La isla más bonita de África, contada por un músico local: “Es un lugar ajeno al resto del mundo”
La isla más visitada de Cabo Verde aúna idílicas playas con paisajes volcánicos en los que vivir trepidantes aventuras y contagiarse del exotismo africano. Lito Coolio nos cuenta todas sus bondades.

Es una de las diez piezas que componen el puzle de Cabo Verde, el archipiélago perdido en un pliegue del Atlántico, a unos 600 kilómetros de Senegal. Una isla extraña y enigmática que siempre acaba por sorprender. Sus paisajes, sus gentes, su estilo de vida rompen con toda idea preconcebida: Sal (así es como se llama) es la más pura encarnación de esos lugares que, como dice el tópico, a nadie dejan indiferente.
“Es un territorio ajeno al resto del mundo”, señala divertido Lito Coolio, guitarrista y cantante, autor de canciones que son una oda a esta isla en la que nació y en la que ofrece conciertos todas las semanas en distintos garitos de Santa María, la ciudad más grande y poblada. En uno de ellos, Eh Nois, le encontramos a la caída de la tarde, a punto de subirse al escenario. Queremos que nos cuente cosas de Sal y a él le parece una buena idea. Aunque advierte que la esencia de esta isla “no se puede explicar sino sentir”.

Y es cierto. Sal es, como decíamos un asombroso universo que ha sido trazado a golpe de mestizaje. Algo que se aprecia en la arquitectura con influencia portuguesa (fue colonia hasta que alcanzó la independencia en 1975), en el mestizaje de sus gentes y en las dos lenguas que practican, en las que se deja traslucir el influjo de distintos pueblos: el portugués, que es el idioma oficial que todos aprenden en la escuela, y el criollo, que es el que se habla en la calle… “y el que se emplea en las redes sociales, con lo que su uso es muy extendido”, explica Lito. Con ambos idiomas, por cierto, compone sus canciones en una isla donde la música forma parte del ADN.
Ritmos sabrosones
“La música corre por nuestras venas”, confirma, para después explicarnos que esta misma música no llegó a los oídos europeos hasta bien entrados los años noventa, cuando apareció Cesaria Evora con los pies desnudos sobre las tablas y una voz que nadie ha podido igualar. Esta cantante, que había nacido en Mindelo, en la isla de San Vicente, situó en el mapa a Cabo Verde cuando éste era un destino lejano y desconocido. Desde aquí conquistó los mejores auditorios, de Monte Carlo a Hong Kong, de Melbourne a Nueva York, y ccantó junto a los más grandes, desde Compay Segundo hasta Caetano Veloso. “Es y será por siempre nuestra reina descalza”, apunta Lito.

¿Pero cómo es la música de este archipiélago? “El género caboverdiano por excelencia es la morna, que canta a la tristeza del exilio y al anhelo del regreso. Un estilo que trasluce el sentimiento de los nativos en este país, donde casi la mitad de la población se ha visto forzada a emigrar en busca de una vida mejor”, explica el músico, orgulloso de este arte que aprendió de manera autodidacta, escuchando a los marineros en las tabernas. “La morna sirve para ahuyentar la nostalgia, pero también tenemos ritmos más festivos, como el funaná o la coladera, para bailar solos o apretadiños”, añade. Y, como ejemplo, cita a diversos músicos de estas islas que han sido eminencias universales: “Cesárea, claro, pero también Tito París, Ildo Lobo y Adriano Gonçalves, más conocido como Bana. Y otros muchos anónimos, alejados del marketing, pero realmente talentosos”.
Mucha adrenalina
Más allá de la música, toca saber qué podemos hacer en esta isla en la que, pese al nombre del archipiélago al que pertenece, todo es árido y marrón, enigmático y austero.
Y en la que las diferentes ciudades (Santa María, Espargos, Palmeira…) mantienen su esencia de antaño: casas de una sola planta pintadas de colores vivos; tabernas animadas y modestos restaurantes en los que se sirve la cachupa, el plato nacional. “Sí es una especie de delicioso estofado cocinado durante horas, con maíz, frijoles, pimiento, ñame, batata y pescado”, explica Lito con entusiasmo.

Y a la pregunta de qué se puede hacer, responde con contundencia: “a la Isla de Sal se viene a vivir intrépidas aventuras”. Como la de lanzarse por una vertiginosa tirolina en el parque Zipline Serra Negra o la de recorrer en boogie las dunas del desierto o la de hacer snorkel entre miles de peces. “En Sharkbay incluso se puede ver en la misma orilla a pequeños tiburones cruzándose entre los pies”, añade.
Para los menos aventureros, existen también lugares realmente asombrosos como el Olho Azul, una gruta de 18 metros de profundidad, formada por la erosión del mar y con el agua de un color turquesa eléctrico. También las Salinas de Pedra de Lume, que se formaron en lo que fue un cráter donde se fue filtrando el agua del mar. “Aquí los turistas vienen a flotar como si se tratara del Mar Muerto”, concluye Lito.
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