Islas de Dakar, por Luis Pancorbo

La Madeleine se conoció por otro nombre tan equívoco como el de Isla de las Serpientes. Tiene una culebra no venenosa.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Hay tres islas aptas para huir de Dakar y sus tubos de escape. La más famosa es Gorea, meta de ferris siempre a tope, y donde se ha querido concentrar en Senegal la historia de la trata negrera. Lo cierto es que, salvo la Casa de los Esclavos, el resto de la isla es una sucesión de tiendas, puestos, restaurantes y chiringuitos que hacen perder de vista el calado de la trata de africanos, una las páginas más torvas de la historia blanca o casi. A la segunda isla, N´gor, se llega con piraguas que son como colectivos, y con precios discutibles, no así sus quillas pintadas. N´gor es isla elegante, como lo demuestra el hecho de que no permite motos ni coches. Sus calles son de arena, y en sus acantilados rompen unas olas amadas por los surfistas: hasta más de uno de Bilbao viene aquí a probarlas. Artistas y cantantes (como Frances Gall, que ayuda financieramente a la escuela local) catan en sus bellas casas el silencio nocturno, la brisa que limpia la temperatura, y en general The endless summer, el verano interminable que dan sus olas y arenas. Y para comer, pues pescado rigurosamente fresco, no pocos de los peces han sido ensartados por tridentes de submarinistas en apnea.

Pero el tiempo, ese gran caimán que aguarda su momento para darse el banquete, ofrece una joya oculta en Dakar y se llama la isla de La Madeleine. Realmente es un archipiélago, aunque si quitamos un par de rocas con vocación de islotes se queda en una isla predominante y declarada con toda justicia Parque Nacional. Allá vamos en otra barca, dejando atrás Soumbédioune, el barrio de los pescadores y de los humildes astilleros de piraguas. Algunas de ellas habrán ido, con nombre de pateras, a Canarias y allende en busca de la fortuna. También la mala suerte puede venir al contrario. En los arrecifes de la gran Madeleine hay un barco encallado, escorado, como si estuviera durmiendo una mona llena de drama y pesadilla. El barco muerto es un pesquero español, de Barbate, como dice su matrícula, y ahí se ha quedado, oxidándose cada vez más. Su capitán no debió acertar con el rumbo adecuado para ir a Dakar y se tragó los escollos.

La Madeleine se conoció por otro nombre tan equívoco como el de Isla de las Serpientes (tiene una culebra y no venenosa). Sin embargo, eso viene del oficial francés Sarpan, que ahí fue confinado. Hoy día nadie la habita, a excepción de sus colonias de aves, entre las que destaca la de los Aethereus Mesonauta, los etéreos pájaros phaeton que llevan una larga cola blanca como si fuese un rastro de su belleza. Los cormoranes cumplen con su deber de buceadores en la orilla mientras entre la vegetación rastrera sobresalen los baobabs más chaparros que se puedan imaginar. Algunos de esos árboles son sagrados aparte de extraños. La isla estaría poblada también por los espíritus. Ndeuk Daour se llama el específico espíritu protector de los lébous de Dakar, y reside en La Madeleine como casi por doquier desde el Cabo Manuel hasta la Punta de las Almadías.

Dicen los lébous que los genios de esta isla no quieren nada alto, ni grande, ni casas, ni personas, ni árboles. Por eso los baobabs son tan exiguos, como si quisieran adelgazar o tomarse más tragos de la poción de Alicia y achicarse. En algunos huecos de su tronco es donde los lébous que vienen de la costa depositan sus ofrendas, monedas, nueces de kola, algo que sea importante para los genios y que ayude a los humanos a ganar dinero y salud, y amor y pesca, como siempre y más que siempre.