Irse, volver y volver a irse, por Javier Reverte

Al regresar tras un largo viaje uno ya está pensando en irse de nuevo en busca de ese territorio de libertad.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Regreso a España tras una larga estancia en un país extranjero -si es que extranjero se puede llamar a otro país europeo- y mis sensaciones son peculiares. Siempre que he estado mucho tiempo fuera de mi patria, al volver me asombra que la gente, alrededor de mí, hable mi lengua materna. Me he acostumbrado a oír a diario uno u otros idiomas y los primeros días en España se me hacen raros, como si fuera un chino caído del cielo sobre Madrid. Es lo que tiene irse: que regresar cuesta. Y es lo que tiene regresar: que, al poco tiempo, dan ganas de irse de nuevo.

¿Es nómada el alma humana o es sedentaria? Yo creo que existe gente para los dos tipos de alma. Los lectores son, por lo general, amigos amables y, cuando me siento a firmar en una feria o en un evento cultural, hay quienes se acercan a decirme que me llevarían con gusto la maleta, en tanto que otros afirman que marcharse mundo adelante no les gusta absolutamente nada, pero que están muy contentos de viajar con mis libros desde el sillón de su casa.

¿Se nace o no se nace con alma vagabunda? No sé. Pero resulta más seguro decir que el alma viajera se construye en el discurrir de los años. El escritor estadounidense John Dos Passos decía que viajar es como una drogadicción y que, con el paso del tiempo, se necesita ampliar más y más la dosis. Y tenía razón: uno se hace viajilcólico o viajiadicto conforme camina más y más el mundo, de suerte que, como decía al principio, cuando regresa de un viaje ya está pensando en el siguiente. A la borrachera sigue la resaca, para poco más tarde caer con gusto en la siguiente borrachera. "Ay, pero si vieras -dice la letra de una ranchera mexicana- cómo son de lindas estas borracheras. ¡Ándale!".

En lo más hondo del corazón de todo vagabundo late la insatisfacción, el hartazgo de una vida organizada y sin sobresaltos. El viajero necesita de la aventura, de lo imprevisto, de lo que escapa de la monotonía. Es alguien infeliz en el territorio de lo previsible y por eso es un ser que se larga, que huye de su territorio e, incluso, de sí mismo, que huye en definitiva de la melancolía que desata la repetición de los ceremoniales cotidianos de la existencia.

"No hay hombre libre si no se ha liberado alguna vez de su patria", escribía Ramón Pérez de Ayala, que pasó una parte de su vida en el exilio. Y resulta paradójico que precisamente al escapar de la patria uno comience a comprenderse mejor a sí mismo. Porque la patria es una suerte de nido protector, un territorio cerrado a lo imprevisible, una coraza contra el riesgo. Salir desnudo al mundo a enfrentarse con lo insospechado, con el riesgo de perder de vista los criterios e, incluso, los dogmas acuñados durante generaciones, es algo así como tirarse a una piscina de noche sin saber si tiene o no agua. Pero si uno no se deja los sesos contra los azulejos del fondo porque resulta que hay agua, se convertirá en un tipo difícil de vencer.

Lo curioso es que, al abandonar la patria, el vagabundo comienza, en cierto modo, a construirse una patria propia. Es una patria etérea, un país sin geografía o, al menos, sin fronteras: un territorio de libertad plena, como el mar lo es para los peces y el cielo para las gaviotas. ¿Por qué ese empeño de los seres humanos en trazar rayas en los mapas y levantar muros en la tierra?

A causa de ello, cuando uno se ha construido un tipo de patria así, haciéndose más libre, pues lo dicho...: al regresar a casa después de un largo viaje, ya está pensando en irse de nuevo en busca de ese territorio de libertad, de esa patria del aire y del mar que aman las gaviotas y los peces.

¿Adónde ir? Eso es lo de menos. La cuestión es partir: Shakespeare dixit.