Ipanema, por Mariano López

"A garota de Ipanema" es la canción con más versiones –se calcula que supera las 1.500– de la historia de la música.

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

Qué tienen en común Madonna, Frank Sinatra, Pablo Milanés, Amy Winehouse y Antonio González El Pescaílla? Que los cinco han interpretado y grabado la misma canción: La chica de Ipanema. Y no han sido los únicos. Se calcula que A garota de Ipanema, letra de Vinicius de Moraes y música de Antonio Carlos Jobim, es la canción con más versiones en la historia de la música. El sello Universal, que gestiona -hace unos años con pleitos- los derechos de Jobim y Moraes, calcula que el número de versiones supera ya las 1.500. En España lo grabaron, en español, Gloria Laso, Bruno Lomas (excepcional su versión), Los Sabandeños, Jarabe de Palo, Maite Martín y Tete Montoliú, entre otros, y, más recientemente Najwa Nimri, con delicados arreglos lounge. La versión de Antonio El Pescaílla es en inglés, sin comentarios, un incunable. La lista internacional incluye a grandes del jazz, como Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Herbie Hancock, Stephane Grapelli o Art Pepper, y, por supuesto, a una larga y devota relación de autores brasileños, como Sergio Mendes, Ivette Sangalo, Rosa Passos, Gal Costa y, claro está, Astrud Gilberto. Este año, para celebrar el 50 aniversario del tema que fue emblema de la bossa nova, un canal de la televisión brasileña reunió a dos leyendas nacionales: Caetano Veloso y Roberto Carlos, que juntos cantaron A garota de Ipanema.

La canción nació el 2 de agosto de 1962 en un pequeño salón restaurante, con espectáculos nocturnos, Au Bon Gourmet, en la avenida de Nuestra Señora de Copacabana. No habría más de 300 personas. Es lógico que yo conozca muchos de estos detalles porque, por si no lo han adivinado todavía, soy un convicto y confeso seguidor de esta joya musical y podría recomendarles toda clase de versiones, como, por ejemplo, la que grabó Lou Rawls. Pero estábamos en Au Bon Gourmet. Allí, en el escenario del salón restaurante actuaron Antonio Carlos Jobim, João Gilberto y Vinicius de Moraes, para presentar A garota... y otros temas de un nuevo estilo: la bossa nova. Era la primera vez que Vinicius de Moraes cantaba en público, porque su condición de diplomático le impedía hacerlo sin el permiso de Exteriores. Vinicius, Jobim y Gilberto estrenaron en Au Bon Gourmet A garota de Ipanema, que luego cantaría Severino Filho, del grupo Os Cariocas, y que grabó, por primera vez en disco, una estrella de la época en Brasil: Pery Ribeiro. La canción daría la vuelta al mundo en la versión que poco después grabaron el saxofonista Stan Getz y la esposa de João Gilberto, Astrud Evangelina Weinert, conocida como Astrud Gilberto.

Pero la historia de la canción se había fraguado tres años antes. Vinicius de Moraes, Antonio Carlos Jobim y João Gilberto la compusieron en un bar que apenas dista cien metros de la playa de Ipanema, el Bar Veloso, situado en el cruce de Prudente de Morais con Montenegro, calle que en los años 60 fue rebautizada como Vinicius de Moraes. En aquel bar, con sillas de madera, mesas de mármol, mucho humo, tragos de whisky, cerveza y pinga, nació A garota de Ipanema, titulada, en su primer esbozo, A menina que passa.

Como es sabido, porque estas cosas se deberían estudiar en las escuelas, Vinicius de Moraes escribió la letra admirado por el balanceo de una adolescente que todos los días pasaba junto a los ventanales del bar camino de la playa de Ipanema. La chica se llamaba, se llama, Heloísa Eneida Menezes. Tenía catorce años y una preciosa figura, aunque lo que cautivó a Vinicius fue su movimiento. Vinicius tenía la certeza de que aquel balanceo respondía a una ley física de la belleza que ni Galileo ni Einstein habían sabido formular, pero que existía.

El bar se llama ahora Garota de Ipanema. En la fachada que da a Prudente de Morais hay un mural con la partitura de las primeras estrofas de la canción. Decenas de turistas se toman fotografías junto a recuerdos de Vinicius, Jobim y otros grandes de la bossa nova, y le piden a Alcindo, camarero jefe, más cervezas y caipirinha. Cien metros más allá está la playa, con sus sombrillas rojas y amarillas, los chiringuitos blancos, los puestos de toallas y helados. Junto al asfalto del paseo marítimo hay porterías de fútbol listas para ocupar la arena. Cada atardecer, turistas y cariocas se reúnen cerca del Arpoador, al este de la playa, para aplaudir la cotidiana despedida del sol. Yo también lo hice, claro, y, de paso, agradecí al cielo que me hubiera permitido conocer ese bar, esa calle, esa playa, el mar que suena con notas y silencios, ajeno a las pasiones de quienes lo miran, como la menina que pasa con su balanceo camino del mar. Uno tiene sus mitos, musicales y viajeros, y pocos tan grandes como el de La chica de Ipanema, "a coisa realmente linda".