Josep Pla, brillante testigo del siglo XX

La tramontana y el garbino le dieron aires de paisano, pero el escritor catalán fue un periodista cosmopolita que viajó sin cesar durante la primera mitad del siglo XX, observando el mundo minuciosamente.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Josep Pla

"He nacido en Palafrugell el 8 de marzo de 1897. La totalidad de mi sangre es ampurdanesa…”. Los padres de Josep Pla quisieron que él y sus tres hermanos pequeños estudiaran una carrera, por eso se matriculó en Derecho, si bien prefería las tertulias del Ateneo barcelonés, pasear y leer a Montaigne. Nunca trabajó de abogado, pero ejerció como notario de su tiempo en los diarios: fue corresponsal en el París del Tratado de Versalles; cubrió la marcha de Mussolini sobre Roma; estuvo en Alemania cuando una cerveza costaba tres millones de marcos inflados; conoció la Cuba de Batista y un Estado de Israel recién creado; el Kremlin le emocionó, al igual que el Metropolitan de Nueva York; en Atenas se abrazó a una columna del Partenón. Sudamérica también la visitó.

Al periodista catalán le gustaba ir en petroleros, porque el pasaje le salía gratis y porque eran lentos. Quiso comprarse una barca, pero para hacer contrabando con Francia. Ayudó a los perseguidos del nazismo y le acusaron de colaborar con los Aliados; aunque antes había cooperado con los servicios de espionaje de Franco. Al régimen le molestaba su prosa catalana, y a él la censura le asqueaba.

Acabó por retirarse a la Costa Brava; recorrió sus pueblos a pie, en autobús, en tren. Vivió en Fornells, en Cadaqués, en L’Escala. Y murió con 84 años en una masía solitaria de Llofriu, en la misma cama donde escribía con la letra y la boina apretadas. Un pitillo y un whisky complementaban su traje de payés humilde: “Yo siento que podría curarme de todos mis vicios y de todas mis virtudes, caso que tenga alguna; lo que no podré dejar jamás es mi recalcitrante vagabundaje”.

“Yo no he hecho ningún viaje de turismo. Todos los viajes que he hecho han sido para trabajar, para escribir”. Unas treinta mil páginas forman la obra de Josep Pla, entre artículos, ensayos, dietarios, guías y relatos viajeros. “Hasta ahora he tenido la desgracia de no poder presentar a mis lectores un libro sobre algún país remoto, exótico y extraordinario. En mis libros no hay mosquitos, ni leones, ni chacales, ni objeto alguno sorprendente o raro”. El fragmento a continuación corresponde a Viaje en autobús, crónicas sobre sus paseos por la Cataluña de posguerra, editadas por Austral y publicadas originalmente en la revista Destino.

Josep Pla

“El viaje, en efecto, es el mejor remedio que existe para combatir la enfermedad de la proximidad”

Todos estos pueblos de La Maresma son iguales. Hay unas casas delante del mar, sobre la playa, que forman el antiguo barrio de pescadores. Estas casas están separadas en dos grupos –el de levante y el de garbí– por la riera. La riera baja del minúsculo valle interior en forma abrupta y rápida. En sus márgenes se levantan unos edificios que suelen ser, en cada pueblo, los más burgueses. Estos edificios forman La Rambla. Al anochecer, las señoritas y los jóvenes de la localidad se pasean por ella.

Generalmente, estas rieres están en seco. Son exhaustas y polvorientas. Unos árboles las sombrean. Cuando llueve, se desbordan, arrastran mucha arena y producen unos estropicios meridionales y tartarinescos. Luego, a ambos lados de La Rambla se extienden plazas, calles, casas, donde viven los ciudadanos y donde, cuando les llega la hora, mueren. Se puede perfectamente imaginar el crecimiento fabuloso de estos pueblos, de uno cualquiera de ellos. En este caso, el núcleo urbano que resultaría sería como la actual Barcelona. Barcelona tiene la constitución básica uniforme de un pueblo de La Maresma. No hay ninguna razón física que se oponga a que estos pueblos lleguen a ser, con el tiempo, lo que es Barcelona. En definitiva, Barcelona es el pueblo de La Maresma que tiene más habitantes –tiene algunos, pocos, más que Mataró–; Barcelona es la capital de La Maresma.

