Joseph Conrad, marino y escritor de la vida

Korzeniouski, Korsoniwski, Korzenrowski… Harto de que le escribieran el nombre mal, Józef Teodor Konrad Korzeniowski anglicanizó su apellido y su pasaporte. El autor polaco izó velas en la marina mercante británica y navegó por el Caribe, los Mares del Sur, el Mediterráneo, las costas indias, África... en la época de los últimos clíperes, rehaciendo su biografía cual historia de aventuras.

Por Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

Grandes travesías marítimas

Creyó que lo de echarse a la mar era una aventura, y en realidad era la vida...  Huérfano de polacos fichados por antizaristas, Joseph Conrad (1857-1924) se marchó a Marsella por insurrecta vocación naviera (librándose así de la leva). Era un grumete de 17 años cuando partió rumbo a las Antillas en el Montblanc. "Decidido a ser marino, iba a ser un marino británico". La Insignia Roja le ponía menos trabas como extranjero. El inglés lo aprendió a bordo, pero nunca corrigió su acento obstinado. También chapurreaba el malayo, de tanto navegar por el Lejano Oriente. Con el Duke of Sutherland cruzó el ecuador por primera vez, en una tempestuosa singladura destino Sídney; aunque para accidentada la travesía del Palestine, que se hundió antes de llegar a Bangkok, al incendiarse el flete de carbón.

Puerto de Marsella en la segunda mitad del XIX. | viajar

El entonces segundo oficial no sabía nadar; bogaba ahogado en deudas, obligado a aceptar trabajos (y salarios) por debajo de su cargo. Solo ejerció de capitán en el Otago y, temporalmente, en el Roi des Belges, vapor con el que se adentró en las tinieblas del Congo y de la colonización. Regresó más muerto que vivo, con fiebre, disentería, dispepsia, neuralgia, reumatismo... Sus últimos treinta años los pasó varado en tierra, escribiendo novelas de aventuras... escribiendo la vida.

Aventurero y autor prolífico

"En la actualidad me siento inconscientemente forzado a escribir un volumen tras otro, de igual forma que en el pasado me sentí forzado a emprender un viaje tras otro". Conrad noveló sus experiencias marineras en obras como La flecha de oro, cuyo protagonista participa en un complot carlista. El tormento creativo le ocasionaba dolor de muelas, gota, crisis... Cuando perdía los estribos vociferaba en polaco; superado el temporal, le hacía un buen regalo a su esposa. Así publicó trece novelas, veintiocho relatos cortos y dos libros de memorias; a uno de ellos, El espejo del mar, corresponde el texto a continuación (Penguin Random House).

Joseph Conrad navegó en los rápidos veleros Clíper. | Viajar

"En ningún sitio se sumergen los días, las semanas y los meses más rápidamente que en el mar"

Algunos capitanes de barco marcan su partida de la costa nativa contristados, con un espíritu de pesar y descontento. Tienen mujer, tal vez hijos, alguna querencia en todo caso, o quizá solamente algún vicio predilecto que debe dejarse atrás durante un año o más. Solo recuerdo a un hombre que deambulara por el puente con paso ligero y anunciara el primer rumbo de la travesía con voz alborotada. Pero aquel, como supe más tarde, no dejaba nada tras de sí, a excepción de una maraña de deudas y amenazas de acciones legales.

En cambio, he conocido a muchos capitanes que, en cuanto su barco abandonaba las estrechas aguas del Canal, desaparecían enteramente de la vista de la tripulación durante tres días o a veces más. Efectuaban, por así decirlo, una prolongada inmersión en su camarote para emerger tan solo unos cuantos días después con un semblante más o menos sereno. Solían ser los hombres con los que resultaba fácil llevarse bien. Además, un retiro tan absoluto parecía indicar una satisfactoria dosis de confianza en sus oficiales, y que se confíe en él es algo que no desagrada a ningún marino digno de ese nombre.

Singapur hacia 1900. | Viajar

En mi primer viaje como piloto o segundo de a bordo con el buen capitán MacW, recuerdo que me sentí muy halagado y fui a cumplir alegremente con mis obligaciones al quedar como capitán a todos los efectos prácticos. Sin embargo, por muy grande que fuera mi ilusión, lo cierto es que el verdadero capitán estaba allí, respaldando mi seguridad en mí mismo, aunque permaneciera invisible a mis ojos tras la puerta de su camarote chapeada de madera de arce y con picaporte de porcelana blanca. […] El buen MacW ni siquiera salía para las comidas, y se alimentaba solitariamente en su sanctasanctórum por medio de una bandeja cubierta por una servilleta blanca. Nuestro camarero solía dirigir miradas irónicas a los platos completamente rebañados que iba sacando de allí. Esta apesadumbrada añoranza del hogar, que acongojaba a tantos marinos casados, no privaba al capitán MacW de su legítimo apetito. De hecho, casi invariablemente el camarero se llegaba hasta mí, sentado en la silla del capitán en la cabecera de la mesa, para decirme en un grave murmullo: "El capitán solicita otro trozo de carne y dos patatas". Nosotros, sus oficiales, lo oíamos moverse en su litera, o roncar levemente, o lanzar hondos suspiros, o chapotear y resoplar en su cuarto de baño; y, por así decir, le pasábamos nuestros informes a través del ojo de la cerradura. El supremo exponente de su carácter afable era que las respuestas que recibíamos las daba en un tono sumamente apacible y amistoso. […]

Grupo de arawaks en Paramaribo (Surinam). | Viajar

La rutina del barco es una medicina excelente para los corazones dolidos y también para las cabezas doloridas; yo la he visto calmar –al menos durante algún tiempo– a los espíritus más turbulentos. Hay salud en ella, y paz, y satisfacción por la ronda cumplida; porque cada día de la vida del barco parece cerrar un círculo dentro de la inmensa esfera del horizonte marino. La majestuosa monotonía del mar le presta su similitud y con ella una cierta dignidad. Quien ama el mar ama asimismo la rutina del barco.

En ningún sitio se sumergen en el pasado los días, las semanas y los meses más rápidamente que en el mar. Parecen quedar atrás con tanta facilidad como las ligeras burbujas de aire en los remolinos de la estela del barco, y desaparecer en un gran silencio por el que el navío avanza con una especie de efecto mágico. Nada, salvo un temporal, puede perturbar la ordenada vida del barco.