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Jesús Calleja, sobre la realidad actual del Everest: "No me parece ni ético, ni lógico. Hay muchos influencers que han ido y no han cargado nada, pero es un reto que quieren colgar en sus redes. Y cada vez hay más muertes"

El aventurero y presentador leonés, que coronó el Everest en 2005, denuncia la masificación sin control que sufre hoy la montaña más alta del mundo y el riesgo que supone para quienes la intentan sin la preparación adecuada.

La masificación también ha llegado al Everest, y esto es lo que opina Jesús Calleja.

La masificación también ha llegado al Everest, y esto es lo que opina Jesús Calleja. / Istock

Hay cumbres que pertenecen al imaginario colectivo de la humanidad. El Monte Everest, con sus 8.848 metros de altitud sobre el nivel del mar, es la más absoluta de todas: el techo del mundo, el punto más cercano al cielo que un ser humano puede alcanzar con los pies. Desde que en mayo de 1953 Edmund Hillary y Tenzing Norgay lo conquistaron por primera vez, el Everest ha sido escalado miles de veces y cada año cientos de personas más intentan alcanzar su cumbre. Para la gran mayoría, representa el sueño de una vida. Para unos pocos elegidos —alpinistas de élite que han dedicado décadas a prepararse—, significa la consumación de una vocación. Jesús Calleja, aventurero, presentador y uno de los montañeros más reconocidos de España, pertenece a ese segundo grupo.

El Everest es la cima más imponente del mundo.

El Everest es la cima más imponente del mundo. / Istock

El 30 de mayo de 2005, Jesús Calleja hizo cumbre en la cima más alta del planeta, convirtiéndose en el primer leonés en conseguirlo. Lo hizo con apenas dos botellas de oxígeno por persona, junto a su sherpa de confianza, tras casi dos meses de trabajo en la montaña y con el permiso a punto de caducar. Aquella experiencia forjó al comunicador que es hoy y le dio una perspectiva única sobre lo que significa —o debería significar— subir al Everest. Veinte años después, lo que ve en las imágenes que circulan estos días en las redes sociales le resulta irreconocible: una interminable caravana humana que serpentea desde el Campo 3 hasta el Collado Sur, un atasco a más de ocho mil metros de altitud donde el error más pequeño puede ser el último.

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"Eso no me parece ni ético ni lógico"

La voz de Calleja en este debate no es la de un espectador cualquiera. Es la de alguien que vivió el Everest cuando todavía era, en sus propias palabras, una empresa que había que ganarse. En un reciente vídeo publicado en su cuenta de Instagram, el presentador leonés no ocultó su malestar ante las imágenes actuales: "Yo recuerdo que cuando hice cumbre, creo que fue el 30 de mayo de 2005, iba literalmente solo con mi amigo Serpapasan. Estuvimos como dos meses allí currándonoslo para sacar adelante el Everest. Teníamos tan poca pasta... Tenía dos botellas de oxígeno que tenía que administrar para llegar a la cima". Una descripción que contrasta de forma brutal con la realidad de hoy, donde, según él mismo señala, "hay gente que va con oxígeno desde el Campo Base" y "otros llegan en helicóptero al Campo 2".

Vista del Monte Everest en un campo base repleto de banderas.

Vista del Monte Everest en un campo base repleto de banderas. / Istock

Más allá de la nostalgia, Calleja apunta a un problema ético y de seguridad que va mucho más allá del romanticismo alpinista. "He oído que hay muchos influencers que no han cargado nada, pero es un reto que tienen que colgar en sus redes. Y se la juegan. Y cada vez hay más muertes. Mal de altura, de errores, de no haber hecho esto nunca. Pero como las agencias venden 'te subo al Everest, no te preocupes', yo creo que ahí también hay un problema".

La reflexión del leonés conecta con una realidad documentada y preocupante: en 2024, unas 600 personas alcanzaron la cima, pero ocho perdieron la vida durante el ascenso o el descenso. No son cifras abstractas. Son personas que, en muchos casos, confiaron en que una agencia comercial podía comprarles el acceso a uno de los lugares más hostiles del planeta. El fenómeno de los influencers y aventureros de fin de semana que se lanzan al Everest como si fuera un reto viral no ha hecho sino agravar una situación que los profesionales de la montaña llevan años denunciando. La alpinista nepalí Purnima Shrestha afirmó que los intentos de escalar el Everest se han comercializado demasiado: "No toda la gente está preparada física y emocionalmente para escalar la cima, eso es faltar al respeto al Everest".

Señal hacia el Everest.

Señal hacia el Everest. / Istock / Bartosz Hadyniak

Un problema que se repite en las grandes cimas del mundo

El Everest es el caso más visible, pero no el único. La masificación turística en las grandes cimas del planeta es ya una crisis global que afecta a montañas de todos los continentes, impulsada por el abaratamiento de los paquetes comerciales, el efecto llamada de las redes sociales y la búsqueda del reto fotogénico. La popularidad del reto hace que los escaladores se enfrenten a mayores riesgos, ya que se forman colas en las rutas hacia la cumbre durante las breves ventanas de buen tiempo, abarrotando el estrecho y peligroso camino a través de crestas heladas y pendientes escarpadas. Y ese modelo se replica con variaciones en cada montaña icónica del mundo.

Himalaya, Nepal

Himalaya, Nepal / Istock / Bartosz Hadyniak

El Mont Blanc, el techo de Europa occidental con sus 4.808 metros, lleva años siendo escenario de los mismos excesos que Calleja denuncia en el Himalaya. Las autoridades de la región francesa de Haute-Savoie han tenido que limitar el acceso a la ruta normal en periodos de alta afluencia debido a la masificación, restringiendo el paso solo a quienes cuenten con reserva en el refugio Goûter, de 120 plazas. El alcalde de Saint-Gervais llegó a proponer en 2022 una fianza de 15.000 euros previa al ascenso para disuadir a quienes ignoran las advertencias de peligro, mientras que en ese mismo periodo en las últimas dos décadas han muerto más de 100 personas en el Mont Blanc. Jean-Marc Peillex, alcalde de Saint-Gervais, resumía la situación con una frase demoledora recogida por la agencia EFE: "Los que suben al Mont Blanc ya no son alpinistas, son turistas; se comportan como urbanitas y solo entienden las sanciones".

Kilimanjaro, África

Kilimanjaro, África / Istock / gaul

En África, el Kilimanjaro —5.895 metros, el techo del continente— registra una dinámica idéntica. El flujo de visitantes se concentra fundamentalmente en la estación seca, lo que genera la ruptura de la capacidad de carga que se traduce en masificación, alta generación de residuos orgánicos e inorgánicos y desequilibrios evidentes en ecosistemas de alta montaña extremadamente frágiles. A eso hay que sumarle el riesgo constante del mal de altura para quienes no están preparados: el mayor riesgo en el Kilimanjaro es el mal de altura debido a una mala aclimatación que, en casos graves, puede provocar edema cerebral o pulmonar, condiciones potencialmente mortales que causan aproximadamente diez muertes al año en la montaña.

La alpinista hispano-británica Adriana Brownlee, la mujer más joven en coronar los catorce ochomiles, ha sido una de las voces más directas al respecto: "El mayor problema y preocupación en este momento es la masificación. Tenemos que asegurarnos de que las personas que están en la montaña tienen experiencia en el mundo del alpinismo. Para que si tienen problemas o están solos y pasa algo, sepan cómo salvarse". El mensaje de Brownlee y el de Calleja, pronunciados desde experiencias y montañas distintas, son en el fondo el mismo: la montaña no perdona la improvisación, y ningún paquete turístico puede cambiar eso.