, dejaría al macizo sin masas de hielo en movimiento antes de mediados de la próxima década.

Adriana Fernández
Qué es un glaciar y por qué el del Pirineo está condenado
Un glaciar no es, en sentido estricto, un bloque de hielo inmóvil sobre una montaña: es una masa que fluye, lentamente pero de forma continua, por efecto de su propio peso. Esa capacidad de movimiento es lo que lo distingue de un helero, que es hielo residual, estático, sin la dinámica interna que define a un glaciar propiamente dicho. Cuando un glaciar deja de moverse, técnicamente ha dejado de serlo, aunque el hielo siga ahí durante años.

Cima montañosa en los Pirineos. / Istock / t
El Pirineo ocupa una posición singular en el mapa mundial del hielo: es la cordillera glaciar más meridional de Europa, y sus glaciares sobreviven en un equilibrio mucho más frágil que el de los Alpes o los sistemas escandinavos. La combinación de una latitud relativamente baja con altitudes que no llegan a los 3.500 metros deja muy poco margen térmico. Un verano especialmente cálido, o una temporada con escasas nevadas invernales que no logran cubrir el hielo antiguo, puede adelantar años de fusión en solo unos meses. Es, en la práctica, un sistema al límite de sus condiciones de existencia desde hace más de un siglo, y cada década de calentamiento adicional lo empuja más cerca del borde.
Los casos concretos: Monte Perdido y Maladeta
El verano de 2022 marcó un punto de inflexión visible para dos de los glaciares más estudiados del macizo. En Monte Perdido, el glaciar inferior -que ya se había separado del superior décadas atrás- terminó de escindirse en dos fragmentos independientes. El geólogo Ánchel Belmonte, director científico del Geoparque Sobrarbe-Pirineos, explica que el proceso empezó en 2010, cuando apareció una cuña rocosa en el centro de la masa helada. Esa roca, al retener calor, aceleró la fusión a su alrededor hasta completar la división. Según Belmonte, "el piso superior, más agrietado y con mayor espesor, será el que sobreviva más tiempo", mientras que la parte fragmentada del inferior tiene un futuro previsible: convertirse en un helero, sin apenas movimiento propio.

Glaciar Aneto. / Istock
En la Maladeta, el deterioro de 2022 fue igual de brusco. La nieve dejó de proteger el hielo del sol ya en junio, cuando lo habitual era que ese proceso empezara en agosto. Los investigadores de la Confederación Hidrográfica del Ebro, que llevan 31 años midiendo este glaciar, lo calificaron como el peor año de toda la serie, tanto en pérdida de superficie como de espesor. El frente retrocedió 106 metros en una sola temporada. Con ese ritmo, la extinción del glaciar de la Maladeta se prevé para 2035.
Estos dos casos no son anomalías locales: se inscriben en una tendencia global. Solo en 2024 se fundieron en el planeta 450 gigatoneladas de hielo, el doble del promedio anual registrado en lo que va de siglo. Naciones Unidas ha fijado el 21 de marzo como Día Mundial de los Glaciares y declaró 2025 Año Internacional de la Conservación de los Glaciares, un reconocimiento institucional de una crisis que, en el Pirineo, se mide ya en años y no en décadas.

Glaciar en Monte Perdido. / Istock
Qué quedará y qué se puede ver
Aunque los glaciares activos tengan fecha de caducidad, el paisaje que han esculpido durante milenios seguirá ahí mucho después de que el hielo desaparezca. Los valles en forma de U de Ordesa, tallados por el avance glaciar, y los ibones -esos lagos de alta montaña de origen glaciar que salpican el macizo- son la herencia visible de un proceso geológico que no se borra aunque el hielo se retire. Al otro lado de la frontera, el circo de Gavarnie conserva una de las paredes rocosas más espectaculares de los Pirineos franceses, y el de Panticosa, en Huesca, ofrece una version igual de imponente en el lado español. Más al este, el valle de Núria, en Girona, es un inmenso circo glaciar donde antiguamente confluían tres lenguas de hielo distintas.

Los Pirineos cubiertos de nieve. / Istock
Hay quien ha dedicado años a documentar este declive desde dentro. El fotógrafo Javier Vallhonrat, Premio Nacional de Fotografía en 1995, ha subido más de un centenar de veces al glaciar de la Maladeta desde 2011, salvando cada vez los 1.100 metros de desnivel que separan el refugio de la Renclusa, en el valle de Benasque, de la masa helada. Su proyecto "Ciclo de la Maladeta" se expuso entre marzo y octubre de 2024 en el Centro de Arte y Naturaleza de Huesca (CDAN), y funciona como un registro visual de una transformación que, de otro modo, sería difícil de percibir a simple vista año tras año.

Una preocupante realidad sobre los glaciales del Pirineo. / Istock / TONO BALAGUER
Quien se adentre en estos entornos de alta montaña debe hacerlo con la preparación adecuada: moverse sobre el hielo y el peñascal de la Maladeta exige crampones y piolet, hay riesgo de desprendimientos de roca, posibilidad de caída en grietas y una fuerte exposición a tormentas eléctricas en las horas centrales del día. No son terrenos para la improvisación, y la fragilidad del entorno pide, además, moverse por rutas señalizadas y evitar cualquier alteración del terreno.
Para el geólogo Ánchel Belmonte, lo que ocurre en el Pirineo es, ante todo, una cuestión de tiempos que ya no coinciden con los ciclos naturales a los que la cordillera estaba acostumbrada: el hielo que tardó siglos en formarse se está retirando en cuestión de años, y esa asimetría es la que define, mejor que ningún otro dato, lo que le espera a esta cordillera en la próxima década.
- El refugio de Risto Mejide (51 años) y Natalia Almarcha (30 años) es una isla que él mismo llama 'mi lugar favorito': Reserva de la Biosfera y un sendero de 185 kilómetros que la rodea entera
- Las raíces separadas de Paula Echevarría (49 años) y Miguel Torres (40) están en dos refugios de la infancia que ya no existen: una villa marinera asturiana y un eterno barrio de Madrid
- Paz Padilla y el pueblo marinero de 1.100 habitantes donde se refugia: 'Prefiero esa zona porque está más virgen y menos masificada
- Álvaro (39 años), abandonó la ciudad y vive solo en un pueblo de Asturias: 'Uno de mis objetivos es mantener el pueblo, que esté bien y la gente lo disfrute cuando venga
- Las raíces de Iñaki López (53 años) están en una villa del País Vasco con un Patrimonio de la Humanidad: “Mi abuelo Cándido me llevaba a comer caracolillos, era un clásico”
- Rozalén y el pueblo de Albacete repleto de cascadas en el que creció: “Necesito estar en mi pueblo, con la gente que quiero”
- Sarah Santaolalla y la ciudad de Castilla y León en la que nació: piedra dorada, dos catedrales y un puente romano de 2.000 años
- Las raíces de Amaia Montero (50 años) están en la villa del País Vasco donde nació: más de 2.000 años de historia, rodeada de montañas y unida a Francia por un puente modernista de 100 metros