Josep Pla

Fue un viajero despierto y avispado QUE ya se había adelantado en el arte de pasear y reflexionar, dejándose conducir por la casualidad.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Ando esta temporada releyendo a uno de los mejores escritores españoles del siglo XX y, en mi opinión, el mayor narrador catalán de todos los tiempos: Josep Pla, de quien el próximo mes de marzo, por cierto, se cumplirán los 121 años de su nacimiento en Palafrugell (Gerona). Su figura nos ha llegado algo empañada por sus relaciones con el político filo-franquista Francisco Cambó y, sobre todo, por sus turbias actividades como espía al servicio del régimen de Franco durante un periodo de su vida. Pero a estas alturas de la historia, ¿justifica todo ello la antipatía que aún despierta en algunos sectores de la sociedad y, en particular, de la sociedad catalana? En su obra, que yo sepa, no hay una sola expresión de alineamiento con el fascismo o de simpatías con el franquismo, aunque sí un rechazo de plano al anarquismo y el comunismo. Por lo que a mí se refiere, el escritor Pla me ha creado siempre y me crea una profunda admiración.

Su legado es, a la postre y en su mayor parte, un variadísimo dietario impregnado por el realismo, enraizado en el periodismo de más alta calidad, aderezado por un manejo de la descripción de tipos sorprendente y única –Mosén Soler tenía el pelo “de una calidad de celuloide”, p.e.–, tocado por un inmenso amor a una naturaleza que describe con detalle, impregnado de sensualidad mediterránea y teñido a toda hora de un hondo y juguetón sentido del humor. Pla es, además, un hombre muy cultivado, un lector insaciable y un intelectual –palabra que él rechazaría– preocupado por el proceso de creación artística. Y además de eso, y tal vez sobre todo –pese a su aspecto de paleto endomingado, con boina y corbata–, fue un viajero despierto y avispado. En tiempos como estos, en los que se ha puesto de moda la figura del flanêur, el deambulador creativo, Pla ya se había adelantado en el arte de pasear y reflexionar, dejándose conducir por la casualidad. “Andar por el mundo un poco al azar –escribía– es muy agradable. Viajar sin tener objeto concreto es una maravilla. La pieza de caza del viajar es la aventura”. En su estilo alejado de la retórica, a Josep Pla no le preocupaban las repeticiones, pero sí la exactitud.

A mí me asombra, sobre otras cualidades, su uso del lenguaje cuando quiere describir el entorno. Fíjense cómo retrata el paisaje del Ampurdán de finales del invierno, en tiempo de carnavales: “Las formas vegetales toman un aire joven, presentan un pecho insolente. Los olivos vuelven a su plateada ligereza, a su frivolidad aérea. Los almendros en flor ponen una intimidad cándida sobre la cruda lividez del cielo”.

Y el humor: ¡cómo se burla en sus Notas sobre París de los pintores acuciados por su soledad y su mala suerte! “Aquí –dice Pla– hay muchos artistas incomprendidos. Los hay en todas partes, pero quizás en esta ciudad es donde haya más. La gente los admira. Tal vez los admira más que a los artistas comprendidos”. Y concluye: “Por qué los artistas que no saben pintar tienen una tan irrefrenable tendencia a dedicarse a la filosofía es muy complejo”. Josep Pla poseía el genio de la sencillez o la sencillez del genio. Una vez escribió: “La manifestación más luminosa de la consciencia no es quizás pensar, ni siquiera recordar, sino contar. Contar es comprender”.

Va a hacer ahora treinta y ocho años que murió, en Llofriu, a no muchos kilómetros de donde nació y en cuyo cementerio está enterrado. No sé si hay por allí un monumento que le recuerde. Pero sería de justicia que Cataluña y España recuperasen gallardamente su memoria.