Ischia junto a Capri, por Jesús Torbado

Capri alcanzó notoriedad hace 20 siglos al retirarse allí el emperador Tiberio para organizar sus orgías y bacanales.

Jesús Torbado

Hace más de 40 años, en 1965, el cantante francés Hervé Vilard alcanzó la fama europea con una canción titulada Capri c''est fini. No era una noticia sino la típica y vulgar historieta de un amor acabado. Pero contaminó a mucha gente y volvió a poner otra corona de laurel sobre la isla del golfo de Nápoles, ya inmortalizada por otras cuantas canciones y músicas populares. En realidad Capri alcanzó esa notoriedad, que no ha perdido hace 20 siglos, cuando se retiró allí el emperador Tiberio y organizó tales bacanales, orgías y tiberios que, si es cierto lo que cuenta Suetonio, debería haber acudido la Guardia Civil para encerrarlo en un pozo negro: por pedófilo y asesino, entre otras cosas.

Capri es una isla pequeña -seis kilómetros de larga por menos de tres de anchura-, picacho calcáreo tapizado de verde y abrazado por aguas azules. Cinco siglos antes de Ulises ya era una especie de tentador far west del Mediterráneo. Tan literaria, tan mítica, residencia de famosos, must turístico italiano de primera magnitud, se ve acosada hoy por densos rebaños de excursionistas que llegan de Nápoles y sus barcos de crucero, que suben y bajan sin resuello desde el puerto al pueblo de Capri y de allí, muy arriba, a Anacapri, el otro pueblo, como en vertiginoso pasadizo bordeado por tiendas de lujo. Su Gruta Azul, la casa y los jardines donde vivió el médico sueco Axel Munthe y otro puñadito de curiosidades son poca cosa comparadas con la magnitud de su mito.

Lo mejor de Capri, sin embargo, es la proximidad de las otras dos islas partenopeas (o sea, napolitanas, del nombre de la guapísima sirena), volcánicas ambas, diferentes entre sí y más bellas que la gran protagonista del golfo. Prócida, cuna de pescadores y de navegantes, goza también de mitos propios: La isla de Arturo, de Elsa Morante, y una taberna que aparece en El cartero de Neruda (Il Postino). Tiene también una soberbia acrópolis, Terra Murata, con vieja abadía misteriosa y un auténtico barrio de pescadores, Corricella, con docenas de casitas pintadas de colores pastel para que sus dueños las reconocieran desde lejos. A esta isla serena y preciosa apenas llegan los turistas. Porque nadie los lleva, ni siquiera a desmayarse ante sus fastuosas ensaladas de limones.

Ischia es ya una palabra mayor. A casi 800 metros de altura emerge la cara del volcán Epomeo; de sus tripas brotan hoy docenas de fuentes termales que son, además de ejemplo de belleza, su primer recurso turístico. Así debieron de entenderlo ya, tras griegos y romanos, los franceses y los aragoneses que se asentaron, reformándolo, en un castillo-isla del siglo V. Hoy esta fortaleza aparece unida a tierra por un puente e infunde el mismo respeto y causa igual asombro, sobre todo en las horas del crepúsculo.

Por laderas empinadas, en cerrados bosques, crece el lujo verde del Mediterráneo, como su estampa más precisa. Sin duda por eso fue hito esencial en los viajes románticos del Grand Tour y tentación de gente de gusto para asentarse allí, entre jardines suntuosos. Antiguos palacetes conviven con las casas de los vecinos, gente labradora en su mayoría y ajena a los turistas alemanes que en verano arrasan los espacios. Parte de esa población logra, en peligrosas terrazas, excelentes vinos blancos que ya se ensalzaban hace tres mil años. Para los griegos, ese vino empujaba con fuerza hacia Afrodita (luego llamada Venus, como todos saben).

Piscinas termales -en las que ya se bañaron Plinio y Estrabón- y hoteles-balnearios con instalaciones de cura y de embellecimiento cuelgan de los verdes barrancos, menos bárbaros que los de Capri, frente a un paisaje marino de singular atractivo. Desde cualquier parte se disfruta de una costa gloriosa, punteada de rocas emergentes. Eso debió de averiguar el músico británico William Walton cuando en 1949 estableció en una ladera su casa y uno de los jardines más bellos de Italia. No, la vieja Capri no acabó. Sobre todo gracias a Ischia y a Prócida.