Isabella Bird, la gran dama victoriana

La más viajera de las exploradoras victorianas fue de las primeras mujeres en formar parte de la Royal Geographical Society después de haber vivido arriesgadas aventuras en solitario por todo el mundo.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

"Las mujeres comienzan a ser una plaga en los viajes y las exploraciones difícil de combatir", se leía en el Times de 1892, cuando la Royal Geographical Society de Londres aceptó entre sus exclusivas filas masculinas a Isabella Bird (Yorkshire 1831-Edimburgo 1904). Para entonces, la exploradora ya había dado tres veces la vuelta al mundo; aunque al verla nadie lo dijera, con su metro cincuenta y siempre enferma de depresiones y jaquecas provocadas por un tumor en la columna vertebral. "Vaya al mar, duerma en el suelo y navegue lo más que pueda", le recetaron (aparte de bromuro y láudano).

Siguiendo la prescripción médica, ya pasados los 40 puso rumbo a Australia y Hawái, donde subió al Mauna Loa cabalgando como un hombre, a horcajadas, para evitar problemas de espalda. En las Montañas Rocosas se codeó con cordiales bandidos y exterminadores de indios. Vestía de amazona en el salvaje Oeste y a la moda asiática en Extremo Oriente. "Solo tengo un rival en el corazón de Isabella: la meseta central de Asia", bromeaba el Dr. Bishop, con quien se casó, ya mayor. No ejerció mucho de esposa porque enviudó enseguida; con la herencia estudió enfermería y retomó su vida nómada como misionera por Cachemira. Denunció las atrocidades contra los armenios en Turquía, Irán y Kurdistán; sufrió malaria y fiebre tifoidea; documentó con su cámara de fotografiar la guerra sino-japonesa, navegó con un sampan por los ríos Yangtsé y Han... Su última aventura fue entre los bereber del Atlas, sobre un corcel negro regalo del sultán de Marruecos. Cuando murió, tenía casi 73 años y las maletas listas para marcharse con el Transiberiano a China.

Durante sus viajes, Isabella Bird enviaba largas cartas a su hermana -¡algunas ocupaban hasta 116 páginas!- que luego publicaba en forma de exitosos libros: The English Woman in America (1856) fue el primero; pero la fama como escritora le vino con The Hawaiian Archipielago (1875); aunque quizá la obra más célebre sea A Lady''s Life in the Rocky Mountains (1879), editado por Erasmus como Una mujer en las Montañas Rocosas, sobre sus aventuras en el lejano Oeste. El texto a continuación corresponde a un fragmento de este relato, donde la viajera narra cómo conquistó una de las cimas más elevadas de Colorado.

"Los viajes le dan a uno el privilegio de hacer las cosas más impropias con total impunidad"

Como en su momento no he descrito el ascenso al Long''s Peak, me siento con pocas ganas de hacerlo ahora, especialmente porque no me veo capaz de transmitir a otra persona la gloriosa sublimidad, la majestuosa soledad y el indecible pavor y fascinación de las escenas que viví lunes, martes y miércoles.

Long''s Peak, 14.700 pies de altura, cierra el Estes Park por un extremo, empequeñeciendo todas las montañas circundantes. En ese mismo extremo se alzan, cubiertas de nieve, el brillante St. Vrain y el Gran y Pequeño Thompson. A la luz del sol o de la luna su astillada cresta gris es la única cosa que, más allá de ciervos, mofetas y osos, infaliblemente atrae la vista. (...) A medida que avanzábamos por la repisa contorneando un saliente de roca contemplé algo que me produjo vértigo y pavor: la parte final del Peak, una lisa y rota pared de granito rosado tan perpendicular que parece hecha ex profeso para ser escalada, mereciendo bien el nombre de Matterhorn americano. (Que ningún montañista quede seducido por lo que acabo de decir. Aunque a mí me pareciera impresionante, para un miembro del Alpine Club quizá no represente mayor dificultad).