Si un día os encontráis en uno de estos pueblos, seguid la riera contra corriente, hacia el interior, y después de andar unos kilómetros encontraréis, recóndito, soleado, estático, otro pueblo. De Vilassar de Mar llegaréis a Vilassar de Dalt; de Arenys de Mar, a Arenys de Munt; de Caldetes a Sant Vicenç de Montalt. Estos pueblos debieron formarse cuando las poblaciones de la costa no pudieron mantenerse en ella por el terror producido por las invasiones de los pueblos del mar. Por eso desde el mar son invisibles.

Desde estos minúsculos pueblos campesinos –que yo adoro porque tienen un recogimiento adormecido en el zumbar de las abejas y en la sinfonía de los olores de las hierbas secas y una densa, divina, paz– se ve la gran falda de tierra, cuenco elegantísimo que desciende lentamente hacia la costa y el mar en lontananza. En el estío, los días de gran calma, cuando el mar del golfo es de color de estaño fundido y el sol pone sobre las aguas un punto de nebulosidad, se percibe casi desde ellos el balanceo profundo, el flujo y el reflujo abisal del mar. Y entonces es cuando se ve el mundo desde aquí como en la lejanía; uno se siente en seguridad frente a sus movimientos indiscernibles y fatales.

Las poblaciones de la costa son agitadas, prietas, industriales. Poblaciones de paso, con el trajín de la carretera al lado, su vida tiende a dispersarse de puertas afuera. Los pueblos del interior, en cambio, tienen la dulzura de su botánica exquisita. Rodeados de luminosos algarrobos y de rosados almendros, los setos vivos, erizados de pitas, con el verde brillante de naranjos y limoneros en las fachadas de las casas, las hurtadas hondonadas aromadas de romero, espliego y tomillo, las viejas higueras de los huertos minúsculos... estos pueblos parecen concentrados hacia dentro, en mirar hacia dentro. Me gustan más estos pueblos que aquellos.

Lluis Vicens

Y luego hay La Maresma: la falda de tierra que cae dulcemente hasta el mar desde estos montes de perfil tan dulce, sobre los que se recortan, a la hora del crepúsculo, las siluetas de unos pinos y en los que anidan estos pueblos recoletos. Tierra pobre y pedregosa en la vertiente –tierra de viñas–, se convierte, al filo de la costa, en una inmensa huerta feracísima. […]

Esta es una comarca catalana. Normal, ecuánime, ponderada –como se decía antes–. Hay un orden perfecto. Este orden es obra del cálculo, obedece a un plan material de rendimiento. Pero este orden –y esto parece un milagro– coincide con un orden de belleza y de armonía en el paisaje que el rústico quizá no sospecha y al que obedece ciegamente. Una gran huerta, primorosa, voluptuosamente cultivada. Al fondo, unas lomas mansas, suaves, de una dulzura de líneas inefables. Las vides, los algarrobos, los olivos, cubren sus vertientes azucaradas. Sobre alguna de estas lomas hay una ermita blanca. Estas ermitas están dedicadas, en una forma u otra, a la Virgen del Mar, la Virgen que aparece, salvadora, en los naufragios.

El milagro no puede ser más humano, ni más considerado. La puerta de la ermita, con su remate ligeramente pomposo, recuerda las viejas camas de matrimonio del país, anchas y nudosas. Desde la ermita se ven muchos pueblos, enjabelgados, blancos, rutilantes, asentados, sucesivamente, sobre la sinuosidad de la playa. En verano, a la hora de la siesta, con una lente, se podrían ver, desde la ermita, las acacias de bola del paseo, de sombra fresca y corta, y un señor, en mangas de camisa, sentado en una mecedora, con un cigarro en la boca, medio dormido, el brazo vencido por el peso abrumador del periódico. Las cigarras cantan. El cielo azul es de una insondable monotonía. En el horizonte, el garabato de un vapor, con un poco de humo encima, navega lentamente...

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