Italia, en el refugio de la memoria, por Carlos Carnicero

Fueron tres meses mágicos en donde estrené mi libertad, tuve mi primer amor y me dejé barba. Era feliz.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

La memoria nos permite estar vivos. No son los recuerdos de los hechos tal y como sucedieron; solo cómo los recordamos. La literatura es, sobre todo, un ejercicio de memoria, en donde cuenta la capacidad de las conexiones cerebrales para poner en relación todos los secretos de nuestros recuerdos. Ahí radica el verdadero milagro de la vida. Tenía yo 15 años y estaba internado en Lecároz, un colegio con fama de duro, para casos casi imposibles, pero que fue un habitáculo agradable de mi adolescencia. En aquel verano, una propuesta de una ONG italiana reclamaba adhesiones para realizar obras de construcción con fines sociales. Me apunté sin dudarlo. Salimos del colegio, en el valle navarro de Baztán, cuando ya había oscurecido en una noche de finales de junio. En el puerto de Velate tuvimos una parada inesperada. Un conductor, que lloraba como un niño, acababa de atropellar a un peatón que yacía muerto en la calzada. No he podido olvidar aquel cuerpo ensangrentado en el pavimento, solo con la oscuridad de la noche que añadía dramatismo a la escena. La siguiente parada fue en la frontera de Irún. No recuerdo cómo se me ocurrió invertir mis escasos recursos para los tres meses de estancia en Italia en todas las cajas que pude comprar de brandy Fundador. Había oído que eran muy apreciadas. Cargué la preciosa mercancía en el autobús ante la atónita mirada de mis compañeros de aventura, todos mayores que yo.

Nuestro destino era una pequeña localidad italiana vecina a Piacenza. Nuestra misión, reparar o reconstruir una iglesia en Pontenure, que por aquel entonces no tendría más de media docena de bares y trattorias. Para mi satisfacción, mi primera gestión tuvo enorme éxito y multipliqué mis recursos con la venta de la mercancía recorriendo el pueblo como un incipiente representante comercial.

Fueron tres meses mágicos en donde estrené mi libertad. Todos los viernes, a las tres en punto de la tarde, terminábamos el trabajo, que resultó duro, pero no tanto. Me hice pintor de brocha gorda y trepaba los andamios como un gato para pintar bóvedas, paredes y techos. Era feliz. En cuanto llegaba la hora, con un pequeño hatillo salíamos a la aventura. En autostop recorrí casi toda Italia en escapadas sucesivas. Dormí en la puerta del Duomo de Florencia; recorrí Venecia en vaporetto; llegué a Roma en la grupa de una formidable Harley Davidson que manejaba un norteamericano con una destreza y rapidez increíble. Italia estaba cimbreada ya entonces de autoestradas que permitían desplazamientos rápidos y verticales por toda su geografía.

Hicimos amistad con un aventurero venezolano que viajaba sin rumbo fijo en un Alfa Romeo descapotable que me hizo sentir un poder que nunca más he sentido. Nadie me controlaba. Tuve mi primer amor, fui a ver Los jóvenes lobos, una película italiana de corte atrevido en una sala en donde todo el mundo fumaba. Aprendí un italiano bastante fluido y decidí que esa era la lengua del amor. Me enamoré de la hija del dueño de un pequeño restaurante en donde nunca me di el lujo de comer. Y me dejé barba, o lo que conformara aquella pelusa de adolescente que pujaba por salir empujada por la vida misma. Por tener, tuve hasta un accidente de moto. Guardo el recuerdo de aquel atrevimiento en la cicatriz que me quedó en la pierna izquierda al abrasarme la piel con el asfalto de aquel ferragosto italiano.

España era entonces un hemisferio en blanco y negro. Italia ya era multicolor, en Cinemascope. Al principio, en aquellas conversaciones espléndidas con los vecinos del pueblo, no entendía por qué hablaban mal de Franco y lo comparaban con Mussolini, del que no tenía mucho conocimiento. Hasta entonces, yo creía que los rojos eran extranjeros, porque eso había deducido de las conversaciones que escuchaba en casa. Todavía no he regresado a Pontenure. Tengo miedo de no reconocer nada con los años transcurridos. Pero esta evocación me incita al intento. Enfrentar la memoria al lugar de los hechos tiene sus riesgos. Seguro que no tendré ocasión de encontrar aquellos paisanos para explicarles que averigüé quién era Franco y asistí a la coloración de España, hasta convertirse en un universo multicolor. Por supuesto, con muchos claroscuros.