Escalar, no trepar, es la denominación correcta de lo que hicimos en ese último ascenso. Tomó una hora subir 500 pies, debiéndonos detener cada dos minutos para respirar. El único punto de apoyo nos lo proporcionaban las estrechas grietas o pequeños salientes del granito. La escalada consistió en meter, todo el tiempo, los pies en grietas y salientes mientras nos sujetábamos con manos y rodillas, torturándonos la sed y la dificultad de respirar. Pero al final llegamos a la cima. Una enorme, bien delimitada, áspera explanada bastante nivelada y pedregosa, con precipicios en todos los bordes excepto por el único que presentaba el único acceso posible. No nos fue posible permanecer mucho tiempo. Uno de los jóvenes se alarmó, pues sangraba por la boca: la intensa sequedad del día y la rarificación del aire a esa altura, casi 15.000 pies, volvía la respiración muy penosa. Siempre hay agua en el Peak, pero en esa ocasión estaba dura como una roca, y chupar hielo de nieve aumenta la sed. Todos sufríamos severamente la carencia de agua y la respiración jadeante volvía nuestras bocas y lenguas tan secas que resultaba difícil articular palabra.

Desde la cima pudimos ver una combinación sin rival de todas las panorámicas que habían embelesado nuestros ojos durante el ascenso. Era impresionante hallarse finalmente sobre ese coronamiento barrido por las tormentas, la cima del solitario centinela de las Montañas Rocosas, uno de los más notables de la espina dorsal del continente americano, y contemplar cómo las aguas brotan en dirección a ambos océanos. Por encima del amor y el odio, por encima de las tormentas de pasión, en la tranquilidad del eterno silencio, mecido por las brisas y bañado en la suave atmósfera azulada, el Peak se mantuvo pacífico toda la jornada como si fuera un lugar donde no cae nunca granito o nieve alguna, ni sopla nunca el viento con fuerza.

En esa cima inscribimos nuestros nombres, anotando la fecha del ascenso en una lata, y pusimos ésta en una ranura. Luego empezamos el descenso (...). Sufrí varias caídas y en una ocasión quedé colgada por mi vestido, que se había enganchado en una roca, vestido que Jim debió cortar con su cuchillo de caza, cayendo yo en una grieta llena de nieve blanda. Las barreras de hielo nos obligaron a bajar montaña abajo para luego tener que volver a subir con suma dificultad pues los últimos 200 pies las piedras eran de enorme tamaño y lo escarpado del terreno, temible. (...) A las seis estábamos en el Desfiladero, en pleno esplendor del sol poniente, con los colores de ese instante intensificándose, los picos mostrándose majestuosos, las sombras adoptando color púrpura. Habíamos dejado por fin atrás todo peligro. (...)

Con gran dificultad y mucha ayuda volví a cruzar los Lechos de Lava y fui llevada hasta el caballo y subida a él, y cuando llegamos al campamento fui bajada del animal y depositada en el suelo envuelta en mantas, un humillante final a la gran hazaña. (...) Me retiré a mi refugio, me arropé con las sábanas y me quedé enseguida durmiendo.

Cuando desperté, la luna brillaba en lo alto a través de las plateadas ramas, blanqueando con su luz la cima pelada del Peak por encima nuestro y resplandeciendo sobre los grandes abismos de nieve de la parte posterior; los troncos de los pinos brillaban como una hoguera en el aire frío e inmóvil. Mis pies estaban tan helados que no pude dormir de nuevo, por lo que, sirviéndome de varias sábanas como asiento y enrollándolas tras la espalda, me estuve dos horas sentada ante la hoguera. Era a la vez algo temible y maravillosamente bello. (...)

Llegamos al Estes Park al mediodía del día siguiente. Realizamos, entonces, una exitosa subida al Peak. No querría ahora cambiar mi recuerdo de su perfecta belleza y extraordinaria sublimidad por cualquier otra experiencia montañera en cualquier otra parte del mundo.

Texto extraído de "Una mujer en las Montañas Rocosas", de Isabella L. Bird (Erasmus, 2014).

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